viernes, 16 de noviembre de 2018

Electrosensibilidad, medioambiente y política

Las multinacionales financian investigadores científicos y utilizan grupos de presión para mantener en el mercado sustancias o productos que tienen un impacto en la salud y en el medioambiente. Con el desarrollo surgen nuevas enfermedades, como la Sensibilidad Química Múltiple y la electrosensibilidad, que por su carácter ambiental son atacadas por las maquinarias de manipulación de las industrias. En un sistema perverso la democracia resulta secuestrada por el poder de los negocios.

Hay enfermedades paradigmáticas, no solo referidas a la persona que las padece, sino por lo que dicen de la sociedad en la que se producen. Siempre ha habido problemas de salud asociados a una época o lugar, bien sea el escorbuto —por las carencias alimentarias—, el tifus —por las condiciones higiénicas— o la histeria —consecuencia de una moral victoriana demasiado estricta—.

Los cambios en el modo de vida humano han ido desterrando algunas patologías y generando nuevos problemas de salud como la obesidad por los excesos alimentarios y el sedentarismo, o la miopía, consecuencia de la mejor educación y acceso a la cultura de cada vez mayores sectores de población. El “progreso”, de manera más reciente, ha propiciado el incremento de determinadas patologías como las autoinmunes, los trastornos de la conducta infantil o el cáncer, y la aparición de nuevas enfermedades como las sensibilidades ambientales. La Sensibilidad Química Múltiple y la electrosensibilidad son enfermedades modernas vinculadas a factores ambientales asociados al desarrollo. Especialmente la electrosensibilidad es un problema de salud emergente que va creciendo al ritmo que aumenta la contaminación electromagnética procedente de aparatos e infraestructuras eléctricas y sistemas de telecomunicaciones.

En primera instancia, las sensibilidades ambientales nos están hablando del problema ecológico que se está produciendo en el planeta, consecuencia de una industrialización que no está teniendo en cuenta los efectos del abuso de sustancias químicas y las prácticas de explotación intensiva.
Paralelamente al aumento de sustancias tóxicas presentes de manera cotidiana, estamos contemplando una pérdida de biodiversidad y espacios forestales a un ritmo que algunos catalogan de extinción masiva y que se clasifica dentro de la nueva era geológica del antropoceno, caracterizada por el biocidio que el ser humano está cometiendo en el planeta Tierra.
En el caso de la electrosensibilidad nos encontramos con un ejemplo de cómo determinados intereses económicos corporativos mienten y manipulan para hacer prevalecer productos que tienen un impacto en la salud y en el medioambiente
Sin embargo lo que nos dicen patologías como la electrosensibilidad excede el marco medioambiental y alcanza una dimensión social añadida. No cabe duda que el problema ecológico es una cuestión política, relacionado con una forma de capitalismo ultraliberal que prioriza la rentabilidad económica a corto plazo y se comporta como si el patrimonio natural fuese ilimitado e indestructible. Pero en el caso de la electrosensibilidad nos encontramos con un ejemplo de cómo determinados intereses económicos corporativos mienten y manipulan para hacer prevalecer productos que tienen un impacto en la salud y en el medioambiente. Como primer gran caso demostrado de engaño a la opinión pública en este sentido tenemos el ejemplo de la industria del tabaco, que durante décadas compró investigadores y “expertos” para decir que el riesgo no estaba demostrado, cuando ellos mismos sabían desde los años 50 que su producto era perjudicial para la salud. Una parte de estos hechos se supieron por filtraciones internas que dieron lugar a condenas millonarias a las empresas productoras de cigarrillos y que narran excelentemente libros como Mercaderes de la duda, Ciencia a sueldo y películas como El dilema.

Los ejemplos de campañas de desinformación para mantener en el mercado sustancias o productos dañinos para la salud o el medioambiente se suceden a lo largo de la historia reciente. El amianto, los eftalatos; y más cercanamente el glifosato, del que desde hace años hay investigaciones que demuestran que es perjudicial para la salud. Un revelador informe elaborado por el grupo ambientalista Global2000 desvelaba los vínculos económicos con Monsanto de los investigadores que habían publicado estudios que negaban la relación entre este herbicida y el cáncer. Las presiones de la multinacional agroquímica a la UE y otras administraciones han hecho que, a pesar de la evidencia científica y las denuncias ecologistas, el glifosato siga siendo ampliamente utilizado en todo el mundo.

Son diversos los ejemplos de la persecución que ha padecido la electrosensibilidad por ser un problema de salud que está poniendo en tela de juicio la seguridad desde un punto de vista de la salud de un negocio billonario como el de la telefonía móvil. Quizá el caso más representativo sea lo ocurrido en el CESE a principios de 2015. Durante el 2014 este organismo consultivo europeo decidió elaborar un dictamen sobre la electrosensibilidad del que se encargó como ponente el español Bernardo Hernández Bataller. Tras consultar tanto a la industria como a diversos expertos y asociaciones de afectados, Bataller elaboró una propuesta de dictamen en la que se planteaba que el derecho a las telecomunicaciones debía contrapesarse con los derechos de las personas afectadas por el síndrome de intolerancia a los campos electromagnéticos, que se encuentran vulnerados al tener dificultades para el acceso a servicios y necesidades que se consideran básicas y universales. En la propuesta de dictamen se pedía el reconocimiento de la electrosensibilidad como enfermedad de carácter ambiental y la asistencia a estas personas en muchos casos en situaciones de gran precariedad. La propuesta de dictamen se aprobó en la sección TEN a la que pertenecía Bataller, pero dos días antes de su votación en el pleno, otro miembro del CESE, Richard Adams, presentaba una propuesta alternativa de dictamen en la que se negaba la existencia de la electrosensibilidad y se afirmaba la seguridad de los campos electromagnéticos utilizados en las telecomunicaciones. La propuesta de dictamen elaborada por Bataller y aprobada en la sección TEN fue rechaza y en su lugar, con el apoyo principal del grupo de empresarios, aprobada la propuesta de dictamen alternativo presentada por Adams. El dictamen sobre electrosensibilidad presentado por Adams se apoyaba en un informe del SCENIRH y el punto de vista de la OMS de que no hay evidencia científica que demuestre efectos en la salud dentro de los niveles legales de emisión de campos electromagnéticos. Sin embargo tanto la comisión del SCENIRH como el grupo de campos electromagnéticos de la OMS han sido acusados de falta de preparación, conflictos de interés generalizados y excesiva cercanía con la industria de telecomunicaciones.

Durante el proceso de aprobación del dictamen sobre electrosensibilidad en el CESE pudo saberse que Richard Adams, a pesar de pertenecer a la sección de organizaciones ambientalistas, tenía vínculos con dos empresas de telecomunicaciones, lo que hizo que varias organizaciones europeas entre las que estaban La PECCEM y EQSDS de España presentasen una queja al CESE y posteriormente al defensor del pueblo europeo, el cual acabó dictaminando que se había producido mala administración por parte del CESE en el proceso del dictamen. Sin embargo, la solicitud de anulación y un proceso para la elaboración de un nuevo dictamen no fueron tenidos en cuenta y Richard Adams, a pesar de haber quedado patente que actuó en nombre de la industria aunque figuraba como ambientalista, fue renovado por su gobierno como miembro del CESE y asignado a nuevas funciones como consejero dentro del mismo.

Hoy día si quieres mentir con éxito lo tienes que hacer científicamente. Esto lo saben las empresas multinacionales, que no solo financian a investigadores, sino que ejercen su control en el campo de la divulgación científica. La industria química, la farmacéutica, la alimentaria y la de las telecomunicaciones tienen a su servicio a científicos, periodistas especializados y expertos sobre las distintas áreas de su interés. De este modo puedes encontrar artículos de corte científico en los cuales por un lado se denuncian prácticas como la publicidad engañosa pero por otro se te dirá que no hay que preocuparse por los aditivos alimentarios si están aprobados por la EFSA o por las sustancias tóxicas de la agricultura, ya que están reguladas por las administraciones sanitarias y demostrada su seguridad por investigaciones científicas. Sin embargo si te informas un poco sobre algunos de estos aditivos alimentarios o sobre sustancias de uso agrícola como los pesticidas encontrarás estudios y opiniones científicas que contrastarán con esa visión tranquilizadora. Desde conocidos medios que aluden a la palabra ciencia en su nombre se hace una feroz crítica a las terapias alternativas, calificándolas de pseudocientíficas, sin embargo nada se dirá acerca de las dudas respecto de la efectividad de los tratamientos o de los efectos secundarios que hacen que las intervenciones médicas sean una de las principales causas de muerte en los países occidentales. Hay grupos organizados que auspiciados por algunos de estos periodistas y expertos, mal denominadas escépticos o por el pensamiento crítico, en nombre de la ciencia y en contra de la superstición y las “magufadas”, se dedican a expandir un estado de opinión favorable a los intereses comerciales de estas grandes empresas.

La electrosensibilidad, como dolencia que directamente señala una situación de falta de seguridad de la población frente a un elemento —los campos electromagnéticos— utilizado en las telecomunicaciones, ha recibido el ataque por parte de la maquinaria de manipulación de la industria. La primera consigna es que no se hable de ello, algunos grandes medios de comunicación tienen bien presente que no deben contrariar a sus anunciantes de telefonía y mucho menos a los accionistas que forman parte de conglomerados en los que están estos negocios. La segunda consigna es que la electrosensibilidad no es real, si se habla de ella es para decir que se trata de un problema psicológico ”causado por el miedo” y no un trastorno consecuencia de la exposición electromagnética. Este “punto de vista” se apoya en algunos estudios de provocación en los cuales las personas electrosensibles no han sido capaces de detectar cuando una fuente electromagnética estaba encendida o apagada. La principal referencia citada por los defensores de la industria para negar la electrosensibilidad es un psicólogo inglés, financiado por las compañías de telefonía, llamado James Rubin. Poco importa que sus estudios de provocación no cumplan con unas mínimas condiciones experimentales y que sus revisiones estén sesgadas en la muestra y en las conclusiones, que algunos de sus estudios sean claramente tramposos en su afán por desprestigiar a la electrosensibilidad; James Rubin ha sido elevado a la categoría de autoridad y que la electrosensibilidad no es real se ha convertido en un mensaje repetido por estos periodistas y divulgadores al servicio de la industria y difundido desde estas organizaciones supuestamentamente defensoras del pensamiento científico.

El que gracias a la labor de científicos a sueldo y del trabajo de los lobbies elementos o sustancias perjudiciales para la salud y el medioambiente sean utilizados de manera perfectamente legal y sin conciencia de la población acerca de sus riesgos, no es nuevo. Sin embargo, el hecho de que estos elementos —los campos electromagnéticos— produzcan una enfermedad y que se realicen esfuerzos por negar esta patología sí que convierten a la electrosensibilidad en una pequeña parábola de nuestro tiempo. La situación es que en nombre de la ciencia y a veces desde un punto de vista aparentemente crítico la opinión pública está siendo aleccionada según los intereses de la industria. Vivimos en una sociedad en teoría democrática y de libre información, sin embargo con un sistema capitalista pervertido lo que en realidad tenemos es una prensa y una democracia al servicio de las corporaciones.

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