Basf, última
compañía que desplaza la investigación a América
JUAN
GÓMEZ /
RAFAEL
MÉNDEZ Berlin
/ Madrid 18
ENE 2012 – 00:01 CET
Un
agricultor examina el maiz transgénico que cultiva. / NORBERTO
DUARTE
Europa
no es continente para transgénicos. El rechazo social y político en
muchos países ha dejado a la UE muy atrasada en este terreno. Y el
anuncio de que la multinacional alemana BASF
trasladará
a EE UU y a América del Sur la mayor parte de sus investigaciones
sobre transgénicos es el último síntoma de la victoria de
ecologistas y grupos de consumidores en esta dura pugna. De las
grandes del sector, solo Bayer mantiene centros de investigación en
Europa.
El gigante químico alemán BASF
justifica su decisión en la baja demanda de estos productos en
Europa. Según la portavoz Julia Meder, la multinacional proseguirá
sus investigaciones genéticas en el continente americano. BASF
cierra sus tres laboratorios genéticos con la consiguiente reducción
de plantilla y traslada su sede central de biotecnología de
Limburgerhof (Renania) a Raleigh (Carolina del Norte).
Los productos modificados genéticamente
“no encuentran suficiente aceptación en Europa” para justificar
las inversiones. Solo España, dice, “es aparentemente excepción”.
Pero en conjunto “el mercado europeo es demasiado reticente” para
que sea rentable.
La empresa ha invertido 1.000 millones
en I+D en los últimos 15 años
En
2004 la suiza Syngenta
tomó
una decisión similar. Como
Monsanto,
Dow
y
Dupont
no
mantienen centros de investigación en Europa, eso implica que de las
grandes firmas del sector solo
Bayer
mantiene
centros en la UE.
Carel
du Marchie Sarvaas, director de Biotecnología de
Europa
Bio,
asociación empresarial del sector, considera que la situación es
desastrosa. “Hablamos de puestos de trabajo para doctorados, bien
remunerados, y las empresas europeas se las llevan a EE UU. Es la
típica cosa que debería hacer reflexionar a la gente”. BASF no
ofrece cifras sobre las inversiones canceladas, pero asegura que ha
investigado por valor de más de 1.000 millones de euros en los
últimos 15 años.
Las
dificultades de implantación en Europa no se deben tanto a
restricciones legales para la investigación y el cultivo como al
rechazo del consumidor. Un eurobarómetro de 2010, con 16.000
encuestas constató un incremento de rechazo a los transgénicos:
había subido del 57% de 2005 hasta el 61%. Mientras, el apoyo bajó
del 27% al 23% (en España del 66% en 1996 al 35%). “Al contrario
que la industria y los científicos, los europeos consideran que los
organismos genéticamente modificados no ofrecen beneficios y son
inseguros”, concluyó.
Eso, pese a que en las casi dos décadas de
uso de transgénicos hasta la Organización
Mundial de la Salud Entonces
solo seis países cultivaban transgénicos: España (líder en maíz
resistente a la plaga del taladro), la República Checa, Portugal,
Rumania, Polonia y Eslovaquia. En Europa había solo unas 100.000
hectáreas, comparadas con 134 millones en el mundo.
De las cinco grandes firmas solo Bayer
tiene innovación en el continente
La situación es tal que Francia,
Alemania, Hungría, Grecia, Austria, Luxemburgo y Bulgaria han
prohibido el maíz cultivado en España. Y hay otros como Austria que
votan sistemáticamente contra la opinión de la Agencia Europea de
Seguridad Alimentaria. En EE UU y en los países en desarrollo, en
cambio, hay mucho menos debate. Carlos Vicente, director de
Biotecnología de Monsanto para España, afirma que el parón europeo
no afectará al desarrollo mundial: “Países muy importantes en la
producción de materias primas agrícolas, como Canadá, EE UU,
Brasil, Argentina, China o India, por ejemplo, siguen avanzando en el
desarrollo de la biotecnología agrícola”.
BASF logró en 2010 la licencia de
cultivo de una patata transgénica. Está genéticamente modificada
(la firma la llama “mejorada”) para que contenga más almidón de
uso industrial que una patata normal. Eso generó una ola de
protestas en Alemania.
La
patata
Amflora
ha
llegado a cultivarse legalmente en un estado oriental del país. El
Gobierno regional ordenó su confiscación cuando se supo que en
Suecia se habían cultivado entre las Amflora otros tipos de patatas
modificadas que carecían de licencia. BASF no comercializa
directamente productos agrícolas, sino que colabora con empresas
como Monsanto o Bayer. Con ellos desarrolla las semillas modificadas,
que llegan al mercado a través de estos socios.
La retirada del gigante químico ha
generado un gran debate político en Alemania
La
retirada de BASF del continente generó ayer un debate político en
Alemania. Los liberales del DFDP lamentaron la “pérdida para el
desarrollo científico”. La política “no ha sabido atajar una
corriente de pensamiento anticientífica y ajena a la realidad”,
dijeron. Parlamentarios de Los Verdes, en cambio,
aseguraron que la
decisión de BASF se debió meramente al “fiasco comercial” de
sus productos agrícolas.
Los
ecologistas celebraron el anuncio como un triunfo: “La decisión de
BASF es un aviso para firmas como Monsanto, Syngenta o Bayer, que
siguen presionando para introducir cultivos transgénicos en Europa.
El ejemplo de BASF muestra que forzar la voluntad de los consumidores
y de la gran mayoría de agricultores, ni siquiera es rentable
económicamente”, manifestó en un comunicado Amigos
de la Tierra.
El
profesor de Investigación del CSIC Pere Puigdomènech opina que la
retirada de BASF “se puede ver como una victoria ecologista o como
una pérdida para Europa, porque la biotecnología aplicada a la
alimentación no se va a frenar. Brasil, por ejemplo, ha hecho una
judía transgénica y EE UU debate ahora la aprobación de la
alfalfa”. Puigdomenech destaca otro aspecto, que al perder la
investigación, la UE también pierde el control: “Se importan
millones de toneladas de grano transgénico pero no podremos
controlar si lo producen otros
y no tenemos la tecnología”.
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