REPORTAJE
- La testosterona de sus banqueros y sus bravuconadas económicas hicieron caer a Islandia
- Las mujeres se han hecho cargo de la isla y han puesto en valor un concepto: sostenibilidad
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A
la izquierda, la primera ministra islandesa, Jóhanna
Sigurdardóttir,
y Katrin Jakobsdottir, siguen el resultado
electoral,
en abril de 2009. / BOB
STRONG (REUTERS)
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¿Qué
ocurrió en Islandia? ¿Qué ha ocurrido en estos tres años para que
surja, de las cenizas del desastre económico, una construcción tan
extravagante? Lo que ha ocurrido es que
las
mujeres se han hecho cargo del país
y lo han arreglado. Y ese edificio, el primer auditorio nacional de
conciertos en la historia de Islandia, donde la compañía nacional
de ópera representa en estos días, con el aforo completo, La
Bohème de
Puccini, es la encarnación del cambio que se ha vivido. Porque nos
dice que Islandia no se hundió, que el país ha vuelto a levantarse;
y porque la persona que decidió construirlo o, más bien (y con algo
más de polémica), no interrumpir su construcción después delcrash
financiero,
fue una mujer.
El
presupuesto estatal está casi equilibrado, las exportaciones superan
a las importaciones y la moneda es estable
Quería
conocer a esa mujer. No por los motivos habituales que empujan a los
periodistas a escribir sobre mujeres poderosas — porque hubiera
triunfado en un mundo de hombres—, sino precisamente por todo lo
contrario. Porque esa mujer simboliza una tendencia en Islandia, o,
más que una tendencia, una revolución, un golpe de Estado. Desde
que se produjo la crisis, y como reacción directa y deliberada ante
ella, las mujeres se han adueñado de las palancas del poder, y lo
han hecho en los ámbitos que más importan, en los que más
influencia se ejerce sobre el destino nacional: el Gobierno, la banca
y, en creciente medida, la empresa.
Los
tres bancos principales de Islandia quebraron en octubre de 2008 y
dejaron deudas que ascendían a más de 10 veces el PIB del país.
Islandia, que hasta entonces ocupaba el primer puesto en el Índice
de Desarrollo Humano de Naciones Unidas (es decir, el mejor sitio
para un ser humano en el planeta Tierra), se encontró mucho más
allá de la bancarrota. Y se echó la culpa a los hombres. Los
hombres le echaron la culpa a los hombres. En el partido del Gobierno
dominaban los hombres, los banqueros casi sin excepción eran hombres
y los temerarios, absurdamente ambiciosos, impulsos que condujeron a
una pequeña nación de pescadores a creer que todos se estarían
bañando en champán francés por el resto de sus días eran
categóricamente, exclusivamente, decididamente masculinos. Así
que entonces, como comentó el Financial Times en aquel momento,
aparecieron las mujeres para arreglar el lío. El primer ministro fue
sustituido por la primera mujer en la historia de Islandia en ocupar
el cargo, Jóhanna Sigurdardóttir (gay
y casada,
con dos hijos de un fallido matrimonio anterior con un hombre), que
continúa ejerciéndolo hoy. Las mujeres constituyen la mayoría del
Gobierno, cinco carteras ministeriales, frente a cuatro hombres. Se
despidió a los consejeros delegados (todos varones) de los bancos
que habían quebrado, se cambió de nombre a las entidades y se
colocó en sus cargos a mujeres. Cada vez más mujeres se hacen
empresarias o empiezan a aparecer en los consejos de administración
de empresas privadas. Por escoger entre numerosos ejemplos, la
consejera delegada de la mayor compañía de seguros de Islandia en
la actualidad es una mujer, igual que la responsable para el país de
Rio Tinto Alcan, que encabeza el poderoso sector nacional del
aluminio.
Somos
un país con mucha determinación y mucha ambición
El
tópico, desde Margaret Thatcher, es que las mujeres en puestos de
poder son, por necesidad, damas de hierro, que triunfan a base de
pensar como hombres. La proposición que me planteé explorar en
Islandia fue si el cambio había sido lo suficientemente profundo
como para que a los hombres no les haya quedado más remedio ahora
que pensar como mujeres.
En
Islandia, todo el mundo conoce a todo el mundo. Todos son primos, de
una forma u otra. De modo que, cuando pregunté a varias personas si
me podían poner en contacto con la mujer de la sala de conciertos,
cuyo título exacto es, desde febrero de 2009, ministra de Educación,
Ciencia y Cultura, todo el mundo sonrió de inmediato: “¡Ah,
Katrin!”.
“Se
quedará asombrado cuando la vea”, me dijeron. “Tiene tres hijos,
pero nadie lo diría”. “Es muy brillante”. “Sí,
tremendamente inteligente”. “¡Pero parece que tiene 12 años!”.
Esto
último era una exageración. La persona que se me acercó, con la
mano extendida, cuando estaba sentado en una pequeña sala de espera
del ministerio tenía aspecto de tener 16 años, por lo menos. Menos
mal que me lo habían advertido, pensé; si no, nunca habría creído
que era quien decía ser, la ministra Katrin Jakobsdottir, por si
fuera poco vicepresidenta del partido socialdemócrata —oficialmente
denominado Verdes de Izquierda—, que ocupa el poder. Botas Dr.
Martens, vaqueros marrones, pelo lacio, esbelta, menuda: parecía una
becaria en su primer día en la oficina, o la hermana menor, más
dulce y menos seca, de la chica del dragón tatuado de
Stieg
Larsson.
En realidad tenía 36 años y acababa de volver de disfrutar de su
permiso de maternidad tras el nacimiento de su tercer hijo.
Totalmente segura de sí misma (si sentía alguna incomodidad al
tener como despacho un imponente salón ministerial, no lo delató) y
tan lista como me habían dicho que era, no necesitó que le hiciera
ni una pregunta para saber cuál era el primer tema que quería
abordar con ella.
La
sociedad islandesa está estructurada de tal forma que las mujeres no
tienen que escoger entre el trabajo y la familia
“Una
de las primeras decisiones que tuve que tomar en este puesto fue si
seguir adelante con el auditorio nacional o no”, dijo. Cuando
asumió el cargo, hace tres años, me explicó, los cimientos estaban
construidos, pero no había nada visible sobre tierra. El problema no
era solo que la economía nacional estuviera destruida; el
multimillonario que había concebido el proyecto,
un
hombre llamado Bjorgolfur Gudmundsson,
que, entre otros excesos, había comprado el equipo de fútbol West
Ham United, de Londres, se había quedado sin un céntimo. “Así
que me reuní con la gente del Ayuntamiento de Reikiavik para decidir
si debíamos seguir adelante con fondos públicos, suspender la
construcción hasta que llegaran tiempos mejores o dar por terminado
el proyecto. Decidimos seguir adelante”.
¿Por
qué? “En parte, porque había 600 personas involucradas en la
obra, en parte, porque llevábamos 40 años hablando de construir una
sala de conciertos para nuestra orquesta sinfónica y pensamos que,
si no lo hacíamos ahora, nunca lo haríamos, pero también porque
pensamos que no seguir con el proyecto daría a la gente la sensación
de que se prolongaba la crisis”. ¿Habría sido malo para la moral
nacional que se interrumpiera, entonces? ¿Seguir adelante tenía un
valor añadido que era superior al coste? “Sí. Exacto. Nos vimos
obligados a hacer grandes recortes presupuestarios en todo el sector
público, pero decidimos seguir. En su momento hubo mucha
controversia, pero creo que ahora está desapareciendo. El auditorio
se inauguró en la primavera de 2011 y, desde entonces, han acudido
más de 800.000 visitantes. A la gente le encanta. Islandia es un
país con una gran vida musical, y también somos un país con mucha
determinación y mucha ambición. El edificio ha sido un símbolo y
una inspiración para los islandeses”.
"Las
cosas podrían estar mucho peor"
Un
símbolo, entre otras cosas, del
regreso
a la salud económica.
Jakobsdottir reconoció que las cosas podrían estar mejor, que la
deuda hipotecaria de la gente corriente sigue siendo elevada, que las
inversiones son bajas y que en Islandia, hoy, hay desempleo (justo
por debajo del 7%), mientras que antes, no. El nivel de vida, en otro
tiempo el más alto del mundo, ha caído, y la gente trabaja más por
menos dinero. Pero, como observó el premio Nobel de economía Paul
Krugman tras una visita reciente a Islandia, “las cosas podrían
estar mucho peor” y aunque ese “no es el eslogan más estimulante
del mundo..., cuando todo el mundo preveía un desastre total,
equivale a un triunfo político”.
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Mujeres
en un balneario a 40 kilómetros
de
la capital isandesa. / T.
ORN
KRISTMUNDSSON
(AFP)
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Pero
en lo que todos los parlamentarios están de acuerdo es en que la
época del capitalismo de enriquecimiento rápido se ha terminado. La
palabra clave, hoy, es sostenibilidad, y todos los partidos la
repiten en sus declaraciones públicas. Y la sostenibilidad, en
opinión de la ministra Jakobsdottir, es un concepto más femenino
que masculino. Ella lo explica así: “Mucha gente achacó los
excesos de los banqueros que nos causaron tantos problemas a una
cultura masculina”. “En 2009, todo el mundo decía: ‘Lo que
necesitamos es menos pensamiento de chulería masculina y más
mujeres con ideas pragmáticas y estratégicas’. Lo que hemos
aprendido desde entonces es que si queremos permanecer alejados de la
crisis y construir, todos sabemos que hay que pensar no en el futuro
inmediato, sino en los próximos 10 o 20 años. Esa no es la forma de
pensar de un Gobierno dominado por hombres; esa es una manera de
pensar femenina”.
"Nosotras
hablamos de los sectores creativos"
Le
pedí que me dijera en qué terrenos concretos se podían detectar
estos cambios. “Hay muchos ejemplos. En general la influencia
femenina se ve en este énfasis que le damos al desarrollo
sostenible, en construir la economía pensando a largo plazo, de
manera fiable y segura. Las mujeres piensan en esos términos porque
está en su naturaleza. Un ejemplo más específico: cómo estamos
encarando los temas de los impuestos y los presupuestos. La idea es
analizar los diferentes impactos que el sistema tiene sobre los
hombres y las mujeres, y ver cómo podemos ajustarlo para generar más
igualdad entre los géneros. También se ve la influencia femenina en
la discusión sobre el empleo. Los hombres se centran en cosas como
la industria del aluminio. Nosotras hablamos de los sectores
creativos. Hemos llegado a la conclusión de que las artes —en
especial la música y la literatura— aportan tanto dinero al país
como la extracción de aluminio. No creo que a los hombres se les
hubiera ocurrido ni pensarlo”.
El
centro de atención político cambia cuando hay más mujeres en el
Gobierno
Un
dato que asombra en Islandia es que un país de 320.000 habitantes
posea tal abundancia de talento artístico, sobre todo en la música,
donde, aparte de una ópera nacional y una orquesta sinfónica
nacional, existen numerosos grupos contemporáneos que producen todo
tipo de cosas, desde
la
globalmente aclamada Björk
hasta el trabajo experimental y esotérico de Kria Brekkan, que ha
triunfado en Nueva York y con quien me encontré por casualidad
delante del auditorio nacional. Aproveché la oportunidad para
preguntarle si ella estaba de acuerdo en que las mujeres habían
cambiado Islandia. Ojalá hubiera grabado su respuesta, porque fue de
una lucidez cristalina, pero, en resumen, vino a decir que sí, “la
fuerza masculina” que había definido el periodo en el que los
islandeses habían intentado jugar a los bancos y convertirse en el
pueblo más rico del mundo había sido reemplazada por una “fuerza
femenina que está en la tierra, que no apunta a las estrellas, y que
busca plantar raíces y trabajar para un futuro seguro”.
Hablé
con muchas otras mujeres, y todas expresaron variaciones de la misma
idea. Audur Bjork Gudmundsdottir, directora ejecutiva en una compañía
de seguros, dijo que los problemas de Islandia partían de que la
gente había estado corriendo demasiado de prisa, lanzándose a
grandes aventuras sin pararse a examinar los detalles de lo que
estaba haciendo. “Hoy, en los consejos de administración de las
empresas, en los que se ve cada vez a más mujeres, se hace hincapié
en la responsabilidad, no en correr riesgos ni en intentar hacer
mucho dinero muy rápido”.
Birna
Einarsdottir, una de las consejeras delegadas de bancos nombradas
para desplazar a los hombres
inmediatamente
después de la crisis de 2008,
dice que la gran lección que han aprendido los islandeses mientras
salían de la recesión y entraban en el crecimiento ha sido:
“Atenernos a lo que sabemos; no pasarnos de listos”. “¿Quién
dijo que los islandeses eran los mejores banqueros del mundo? ¿De
dónde salió esa idea? De modo que, ahora, la regla es ser humildes,
conocer nuestras limitaciones y aprovechar nuestras ventajas. Y, en
vez de pensar que sabemos todo, hacer preguntas; pedir ayuda”. Que
es lo que hacen las mujeres; no los hombres.
De
lo que de verdad entienden los islandeses, dijo Einarsdottir, es de
pesca, que hoy tiene muchos más beneficios que antes de la crisis.
Un ejemplo es una mujer de nombre impronunciable, Sjöfn
Sigurgisladottir, que dejó en 2009 su puesto de directora ejecutiva
de un organismo estatal dedicado a la seguridad alimentaria para
crear una empresa de pesquería y piscifactoría con otras dos
socias. Calculan que, para 2014, habrán creado 100 puestos de
trabajo y estarán vendiendo más de 2.000 toneladas anuales de
tilapia nórdica (un pescado de origen africano).
“Estamos
entrando en una industria que antes era exclusivamente masculina”,
me dijo una sonriente Sigurgisladottir, “y eso es sintomático de
lo que está ocurriendo en Islandia desde la crisis. Las mujeres
están asumiendo un papel mucho más activo en la economía,
asumiendo más responsabilidad, y también nos apoyamos mucho más
unas a otras, creando clubes de mujeres, aprovechando oportunidades
más que nunca”.
Ayuda,
continuó Sigurgisladottir, el hecho de que la sociedad esté
estructurada de tal forma que, en Islandia, las mujeres no tienen que
escoger entre el trabajo y la familia. Tanto desde el punto de vista
cultural (al parecer, los vikingos se tomaban con bastante relajo que
sus mujeres concibieran y se reprodujeran mientras ellos estaban
lejos, dedicados a violar y saquear) como desde el de las leyes del
Estado sobre custodia de los hijos y permiso de maternidad o
paternidad, las mujeres islandesas han avanzado más que nadie. Según
el último informe del Fondo Económico Mundial sobre igualdad de
género, Islandia ocupa el primer lugar del mundo. (“Yo vivo parte
del tiempo en Suiza”, me dijo Sigurgisladottir, “y la diferencia
con el lugar que ocupan allí las mujeres en la sociedad es
escandalosa”).
Las
mujeres de Islandia habían alcanzado estos logros incluso antes de
que la crisis financiera golpeara. Lo que ha ocurrido desde entonces
es que han complementado la igualdad en el hogar y en el trabajo con
un nuevo grado de influencia y autoridad en el corazón del poder
político y económico. Siendo madre de tres niños de menos de ocho
años, siendo la ministra responsable de educación, ciencia y
cultura y la número dos en el partido de Gobierno (lo cual hace
pensar que es una probable futura primera ministra), Katrin
Jakobsdottir es la Amazona diminutiva que encarna estos grandes
cambios.
Fue
ella la que me dio la respuesta a la pregunta que me había planteado
al llegar a Islandia esta vez. El cambio más grande de los últimos
años era que, efectivamente, los hombres sí estaban pensando más
como mujeres. “Tener un Gabinete con la mitad hombres y la mitad
mujeres, y ahora con más mujeres, ha marcado la diferencia”, me
explicó. “El centro de atención político cambia cuando hay más
mujeres en el Gobierno; quiero decir que hay una diferencia en lo que
se debate. Por eso en estos últimos tres años ha ocurrido algo
grande e importante, y en lo que no creo que haya posibilidad de dar
marcha atrás. Hemos cambiado la naturaleza de la discusión”.