Ha
llegado el momento de que también la industria alimentaria haga
frente a sus responsabilidades al igual que las in
dustrias
tabaqueras, farmacéuticas, eléctricas y de telefonía. Y vamos a
empezar denunciando el uso y abuso de un “potenciador del sabor”
como el glutamato
monosódico (E-621),
presente en casi todas las bolsas de “guarrerías” que encantan a
nuestros niños. Porque según Jesús Fernández-Tresguerres,
catedrático de Fisiología de la Facultad de Medicina de la
Universidad
Complutense de
Madrid, lo que hace es despertar un hambre ansiosa hasta el punto de
que incrementa la voracidad en un 40% (al menos así ocurre en las
ratas estudiadas en laboratorio) al impedir el buen funcionamiento de
los mecanismos inhibidores del apetito. De ahí que se conozca ya
como la nicotina
de los alimentos.
Afirmar
que “el
tabaco mata” y
consentir su distribución y venta es un sinsentido que debería
impedir dormir a alguien con un mínimo, si no de conciencia sí de
coherencia. Y mucho más aún lo es enriquecerse con el dinero de los
impuestos obtenidos por su venta.
Afirmar
que los nuevos transformadores de electricidad y torres de alta
tensión deben situarse a cierta distancia de las viviendas y
construirse blindados por el peligro que suponen para la salud pero
consentir que los antiguos -mucho peor protegidos- sigan irradiando a
los vecinos de su entorno es otro sinsentido dramático y vergonzoso
sólo justificable por el miedo de nuestros políticos a enfrentarse
con los poderes económicos que compran acciones y voluntades aquí y
allá.
Pero
no son los únicos sinsentidos contra la salud permitidos por nuestra
Administración. Ahí está su comportamiento tolerante hasta la
sinrazón con las antenas de telefonía, los centros de
transformación y las torres de alta tensión o su apoyo a la
industria en el caso de la fabricación y uso de productos químicos
tóxicos incontrolados (vea lo publicado sobre todo ello en
www.dsalud.com).
Y ahora, por si nos parecían pocos sus desvelos para protegernos,
resulta que el Ministerio de Sanidad y Consumo ha decidido alertarnos
sobre la epidemia de obesidad que nos asola. Sólo que lo hace tras
permitir la comercialización de productos infectados de grasas
saturadas y aditivos sintéticos e ignorando los avisos de alarma
procedentes de investigadores independientes sobre los efectos de los
mismos. Entre ellos la advertencia que sobre la propagación de la
obesidad tiene un aditivo alimentario: el E-621
o
glutamato
monosódico
(la sal sódica del aminoácido glutamato
o
ácido
glutámico).
El
E-621
está
clasificado por la Unión Europea como aditivo
alimentario.
Generalmente se agrega a alimentos salados preparados y procesados
como productos congelados, mezclas de especias, sopas envasadas,
aliños para ensaladas, productos a base de carne o pescado y, sobre
todo, a una gran cantidad de aperitivos salados presentados en bolsas
que son consumidas masivamente por adultos pero sobre todo por los
niños: patatas fritas, ganchitos, quicos, etc. En el envase suele
figurar que el producto contiene E-621
pero
no la cantidad exacta porque no existe ninguna regulación al
respecto. En algunos países incluso se utiliza como condimento de
mesa.
El
glutamato
monosódico es,
sencillamente, un “potenciador del sabor”, una sustancia que se
ingiere cuyo único objetivo aparente es facilitar un mayor consumo
del producto al que se añade. Y sólo por eso, en las actuales
circunstancias, debería ser ya cuestionable su utilización porque,
¿si los alimentos supieran a lo que tienen que saber seguiríamos
devorándolos hasta la obesidad?
Justificar
a estas alturas su presencia aduciendo que cuenta con los
correspondientes permisos de los organismos reguladores no significa
nada para quien conoce -aunque sea de forma mínima- las estrategias
de las industrias en defensa de sus intereses: relaciones
privilegiadas con los organismos reguladores, centros de
investigación propios, estudios externos patrocinados,
investigadores contratados, medios financiados a través de la
publicidad, grupos de presión política… Todo ello encaminado a la
siembra permanente de dudas sobre el alcance final de los efectos
sobre la salud a fin de mantener su actividad. Así es como hemos
llegado a convivir con ciertos fármacos, con el tabaco, con los
móviles, con las antenas de telefonía, con los transformadores, con
las torres de alta tensión y con tanto producto químico
incontrolado de evidente impacto sobre la salud.
Y
en el mejor de los casos, suponiendo que en el momento de su
aprobación nada se supiera sobre el posible impacto sobre la salud
delE-621,
seguir con los ojos cerrados ante lo que la investigación
independiente nos desvela día a día no sólo es una
irresponsabilidad administrativa sino una negligencia sanitaria.
Resulta
esclarecedor escuchar a Jesús
Fernández Tresguerres,
catedrático de Fisiología en la Facultad de Medicina de la
Universidad
Complutense de
Madrid, investigador español de prestigio internacional con una
amplia labor en Endocrinología y miembro numerario de la Real
Academia Nacional de Medicina
-sillón de Endocrinología
experimental-
decir con tono frustrado mientras recuerda sus intentos por ser
escuchado: “He
presentado mis resultados a algunas autoridades sanitarias españolas
y no me han hecho ni caso. Les ha entrado por un oído y les ha
salido por otro”. Una
actitud que probablemente se debe a que sus resultados apuntan
directamente a la restricción en el uso del E-621. “Con
la pasividad mostrada ante los resultados obtenidos por la Ciencia
-nos diría- se está contribuyendo de manera muy evidente a la
epidemia que tenemos de obesidad y, sobre todo, de obesidad
infantil”.
Ya
en un estudio efectuado el año 2003 que hizo junto al investigador
alemán Michael
Hermanussen titulado
La
ingesta de altas dosis de glutamato causa obesidad -publicado
en Journal
of Pediatric Endocrinology- se
afirmaba: “La
obesidad mundial ha subido a niveles alarmantes. El peso medio de los
alemanes aumenta ahora casi 400 g/año. Datos similares se obtuvieron
en Austria, Noruega y Reino Unido. El predominio creciente de
obesidad coincide con una popularidad creciente de dietas ricas en
proteínas. Los niños comen unas tres veces más proteínas de las
recomendadas; y los bebés de entre 6 y 12 meses reciben diariamente
5 gramos por kilo de peso en proteínas. Nuestra hipótesis es que no
son las proteínas sino el glutamato monosódico el que determina la
propensión a la obesidad “.
Sus
estudios posteriores no han hecho sino afianzarle en esa convicción.
Este mismo año ha publicado un nuevo trabajo -junto a otros
investigadores- en European
Journal of Nutrition titulado
Obesidad,
voracidad y poca estatura: el impacto del glutamato en la regulación
del apetito. Y
en él las cosas se pueden decir más altas pero no más claras: “El
estudio presente demuestra por primera vez que una sustancia
nutricional ampliamente usada -el potenciador del sabor glutamato
monosódico, a concentraciones sólo ligeramente superiores a las
encontradas en la comida humana cotidiana, exhibe un potencial
significativo para dañar la regulación hipotalámica del apetito y
por ello determina a nivel mundial la propensión a la obesidad.
Sugerimos revisar las concesiones diarias recomendadas de aminoácidos
y proteínas nutricionales, abstenerse de las populares dietas ricas
en proteínas y, particularmente, de agregar glutamato
monosódico” Pues bien, “ni
caso”. Y
otras líneas de investigación apuntan incluso a que
elglutamato pudiera
estar relacionado con algunos problemas neurodegenerativos.
En
lugar de aplicar el más elemental principio de precaución sobre un
producto que es absolutamente
innecesario añadir
a los alimentos preparados el Gobierno -una vez más- prefiere
perderse en los grandes titulares de prensa de las campañas
antiobesidad. El doctor Fernández-Tresguerres nos recibiría
amablemente en su despacho de la Facultad de Medicina para conversar
de ello.
EL
IMPACTO DEL GLUTAMATO MONOSÓDICO EN LA OBESIDAD
-Doctor,
¿no le parece contradictorio que la ministra de Sanidad y Consumo
hable de epidemia de obesidad y al tiempo permanezca inane ante el
uso de un potenciador del sabor como el glutamato monosódico (E-621)
que lo que realmente hace, según usted, es generar ansia por comer
más?
-Es
evidente que ambas cosas están estrechamente relacionadas. Y creo
que tanto a nivel oficial como privado hay una clara falta de
concienciación sobre la gravedad implícita de tal relación. Hasta
hace muy poco se nos ha estado diciendo que la “epidemia” de
obesidad se debía a que en los últimos años comemos más y nos
movemos menos estableciéndose así la discusión sólo en torno a
ello. Sin embargo los resultados demuestran que hay otros elementos
necesariamente involucrados en el proceso a los que no se les ha
concedido importancia hasta hoy. No es solamente que los alimentos
sean cada vez más accesibles o que a través del marketing caigamos
en consumos compulsivos de determinados alimentos sino que contamos
ya con datos objetivos que muestran la existencia en nuestra
alimentación de productos que inducen a incrementar su consumo.
En
este sentido nosotros nos hemos centrado en la investigación sobre
el impacto que puede tener en la epidemia de obesidad un aditivo
alimentario utilizado para potenciar los sabores: el glutamato
monosódico,
también conocido como E-621.
Y nuestros datos experimentales demuestran que la administración de
glutamato
monosódico es
capaz de incrementar ¡hasta en un 40%! la cantidad de alimento que
comen las ratas en el laboratorio.
-Pero
el glutamato monosódico cuenta con todos las autorizaciones
administrativas necesarias…
-Así
es. Y también podrá argumentarse que las ratas no son iguales que
los hombres. Sin embargo, además del hecho constatado de que es
siempre en este tipo de animales donde los investigadores probamos
inicialmente patologías y soluciones el problema está en que es un
aditivo alimentario tan perfectamente blindado por todos los
organismos internacionales que ni siquiera hay establecidos límites
a su uso. No está establecido cuál es el máximo que se puede
añadir a las comidas y las cantidades utilizadas ni siquiera
aparecen en los envases. En las patatas fritas de sabores encontramos
hasta cuatro y cinco gramos por kilo. Y en las salchichas hasta seis
gramos por kilo. No es de extrañar pues que en los últimos años se
haya producido una explosión en la producción mundial de glutamato
monosódico.
De las 200.000 toneladas de E-621
que
se producían en el mundo en 1970 se ha pasado al millón y medio de
toneladas en el 2004. La cantidad se ha multiplicado por siete. Lo
que significa que cada vez se está utilizando más. Y
significativamente, de manera masiva, en el Primer Mundo que es donde
sufrimos el azote de la obesidad. Yo mismo he sido testigo de cómo
en algunos restaurantes en lugar de utilizar sal se utiliza un bote
de glutamato
monosódico para
sazonar prácticamente todos los platos.
Hablamos
pues de un aditivo alimentario cuya producción y uso se está
incrementado sin restricción alguna -ni siquiera en el entorno
infantil o juvenil- a pesar de que según nuestros datos al
administrarse a ratas recién nacidas -bien es cierto que en dosis
muy altas- no sólo se constatan cambios en su comportamiento
alimenticio sino que se producen lesiones en el cerebro. Porque el
glutamato
monosódico además
de ser un saborizante -está considerado el quinto elemento del sabor
junto al salado, el dulce, el agrio y el amargo habiendo sido
bautizado como umami-
es un neurotransmisor muy potente. No digo por tanto que haya que
suprimirlo pero sí afirmo que su presencia en exceso provoca que las
neuronas se activen de tal manera que pueden llegar a destruirse bajo
un fenómeno conocido como excitotoxicidad,
que causa destrucciones observables en una zona del cerebro, el
núcleo arcuato, donde se producen una serie de hormonas que entre
otras cosas tienen como misión controlar el apetito -unas lo
estimulan y otras lo inhiben- y que a su vez están influenciadas por
otros elementos periféricos como, por ejemplo, señales procedentes
de los depósitos de grasa. Antes se consideraba que la grasa era
sólo un depósito sin apenas actividad pero ahora sabemos que la
célula adiposa segrega numerosas hormonas, como laleptina,
de gran importancia en el control del apetito. Bueno, pues todo ese
proceso de regulación del apetito se ve influenciado de alguna forma
por la administración de glutamato
monosódico.
En
suma, no voy a decir que la cantidad de glutamato
monosódico que
hoy estamos consumiendo provoque destrucciones neuronales pero sí
afirmo que provoca cambios en la conducta alimenticia muy evidentes.
Y hemos constatado también que esa voracidad inducida está mediada
por cambios en las hormonas que controlan precisamente el apetito. Y
todo eso ocurre a través de una sustancia calificada como ¡inocua!
por todos los organismos oficiales y de la que se afirma que no causa
ningún problema.
-Sin
embargo usted sostiene que puede llegar a producir daños en el
cerebro.
-Cuando
yo administro a ratas neonatalmente dosis elevadas deglutamato
monosódico el
núcleo arcuato del hipotálamo cerebral queda totalmente destruido.
Lógicamente esta sustancia no se vende para inyectársela a un niño
recién nacido pero también cuando se lo damos por vía oral a la
madre en estado de gestación y a las crías cuando empiezan a comer
por su cuenta se producen alteraciones en el núcleo arcuato. E
insisto: no es ésta una situación que podamos extrapolar tal cual a
los seres humanos pero lo que a mi parecer sí es una situación
perfectamente extrapolable es lo que pasa cuando estudio el impacto
del glutamato
monosódico en
animales adultos. Si les doy pienso normal consumen 5’8 gramos por
día; sin embargo, si añado glutamato
monosódico pasan
a consumir 8 gramos al día. Es decir, cerca de un 40% más. Luego
con independencia de que genere o no lesiones a nivel cerebral hay un
incremento de la conducta alimenticia en todos los grupos utilizados.
Siempre que se da glutamato
monosódico a
los animales éstos comen más. Y, por tanto, tienen tendencia a
engordar también más.
-En
este momento, con los resultados de sus investigaciones y de otras en
la misma línea a nivel internacional, ¿no sería necesario realizar
estudios más amplios, ya con seres humanos?
-Claro
que sí. Me gustaría hacer ese tipo de estudios pero los ensayos
clínicos son muy caros. No se puede hacer un ensayo si no hay un
patrocinador del nivel de un laboratorio farmacéutico. Y no creo que
la industria alimentaria vaya a apoyar un estudio de estas
características. De ninguna manera. La industria alimentaria es de
las más potentes pero al haber tenido que reducir costes y
beneficios se ve obligada a vender cada vez más para ganar dinero y
eso significa que alguien tiene que comer cada vez más.
EL
PELIGRO DE LAS DIETAS RICAS EN PROTEÍNAS Y GLUTAMATO MONOSÓDICO
-Y,
sin embargo, los chinos han sido tradicionalmente un pueblo sin
problemas de obesidad a pesar de que su consumo de glutamato
monosódico fue
siempre alto. Es más, cuando empezaron hace poco a cambiar sus
hábitos alimenticios fue cuando empezaron también a tener problemas
de sobrepeso. ¿No parece contradictorio? -Déjeme explicar a sus
lectores cuál es la razón de que ambas cosas seas ciertas: que el
glutamato
monosódico aumente
el ansia por comer alterando una determinada zona cerebral y que los
chinos no engorden al mismo ritmo que en Occidente a pesar de su
consumo. Una de las cosas que le ha ocurrido a la dieta del Primer
Mundo es que además de ser hipercalórica
se
ha vuelto hiperproteica.
Cada vez consumimos más proteínas animales y el glutamato
monosódico está
hoy presente en muchos derivados lácteos. En porcentajes de hasta un
20%. En consecuencia, a la dieta hiperproteica -que ya de por sí nos
induce a incrementar nuestro consumo de comida a través delglutamato
presente
en la misma- le estamos añadiendo el glutamato
monosódico como
aditivo. Bueno, pues la clave está en que los chinos han consumido
tradicionalmente una comida con muy pocas proteínas animales con lo
cual el consumo de glutamato les afecta mucho menos al no producirse
el efecto acumulativo con el glutamato
monosódico constituyente
natural de las proteínas ingeridas que se consumen masivamente en
nuestra civilización occidental.
-Es
muy significativo cómo al mismo tiempo que aumenta nuestra tendencia
a la obesidad los focos de la ciencia se centren más en el exceso de
proteínas animales como factor responsable no sólo de la obesidad y
diversas patologías sino también del envejecimiento.
-Pienso
que estamos en un momento importantísimo desde el punto de vista de
la alimentación. Desde hace 50 años o más se sabe que lo único
que sobre todo mejora espectacularmente las expectativas de
supervivencia en los animales es la restricción alimenticia. Es
decir, si yo a las ratas en vez de alimentarlas ad
libitum lo
que ellas quieran comer les restrinjo un 30 o un 40% su cantidad de
alimentos a diario manteniendo un aporte de nutrientes suficiente
para que no exista un problema de vitaminas o minerales viven mucho
más. Y los mismos resultados se están obteniendo desde hace 15 o 20
años con monos; también se ha observado que los que comen menos
tienen mucha más vitalidad, están más jóvenes y es mejor su
presencia física que los que comen más. Debo decir que en los
últimos años un grupo de investigación de la Facultad de
Biológicas de esta misma universidad ha estado trabajando sobre el
tema preguntándose sobre el elemento responsable de que una
restricción del 30 o el 40% permita a los animales vivir más y
mejor. También han investigado lo que ocurre cuando en lugar de
restringir las calorías se restringen los hidratos de carbono y las
grasas. Y ninguna de estas dos restricciones tiene efecto alguno
sobre la vitalidad o la supervivencia. Sin embargo la restricción de
proteínas sí tiene ese efecto. Es decir, lo mismo que se consigue
reduciendo la cantidad global de alimentos se consigue reduciendo
sólo la cantidad de proteínas. Y aún han llegado más lejos. No
han investigado todos los aminoácidos pero sí algunos y han
encontrado que uno, concretamente la metionina,
es fundamental. Cuando se disminuye la cantidad de metionina
ingerida
por los animales éstos viven mejor y más tiempo. No sólo el animal
está más delgado sino que se mantiene más joven durante mayor
tiempo.
Si
restringimos pues la metionina
-y
alimentos pobres en metionina
son
los garbanzos, las judías y toda esa serie de alimentos que antes se
ingerían con mayor abundancia que ahora- conseguimos el mismo efecto
que con una restricción del 30 o el 40% de calorías. Ni la
restricción de hidratos de carbono, ni la de grasas – en lo que se
nos insiste permanentemente- es tan importante como la restricción
proteica. Estamos teniendo una alimentación excesivamente rica en
proteínas que además sobrecargamos con aditivos como el E-621.
-Sin
embargo dietas como la del doctor Robert Atkins ponen el énfasis en
el consumo preferente de proteínas y la eliminación de los hidratos
de carbono refinados como fórmula para adelgazar.
-Cierto,
pero yo estoy hablando de una dieta completa
con
exceso de proteínas, no de una restringida. No es lo mismo una dieta
completa que una sin hidratos de carbono donde todas las calorías se
obtienen de las proteínas y grasas. Este último es el caso de los
esquimales. Tradicionalmente no ingerían hidratos de carbono
alimentándose sólo de la carne y grasa de focas y ballenas… y
estaban sanos. ¿Por qué? Pues porque el organismo puede transformar
las grasas y proteínas en los azúcares simples que necesitamos,
especialmente en la glucosa que alimenta al cerebro. Pero claro, si a
esos esquimales se les proporciona pan -o cualquier otro hidrato de
carbono refinado- engordan a enorme velocidad. De hecho en este
momento todos los pueblos esquimales que tienen estrecho contacto con
el Primer Mundo sufren un problema de obesidad mucho más grave del
que hay en España. Y ello se debe a que a su alimentación
tradicional se le añadieron los hidratos de carbono.
Mire,
los problemas de alimentación son bastante difíciles de manejar. No
es algo tan obvio como afirmar que para estar menos gordo hay que
comer menos. Eso vale y funciona a veces pero no se trata sólo de
eso. Es muy importante la proporción de los principios inmediatos. Y
la proporción de proteínas en nuestra alimentación en estos
momentos es excesiva. Creo que en la dieta diaria de cada persona
hemos más que duplicado nuestro aporte proteico en los últimos 50
años. Piense que hace 40 o 50 años se tomaba carne un día a la
semana y ahora se consume a diario en muchos casos y en cantidades
significativas, en la comida y en la cena.
La
variación con el tiempo de una serie de hábitos alimenticios y la
disponibilidad de una serie de alimentos que hace sólo 40 ó 50 años
eran escasos para la gran mayoría de la población ha hecho cambiar
el fenotipo de las personas. Piense en lo que pasa con la sal. Hay
que recordar que la palabra salario viene de “pagar en sal”
precisamente por el valor que por su escasez tenía en la antigüedad
y, aún todavía, en algunos lugares de África. Allí han
sobrevivido sólo aquellos capaces de “ahorrar sal”. Pues bien,
cuando la sal deja de ser un elemento escaso y todo el mundo tiene
acceso a ella es cuando aparece una nueva patología generalizada por
el excesivo consumo: la hipertensión. Cuando los ahorradores de sal
acceden de repente sin restricciones a ella tienen graves problemas.
Y en casos graves, les produce la muerte.
Bueno,
pues con los aditivos alimentarios estamos dando un paso más en la
misma dirección. Estamos modificando con según qué aditivos la
proporción de elementos que entran a formar parte de nuestra
alimentación diaria. Sobre todo con el glutamato
monosódico que
es probablemente, junto con la metionina de
la que hablamos antes, uno de los elementos que juegan un papel más
importante en el control de la alimentación además de ser un
potentísimo neurotransmisor. Parte de lo que ingerimos llega al
cerebro para actuar como neurotransmisores pero debemos entender que
un exceso de los mismos puede generar también cambios en nuestro
comportamiento.
Hay
que tomar conciencia clara de que la alimentación actual no es
adecuada. Añadir aditivos que van en la misma mala dirección que el
exceso proteico está contribuyendo de forma evidente a la epidemia
de obesidad que nos invade.
LOS
NIÑOS, LOS MÁS AFECTADOS
-En
1968 un médico chino, el Dr. Robert Ho Man Kwok, escribió una carta
al editor de The New England Journal of Medicine para pedir ayuda y
poder determinar porqué él y sus amigos sufrieron entumecimiento,
debilidad y palpitaciones después de cenar en restaurantes chinos en
los Estados Unidos. La carta se publicó bajo el título El Síndrome
del Restaurante Chino. Las contestaciones publicadas indicaron que el
problema de Man Kwok fue una reacción a glutamato monosódico.
¿Existen estudios que lo relacionan no ya con la obesidad sino con
trastornos neurológicos?
-Sí,
el glutamato
monosódico se
ha asociado con “el síndrome del restaurante chino”. Al parecer
personas con una especial sensibilidad al glutamato
monosódico pueden
desarrollar diversos síntomas como dolores de cabeza,
enrojecimiento, sudoración, inflamación facial, dolor torácico y
algún otro pero por razones que desconozco todo esto está pendiente
de estudiar. Yo no he podido hacerlo porque carezco de los medios
pero sí he podido constatar que utilizando una sustancia que
interfiere con el proceso de neurotransmisión del glutamato
monosódicoa
nivel cerebral inmediatamente disminuye el apetito. He trabajado
durante un año con un equipo de investigadores dirigido en Alemania
por Michael Hermanussen -profesor de Pediatría de la Universidad
de Kiel- y
allí se me permitió emplear un producto como la memantina
-un
medicamento que bloquea los receptores NMDA (N-metil-D-aspartato)
para el glutamato, regulando así la entrada de calcio en las
neuronas y protegiéndolas de la degeneración- en una prueba
terapéutica con un número limitado de pacientes.
Administramos el
producto -en forma de gotas o pastillas- a 14 personas obesas y ya a
partir de las primeras dosis los propios pacientes confesaban que no
sentían esa terrible hambre ansiosa que tanto temen. En menos de dos
meses todos perdieron alrededor de un 10% de su peso ¡sin modificar
la dieta! Simplemente comieron menos porque tuvieron menos hambre.
No
sólo hemos demostrado pues que en animales la ingesta de glutamato
monosódico incrementa
el apetito sino que, en la misma línea de investigación, estamos
comprobando que la memantina
pone
en marcha una cascada de procesos que acaban por producir una
reducción de la ingesta alimentaria. Ciertamente el estudio no
cumple con la totalidad de los requisitos exigidos para ser
considerado un ensayo clínico pero apuntan a la importancia del
mecanismo del glutamato
monosódico en
la obesidad.
-Desde
luego no deja de ser incomprensible que al mismo tiempo que desde el
Ministerio de Sanidad y Consumo se expresa preocupación por el
aumento de obesidad infantil se esté obviando que casi todos los
productos que con más ansiedad o placer consumen nuestros niños y
adolescentes incluyan glutamato monosódico (E-621). ¿Hasta qué
punto es una irresponsabilidad por parte de la administración seguir
sin hacer nada?
-Comparto
su reflexión y preocupación. Tal es, de hecho, mi intención al
plantear públicamente este asunto. Y he esperado además para
hacerlo a tener los datos experimentales que demuestran los efectos
que estamos comentando. Sin embargo los he presentado a diversas
autoridades sanitarias españolas y no me han hecho ni caso. Les ha
entrado por un oído y les ha salido por otro. Los políticos
reaccionan ante determinadas cosas sólo si hay una reacción
continuada de los medios de comunicación o se produce un número
importante de muertos como ocurre con determinados cruces donde no se
instala el semáforo a pesar de que los vecinos de la zona lo lleven
exigiendo mucho tiempo. Hasta que no se acumulan las víctimas o se
produce una tragedia que atrae vivamente a los medios no mueven un
dedo.
En
esta cuestión yo no me planteo que se vayan a producir desgracias en
sentido estricto, es decir, que mucha gente vaya a morir de forma
inmediata pero con la pasividad mostrada ante los resultados
obtenidos por la Ciencia se está contribuyendo de forma obvia a la
actual epidemia de obesidad, sobre todo entre los niños. Los padres
deberían saber que una simple bolsita de quicos o
de snacks
puede
llegar a contener ¡hasta seis gramos de glutamato
monosódico por
kilo! La verdad es que la mayor parte de los aperitivos de ese tipo
llevan cantidades ingentes de glutamato
monosódico.
Y, por tanto, están contribuyendo a que los chavales coman mucho más
de lo que necesitan y engorden.
-En
Estados Unidos los representantes de la corriente más crítica sobre
el glutamato monosódico lo definen como “la nicotina de los
alimentos”. ¿Comparte esa definición?
-
No es sólo la nicotina de los alimentos. En el tabaco la nicotina
genera dependencia pero también otros aditivos que los fabricantes
añaden impunemente para reforzar la adicción. Pues el glutamato
monosódico por
sí mismo no sólo genera una cierta dependencia al generar un sabor
agradable que invita a comer más sino que además conduce a una
ingesta mayor por la afectación de mecanismos neurológicos.
-¿Son
conscientes los médicos de la importancia del glutamato monosódico?
-No.
Cada vez que se desarrolla una nueva teoría para explicar algo
habitual hay que romper la inercia en la que normalmente se instalan
los médicos. Incluso aunque los datos sean evidentes las nuevas
evidencias tardan tiempo en establecerse. No es que se nieguen
abiertamente a las nuevas conclusiones sino que les cuesta ir
admitiendo datos adicionales. Debemos pues seguir trabajando para que
lo asuman ya que estamos ante un problema de salud pública. Porque
no es que el exceso de peso modifique mi fenotipo y me haga menos
atractivo y menos ágil, es que además voy a vivir menos y voy a
padecer una serie de problemas de salud adicionales que podría
evitar. Es un problema médico real. Hoy ya se sabe que la obesidad
es la antesala de la diabetes tipo 2, del incremento de riesgo
cardiovascular y de otras muchas dolencias además de acelerar
nuestro envejecimiento. ¿No merece por tanto la pena trabajar en
ello si sirve para atajar el problema de la obesidad, sobre todo
entre los jóvenes?
Con
la pregunta dirigida en voz alta a quien corresponda abandonamos el
despacho del doctor Fernández Tresguerres. Por nuestra parte sólo
cabe recordar que otros investigadores, como el doctor Russell
L. Blaylock,
neurocirujano en el Jackson
Hospital (Mississippi,
EEUU) y miembro del Consejo Editorial del Medical
Sentinel,
consideran que los daños del E-621
pueden
llegar aún más lejos. En un artículo suyo titulado Excitotoxinas
aditivas en la comida y desórdenes degenerativos cerebrales éste
comienza el texto afirmando: “Hay
un número creciente de médicos y científicos de base que están
convencidos de que un grupo de compuestos llamados excitotoxinas
juegan un papel crítico en el desarrollo de varios desórdenes
neurológicos, incluidas migrañas, infecciones, desarrollo neural
anormal, ciertos desórdenes endocrinos, desórdenes
neuropsiquiátricos, desorden en el aprendizaje infantil, demencia
por SIDA, violencia episódica, encefalopatía hepática, algunos
tipos específicos de obesidad y, sobre todo, enfermedades
neurodegenerativas como la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), la
enfermedad de Parkinson, la enfermedad de Alzheimer, la enfermedad de
Huntington, y degeneración olivopontocerebral. Durante la última
década ha aparecido una gran cantidad de evidencia clínica y
experimental que apoya esta premisa básica. Todavía hoy la FDA se
niega a dar a conocer al público el peligro a corto y largo plazo
causado por la práctica de permitir agregar aditivos excitotóxicos
a la comida como el glutamato monosódico, la proteína vegetal
hidrolizada y el aspartamo”.
Añadiremos
que a día de hoy existen más de 200 referencias científicas que
relacionan el glutamato
monosódico con
una larga lista de problemas de salud además de con la obesidad.
Entre ellas destacan libros como In
Bad Taste: The MSG Symptom Complex del
médico y toxicólogo George
Schwartz,
Excitotoxins:
The Taste that Killsdel
anteriormente citado doctor Russell Blaylock y Battling
the MSG Myth de
Debby
Anglesey.
En cuanto a las webs de especial interés cabe citar www.msgmyth.com,
www.msgtruth.org, www.truthinlabeling.org y www.nomsg.com.
No
está de más recordar, llegados a este punto, que en el portal de la
propia Agencia
Española de Seguridad Alimentaria puede
leerse -en el apartado de Preguntas
frecuentes-
lo siguiente: “El
Código Alimentario Español sólo contempla la utilización de
aditivos, entre otras razones si: a) Existe una necesidad manifiesta
y representa una mejora evidente sobre las condiciones de los
alimentos. b) Se ha comprobado experimentalmente que su uso está
exento de peligro para el consumidor (…)”. Bien,
pues es obvio que en el caso del E-621
lo
primero es más que discutible; y sobre lo segundo existen dudas más
que razonables. Además el texto añade: “Se
prohíbe la utilización de aditivos siempre que exista la
posibilidad de lograr los mismos efectos por otros métodos, si puede
provocar engaño al consumidor por enmascarar la verdadera calidad
del alimento, si disminuye el valor nutritivo de los alimentos, o
si los alimentos a los que se agregan pueden ser una parte importante
de la ración de grupos vulnerables (lactantes, niños)“
(la
negrita es nuestra).
¿Puede
pues explicarnos la ministra de Sanidad y Consumo, Elena
Salgado,
por qué sus inspectores no retiran del mercado los productos que
contienen este “potenciador del sabor” ya que no
hay necesidad manifiesta de él,
no
ha demostrado jamás que mejore la calidad de ningún alimento,
puede
perjudicar a quienes lo consumen en exceso (muy especialmente a los
niños) y
además hay
sustancias naturales e inocuas que pueden hacer ese papel?
Por
supuesto no esperamos su respuesta. No creemos que tenga ninguna. Eso
sí, seguro que seguirá haciendo campaña antiobesidad.
Antonio F.
Muro