Por Martius Coronado
La rebelión de los alimentos, cómo ha
sido denominado el fenómeno, no para de crecer y de crear alarma a
la par que peticiones ciudadanas para que se dejen de usar para
riegos las aguas residuales, se controlen los vertidos químicos al
mar y se promueva los cultivos orgánicos, así como la supresión de
medicamentos y antibióticos en la carne que se destina al consumo.

El vídeo pronto se hizo viral, ante las
protestas de la multinacional de la restauración hamburguesera y las
hipótesis de qué intereses habían creado esa campaña de
desprestigio, pero fue el segundo el que comenzó a crear dudas. Su
condición de directo televisivo en un programa de cocina y con un
chef francés de prestigio, aumentó si cabe la credulidad de la
opinión pública en lo imposible y la indignación, cuando en la
presentación de un plato de atún y arroz, el pez que estaba de
cuerpo presente pareció mover la boca a la vez que avisaba, esta vez
en un perfecto y claro francés, que su contenido en mercurio, unido
al arsénico del arroz y al cadmio de las verduras haría del plato
resultante una grave y silenciosa amenaza para la salud. La emisión
se cortó inmediatamente y la cadena privada no tardó en sacar un
mensaje de disculpa y repulsa por haber sido objeto de un montaje, a
la vez que prometía una investigación que depurara la
responsabilidad de aquellos que habían cometido tal infamia. Pero lo
único que se pudo sacar en claro fue que, a pesar de las reticencias
primeras y tras un análisis de los alimentos que iban a ser
cocinados, los niveles denunciados en los alimentos y los
productos tóxicos que contenían coincidían con la afirmación de
aquella imposible voz.
Los desmentidos científicos y
programas especiales que se originaron en todo el mundo, calificando
esos sucesos como imposibles y farsas, no detuvieron la avalancha de
casos, muchas veces con grabaciones, en las que repartidos por medio
mundo y en decenas de idiomas se oía a verduras, lácteos, carnes y
pescados hablar en mercados, grandes superficies y restaurantes, no
sólo de los productos químicos y metales peligrosos que contenían,
sino también de cómo, por ejemplo el aluminio que en los procesos
de coloración de dulces se usa, se va acumulando en el cuerpo y en
el cerebro por años y que es causa y motivo final de la aparición
del alzhéimer, el párkinson o la esclerosis múltiple.
La rebelión de los alimentos, cómo ha
sido denominado el fenómeno, no para de crecer y de crear alarma a
la par que peticiones ciudadanas para que se dejen de usar para
riegos las aguas residuales, se controlen los vertidos químicos al
mar y se promueva los cultivos orgánicos, así como la supresión de
medicamentos y antibióticos en la carne que se destina al
consumo. No ha importado que las organizaciones mundiales de
salud y los gobiernos no paren de calificar de ridículas y sin base
científica las advertencias de la comida que comemos, el público no
importa que lo crea o no, lo importante es que la conciencia se ha
despertado y la mayoría de los consumidores piden un cambio.
Esperemos que, por nuestra salud, así sea.