
De repente añades una nueva residencia
a tu vida. Una distorsión muy de base te transporta a un universo
sujeto a fuertes tensiones y ambiciones, a la arena de un proceso
privatizador que ahoga en tiempo y medios a los profesionales y les
impone un “sálvese quien pueda” que deja demasiadas víctimas…
seguramente entre los mejores. La caricatura de un olimpo de dioses
de bata blanca (tanto si puedes darte cuenta como si no, con heroicas
y dignísimas excepciones) se desdibuja y distorsiona con
mandamientos gerenciales, de un zafio mercantilismo. Quienes más lo
sufren son, como siempre, los de abajo. En un ejercicio de alienación
forzado quieren alejar la sanidad pública de sus objetivos
nucleares, la realidad que le da sentido, bajo consigna de cumplir
cifras de déficits absurdos, conseguir “ahorros” que significan
precariedad, e imponer recortes durísimos que limitan con la
capacidad de subsistencia. En vez de fomentar la investigación, y
curar y cuidar a las personas enfermas (con su dolor y miedo
incluido) los bonzos que se mueven por los sobres de los laboratorios
y los fondos de inversión que colonizan la sanidad pública, quieren
conseguir otra cosa: (¿rentabilidad, eficiencia, mejora de ratios?)
No, más bien un saqueo impune.
Quienes pasan ahora a frecuentar (por
necesidad y por derecho) hospitales públicos, entran en un medio
“sanitario” mucho más hostil, donde batallas más duras que
nunca también se libran en la cumbre, y donde los pacientes
(impacientes o no) son cada vez más los figurantes necesarios, los
extras de una gran superproducción a la Cecil B. De Mille, camino
del peor de los óptimos gerenciales en los que prácticamente
desaparecerían como personas, desfigurados sus perfiles por
protocolos y rutinas, en un caos progresivo y quizás nada inocente.
La única defensa, sumarse a la desconcertada resistencia de quienes
todavía creen (numantinamente) en su vocación, de quienes defienden
que, en contra de lo establecido, no hay enfermedades sino personas
enfermas, seres conscientes que pueden entender mucho más de lo que
se supone si se les pide razón además de confianza. Y a los que
nunca se debería exigir fe en algo en lo que las ciencias (las
ciencias de la salud) juegan un papel tan importante. Sólo si se
opta por la colaboración y no por el sometimiento, si se trasciende
la pasividad de consentimiento firmado sin derecho real a elegir
(incluida la muerte digna asistida), si el respeto al profesional
sigue, sin distorsión, en el respeto a las personas enfermas, la
sanidad pública de Catalunya podría ocupar de nuevo un lugar
destacado, envidiable y ejemplar, en el mundo.
Para el profesional de la sanidad
pública supone aceptar que quien tiene enfrente, pese a padecer una
enfermedad, debe ser tratado como un posible
(o seguro) aliado
racional en la defensa de sus derechos laborales y profesionales
porque refuerzan los imprescindibles derechos de ciudadanía. Los
derechos no coliden, sino que se refuerzan, y esta sinergia básica
es fundamental para que empiecen también a desmoronarse
desigualdades arbitrarias y abismos absurdos entre el personal de la
sanidad y las personas enfermas. Un buen tratamiento empieza también
porque la persona enferma entienda y acompañe todas las facetas de
su enfermedad sin que su dignidad se diluya. Sólo así podrá vivir
también el proceso de su enfermedad como parte fundamental de la
defensa de la sanidad pública. Porque no se aparcan los derechos por
estar enfermo, por necesitar tratamiento, por ser dependiente o tener
una enfermedad crónica.
El sistema sanitario público también
está enfermando. Y para su mejoría debe combatir los dogmas
merkelianos y demás elementos extraños, anti-sociales, inoculados
desde las altas escuelas de negocios en contra de su propia razón de
ser. Hay que echar al basurero de la historia en común a los
viciosos de las puertas giratorias, erradicar a los adictos a las
corruptelas que malvenden (o se llenan los bolsillos) con la sanidad
de todos. Y, en un plano más personal, apearse también del pedestal
y librarse de la autocompasión para que la lucha continúe, dé
frutos, triunfe. Por el bien común, que quiere decir, por la salud y
una vida digna para la inmensa mayoría.