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Contaminación:
más infartos, ictus y tumores por la suciedad ambiental en las
grandes ciudades
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El tráfico
rodado y el humo de las industrias y del tabaco han generado cifras
de contaminación nunca vistas. En las últimas semanas se han
registrado niveles de hasta 60 microgramos por m3 de partículas
tóxicas. Éstas penetran en los alveolos y las arterias provocando
dolencias respiratorias y cardiovasculares.
3 Marzo 12 - -
A. Jiménez - madrid
Es una masa de
polvo con origen africano la que ha amenazado esta semana a la
Península. Una incómoda visita que no hace sino aumentar los ya de
por sí elevados niveles de contaminación atmosférica. Sin
embargo, es poco frecuente que aparezca en la estación invernal.
Suele hacerlo cuando el tiempo está despejado, hace sol y las
lluvias son escasas. Pero, curiosa y desgraciadamente, estas
características ambientales coinciden precisamente este año con la
estación que debería ser la más fría y lluviosa. Porque estamos
presenciando el invierno más seco desde que hay cifras al
respecto.
Si a eso se suma la contaminación del tráfico
rodado, el humo de las fábricas y del tabaco, se llega a cifras como
las alcanzadas estos meses en nuestro país. Se han registrado en las
últimas semanas niveles de hasta 60 microgramos por m3 de partículas
en comunidades como Madrid, Sevilla o Bilbao, cuando la normativa
europea no permite rebasar los 40 microgramos. «Los cambios en las
presiones hacen que los contaminantes permanezcan más tiempo en la
capa que respiramos», explica Ramón Fernández Álvarez,
coordinador del área de Enfermedades respiratorias y
Medioambientales de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía
Torácica (Separ).
Muertes
indirectas
La
«boina» de aire sucio que incrementa la polución es responsable,
aunque indirectamente, de más de 16.000 muertes prematuras al año
en España. Y todo porque las sustancias nocivas, como los óxidos de
nitrógeno (NO y NO2), ozono troposférico, óxidos de carbono (CO y
CO2), dióxido de azufre y partículas en suspensión, penetran y se
depositan en los alveolos y arterias. De esta forma producen efectos
tóxicos agudos que derivan sobre todo del carácter irritante y
oxidante de las sustancias atmosféricas, dando lugar a dolores de
cabeza, tos, irritación de los ojos y de las vías respiratorias
(que favorece la aparición de rinitis y bronquitis), inflamación
pulmonar, incluso infecciones pulmonares graves y daños
cardiovasculares.
Respecto a estos últimos, Gregory
Wellenius, investigador y profesor del Center for Environmental
Health and Technology de la Universidad de Brown (Estados Unidos),
explica a este semanario que «el riesgo de ataque al corazón puede
medirse por, al menos, tres mecanismos. Estudios previos demostraron
que los niveles más altos de partículas ambientales pueden afectar
el sistema nervioso, que es el responsable de la regulación del
ritmo cardiaco y de la tensión arterial».
Ictus
En
segundo lugar, estas partículas ambientales también han sido
vinculadas «a un aumento de la inflamación». El experto añade que
«por último, existen pruebas que sugieren que pueden afectar a la
capacidad de reacción de las arterias, esto es, pueden hacerse más
grandes o más pequeñas para regular la tensión arterial y el flujo
de sangre a las partes diferentes del cuerpo. Estos mecanismos,
individualmente o en combinación, pueden aumentar el riesgo de
infarto». En el último trabajo de Wellenius y su equipo, publicado
hace unas semanas en «Archives of Internal Medicine», acaban de
desvelar que la contaminación atmosférica, incluso a niveles
generalmente considerados seguros por las autoridades, también
incrementa el riesgo de accidente cerebrovascular en la nada
desdeñable cifra de un 34 por ciento.
Además,
descubrieron que el máximo peligro tras la exposición a los aires
nocivos se produce entre las 12 y las 14 horas antes de sufrir el
ataque. «Este periodo de tiempo que observamos entre el incremento
de los niveles de las particulas del aire y el aumento del riesgo de
ictus nunca se había estudiado antes. Es un resultado interesante,
porque sugiere que existe una respuesta fisiológica muy rápida»,
añade el investigador.
En el
trabajo en cuestión los expertos analizaron a más de 1.700
pacientes que acudieron al hospital por un accidente cerebrovascular.
Los científicos se centraron en las partículas denominadas PM2.5,
que proceden de centrales eléctricas, fábricas, camiones y
automóviles, entre otros, y que penetran con facilidad en los
pulmones.
Corazón
Respirar
aire tan impuro también puede asociarse a un riesgo mayor de sufrir
un ataque al corazón. El motivo, dicen los científicos, puede
hallarse la inflamación que provocan los ya mencionados
contaminantes (entre ozono, monóxido de carbono, dióxido de
nitrógeno, dióxido de azufre). Excepto el primero de ellos, un
ensayo internacional mostró un incremento de posibilidades de sufrir
daño cardiaco en aquellos expuestos a mayores concentraciones de
tóxicos durante apenas una semana antes de un ataque cardiaco. Así
lo reflejaron recientemente en el «Journal of American Medical
Association» (JAMA).
A un plazo mucho más largo, estas
sustancias pueden afectar a la mujer. Eso creen investigadores de la
Universidad de Buffalo (Estados Unidos) han demostrado que la
exposición a la contaminación del aire cuando una mujer da a luz a
su primer hijo, puede alterar su ADN, y en consecuencia, sufrir
cáncer de mama en la premenopausia.
La alteración genética
se debe a que se incrementan los niveles de una proteína, la
E-cadherina, y que juega un papel importante en el mantenimiento
estable de las células y de los tejidos.«Es el primer estudio que
examina la exposición a la contaminación del aire en los puntos
clave en la vida de una mujer», dijo la investigadora principal,
Katharine Dobson.
Asma
Y
estos problemas son para los más mayores. Pero, ¿qué ocurre con
los pequeños? Los lactantes «realizan 40 respiraciones
por minuto, frente a las 12 respiraciones de las personas adultas,
por tanto, el aire que movilizan respecto al tamaño de sus pulmones
es mucho mayor y proporcionalmente la contaminación también lo es»,
señala a este semanario el presidente de la Sociedad de Neumología
Pediátrica (SENP), Manuel Sánchez-Solis.
El experto señala
que «tienen más riesgo de sufrir asma y una disminución de la
función pulmonar». Sánchez-Solis aclara que «los sistemas
enzimáticos y de protección frente a las agresiones externas están
en pleno desarrollo, por lo que se encuentran más indefensos».
En
cuanto a la disminución de la función pulmonar, el presidente de la
SENP considera que «es un riesgo indiscutible de EPOC. Son
candidatos a sufrir esta enfermedad cuando sean adultos. Es algo que
sospechamos vehementemente».
Lo único relativamente «bueno»
es que los virus del invierno han aparecido tarde, por lo que «ha
habido menos ingresos por estos virus respiratorios; su epidemiología
depende de las condiciones atmosféricas».
Alérgicos
Enfermedades
que aparecen y otras que se agravan. Como les ocurre a los pacientes
alérgicos, que pueden ver dañados sus bronquios. A ello parece
contribuir en gran medida la emisión de las partículas
contaminantes que emiten los motores diésel, los cuales alteran la
estructura del polen y aumentan su capacidad de inducir una respuesta
alérgica en aquellas personas más susceptibles.
Francisco
Feo Brito, coordinador del Comité de Aerobiología de la Sociedad
Española de Alergología e Inmunología Clínica (Seaic) explica que
«el motor diésel puede llegar a emitir hasta 100 veces más
partículas que los motores de gasolina y otra la alta concentración
de polen de cupresáceas de los meses de enero y febrero».
Para
evitar en la medida de lo posible volvernos «grises», lo mejor es
«evitar estar mucho tiempo al aire libre en los días de alta
concentración de contaminantes, así como cerrar las ventanas y
evitar hacer ejercicio físico al aire libre».
Y
además... Engordan
Su
nombre suena aterrador: químicos disruptores endocrinos (EDCs, por
sus siglas en inglés). Son sustancias tóxicas que provocan una
acumulación de grasa presente en alimentos y productos de uso
corriente. Así lo explican desde El Centro de Investigación
Biomédica en Red-Fisiopatología de la Obesidad y la Nutrición, que
están trabajando sobre ellas. Muchos, dicen, son solubles en las
grasas y por ello se acumulan con facilidad.
Al grupo
pertenecen especialmente los pesticidas e insecticidas. Lo que hacen,
en concreto, es aumentar el riesgo de trastornos relacionados con la
diabetes, como el síndrome metabólico y la resistencia a la
insulina. Según explica Javier Salvador, del equipo del CIBERobn,
«la obesidad visceral promueve la liberación de ácidos grasos
libres que llegan al hígado y contribuyen a generar resistencia a la
insulina, lo que favorece la diabetes».
Al
nacer
Además, estos compuestos acumulados en la grasa se
transmiten a los hijos durante la gestación y después de la
lactancia. De hecho, un estudio realizado en hembras de roedor
embarazadas mostró, tras ser expuestas a estos tóxicos durante 19
días (duración del embarazo de este mamímefro), cómo
desarrollaron diabetes gestacional. Sus crías terminaron también
siendo diabéticas a los seis meses de nacer. Otros trabajos revelan
que los plásticos de policarbonato como el bisfenol A (utilizado en
los «tuppers») podrían también contribuir en la aparición de
diabetes al ser sometidos a altas temperaturas.