07/09/2015 :: Mundo

Jonathan Latham es biólogo, botánico,
tiene maestría en genética vegetal y doctorado en virología. Acaba
de publicar un texto titulado Growing Doubt: a Scientist’s
Experience of GMOs (Dudas crecientes: la experiencia de un científico
con los organismos modificados genéticamente), donde expresa
importantes preocupaciones sobre los impactos de los transgénicos y
nuevas técnicas de modificación genética. Se basa para ello en su
experiencia como científico que desde la década de 1990 trabajó
haciendo plantas transgénicas, como parte de sus actividades
académicas.
Como joven científico, Latham no
estaba preocupado por los impactos en salud o ambiente de estas
plantas creadas en laboratorio, en parte porque su entusiasmo por la
ciencia y la investigación opacaban otros aspectos, en parte porque
no imaginaba entonces que con la fragilidad y nivel de incertidumbre
de tales técnicas, éstas llegarían a productos de consumo y al
ambiente.
Pero a las empresas de transgénicos –y
los científicos que lucran gracias a ellas– eso no les importó y
ahora varios cultivos y muchos alimentos con transgénicos se colaron
a nuestros campos y mesas, pese a que tengan efectos dañinos.
Después de haber analizado
cuidadosamente numerosas evaluaciones de riesgo de cultivos
transgénicos, Latham señala varios problemas. Uno de ellos es que
son las empresas que hacen su propia evaluación de riesgo –las
agencias gubernamentales solamente las revisan, en general
superficialmente. Las empresas, pese a que los datos de sus análisis
muestren daños o aunque los análisis sean intencionalmente de
pésima calidad, invariablemente informan que sus productos no tienen
ningún problema.
Hay varios casos –por ejemplo el maíz
Mon863 de Monsanto– en el que científicos independientes
accedieron al estudio completo de la empresa, comprobando no solo que
las conclusiones no eran coherentes con el propio estudio, sino que
habían sido maquilladas para desestimar los daños. Las agencias de
bioseguridad y de inocuidad alimentaria solamente leyeron las
conclusiones y dieron por buenas las recomendaciones de Monsanto. Eso
hizo también la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos
Sanitarios (Cofepris) en México, aunque el estudio en sí muestra
graves anomalías en órganos internos de ratas de laboratorio.
Otro ejemplo que expone Latham es que
la bacteria Bacillus thuringiensis, (usada para hacer cultivos
transgénicos insecticidas Bt) es virtualmente igual al Bacillus
anthrax origen del conocido tóxico Ántrax; y que la acción de
cultivos insecticidas Bt tienen similitudes estructurales con la del
ricino. Ricino y ántrax se han usado como potentes tóxicos contra
humanos. Además, agrega, no se conoce el modo de acción de las
proteínas Bt, lo cual imposibilita análisis serios de riesgos a la
salud, más grave aún porque las proteínas Cry (las del Bt) han
mostrado ser tóxicas para células humanas in vitro.
El aumento de agrotóxicos que
conllevan los transgénicos es un enorme problema para la salud y el
ambiente. El glifosato, el agrotóxico más usado con transgénicos,
fue declarado cancerígeno por la Organización Mundial de la Salud.
Latham explica que otro químico que se usa con los cultivos
transgénicos, el glufosinato, tiene un mecanismo de acción
(inhibidor de la enzima glutamina sintetasa) que es tóxico para
hierbas y también muchos organismos como hongos, bacterias y
animales. Es neurotóxico en mamíferos y no se degrada fácilmente
en el ambiente. Con los transgénicos manipulados para tolerar
glufosinato, éste permanece en los cultivos, lo ingerimos en
alimentos y no se puede detectar hasta meses después. Su acción es
tan amplia, dice Latham, que llamarlo herbicida es apenas un nombre.
Latham y Allison Wilson, otra
científica, revelaron que una secuencia viral usada como promotor en
casi todos los cultivos transgénicos (CaMV, virus del mosaico de la
coliflor); se asumió erróneamente como segura por 20 años, pero un
estudio comisionado en 2013 por EFSA (autoridad europea de seguridad
alimentaria) mostró que es capaz de alterar la expresión normal de
muchos otros genes en plantas, dejándolas indefensas ante las
enfermedades. La EFSA trató de ignorar el estudio, pero Latham y
Wilson lo sacaron a la luz.
El texto no sólo coloca a debate
problemas graves de los transgénicos, expone también que si
llegaron a los mercados y alimentación, es solamente por presión
comercial de las trasnacionales de transgénicos y la falta de ética
de los científicos involucrados. Los mismos actores que informan en
México al gobierno y jueces a favor de los transgénicos, ocultando
los problemas reales.
Justamente, ante esta falta de ética
científica, ante estos intentos de simplificación absurda de la
complejidad de la naturaleza y ante el descompromiso con las
necesidades, culturas e historia de la mayoría, se han ido formando
en el mundo asociaciones de científicos críticos que no aceptan
seguir siendo cómplices de la ciencia mercenaria que trabaja para
los intereses de lucro empresariales.
Ejemplos de ello son la UCCS en
México, y la recientemente formada Unión de Científicos
Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza en América Latina
(UCCSNAL), que se constituyó en Argentina, con científicos y
expertos de 10 países del continente. La UCCSNAL se posicionó por
la prohibición de los transgénicos, haciendo suyas en su
declaración constitutiva las palabras del difunto doctor Andrés
Carrasco (nombrado presidente honorario): Los transgénicos son una
tecnología basada en supuestos falaces y anacrónicos que reducen y
simplifican la lógica científica, al punto de ya no ser válida.
* Investigadora del Grupo ETC
La
Jornada