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viernes, 15 de agosto de 2025

Detectan vínculo entre sustancias tóxicas en alimentos y enfermedades como el cáncer y el Alzheimer


Publicado el 14 de agosto de 2025

Según un informe, los efectos de los químicos tóxicos se subestiman y su impacto en el cáncer podría igualar al del consumo de cigarrillos

Las sustancias químicas tóxicas presentes en el aire, los alimentos y el agua están fuertemente vinculadas a una gran cantidad de problemas ambientales y graves afecciones de salud, entre ellas el cáncer, la obesidad, la demencia, la infertilidad y el TDAH.

A través de un nuevo informe, un grupo de investigadores describe la toxicidad como “la amenaza más subestimada a la que se enfrenta la humanidad” y advierte que “la contaminación del cuerpo humano es endémica”.

Según el documento, los riesgos para la salud humana y del planeta están “ampliamente subestimados” y el impacto del uso de plaguicidas en las tasas de cáncer podría ser comparable al del tabaquismo.

En el estudio también se detectó más de 3.600 sustancias químicas sintéticas en el cuerpo humano, provenientes de materiales que están en contacto con los alimentos, como envases y pesticidas. Al menos 80 de estas sustancias se consideran especialmente peligrosas para la salud.

Sustancias químicas conocidas como PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas) fueron detectadas en casi todas las personas analizadas. En Europa, el 14  % de los adolescentes presentaron niveles en sangre lo suficientemente altos como para representar un riesgo grave para la salud.

Entre los hallazgos más alarmantes del estudio está la relación entre el uso de pesticidas y enfermedades como la leucemia, el linfoma no Hodgkin y los cánceres de vejiga, colon e hígado. Incluso se sugiere que la exposición prenatal a pesticidas podría aumentar en más del 50 % el riesgo de que los niños desarrollen leucemia o linfoma.

En el informe también se reunió evidencia que muestra que los químicos sintéticos a los que están expuestas las personas han contribuido al descenso global en la cantidad de espermatozoides. Por ejemplo, se ha encontrado que los hombres con altos niveles de ciertas sustancias PFAS presentan menos de la mitad del conteo normal de esperma en comparación con quienes tienen niveles bajos.

En un contexto de aumento en las tasas de cáncer, caída de la fertilidad y alza de enfermedades crónicas, el equipo detrás del informe advierte que el enfoque internacional actual para gestionar los químicos sintéticos es “inadecuado” y “mal entendido”. Por ello, piden una acción más coordinada a nivel global y una mejor estandarización para proteger tanto a las personas como al planeta.

El informe, titulado ‘El tsunami invisible’, fue elaborado por el equipo científico de Deep Science Ventures en colaboración con la Grantham Foundation for the Protection of the Environment. Surgió tras una investigación de ocho meses que incluyó el análisis de estudios científicos revisados por pares, además de entrevistas con investigadores, líderes de organizaciones sin fines de lucro, emprendedores e inversionistas.

Según los investigadores, la economía industrial ha generado más de 100 millones de sustancias químicas nuevas, y actualmente unas 350,000 se utilizan de forma comercial. Desde la década de 1950, su producción se ha incrementado 50 veces. Advierten que la exposición a químicos tóxicos, a través del aire, el agua y los alimentos, tiene su origen en compuestos derivados de combustibles fósiles, como el petróleo y el gas natural, que son la base de muchos productos industriales.

El equipo advirtió que la producción de sustancias químicas persistentes, un grupo de compuestos tóxicos que permanecen en el ambiente durante largos períodos, ha crecido tanto que ya se sobrepasó un “límite seguro para el planeta”. Como ejemplo, señalaron que las PFAS han “contaminado todo el planeta”: se han detectado niveles en el agua de lluvia que superan los límites seguros para el consumo humano y estas sustancias están presentes en la sangre de casi toda la población mundial.

La contaminación no persistente también está presente en casi todas partes. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 99 % de la población mundial respira aire con niveles de contaminación que superan los límites recomendados.

El equipo señaló que el informe presenta vínculos “fuertes”, tanto causales como correlativos, entre la exposición a sustancias tóxicas y una amplia variedad de problemas graves de salud humana, como cáncer, obesidad, Alzheimer, complicaciones en el embarazo, TDAH, infertilidad, enfermedades cardíacas y respiratorias.

Más allá del impacto en la salud humana, advirtieron que los químicos tóxicos también están causando daños “visibles y generalizados” en los ecosistemas, afectando la biodiversidad y el equilibrio natural de medio ambiente.

“En esta investigación, que recopila trabajos revisados por pares, se demuestra que la humanidad está enfrentando una exposición química masiva, y ampliamente subestimada, a través de los alimentos, el aire y el agua”, señaló Adam Tomassi-Russell, director de Clima en Deep Science Ventures.

“El problema es de gran escala y la evidencia muestra que necesitamos un cambio profundo en cómo entendemos, financiamos e innovamos para enfrentar esta crisis”, advierten en el informe.

Fuente: https://kaosenlared.net/detectan-vinculo-entre-sustancias-toxicas-en-alimentos-y-enfermedades-como-el-cancer-y-el-alzheimer/

martes, 20 de junio de 2017

Venenos silenciosos

Belleza tóxica desde el aire. Las imágenes que ilustran este reportaje pertenecen a los proyectos Side Effects y Toxic Beauty, del polaco Kacper Kowalski, sobre la compleja relación del ser humano con la naturaleza. Se trata de fotografías tomadas desde el aire en vuelos en parapente a unos 150 metros de altura en distintas regiones de Polonia. En esta foto, una planta de producción de sal. / KACPER KOWALSKI  

José Luis Barbería 10 de Junio de 2017


Cáncer, infertilidad, diabetes, superbacterias resistentes a los antibióticos… Son las nuevas plagas de la contaminación global, vinculadas a la exposición creciente a compuestos químicos relacionados con nuestro estilo de vida.

LA LECHUGA que usted se sirve a la mesa puede muy bien haber sido regada con amoxicilina o ibuprofeno, sobre todo si el suministrador irriga su huerta con aguas residuales; el pescado que consume puede contener metales pesados, particularmente si se trata de un pez grande, depredador; y el filete de carne quizá proceda de un animal tratado con fármacos o alimentado con piensos basura.

El químico estadounidense Thomas Midgley, inventor de los compuestos clorofluorocarbonos (CFC), falleció en 1944 con la satisfacción de haber hecho un gran servicio a la humanidad. Los CFC, utilizados como refrigeradores en el aire acondicionado de los vehículos, la industria y las neveras domésticas, estaban desempeñando un papel importante en la conservación de los alimentos y, por lo tanto, en la lucha contra el hambre en el mundo. Años después, se evidenció que los CFC eran los principales causantes de la destrucción de la capa de ozono.

El suizo Paul Hermann Müller, premio Nobel de Medicina en 1948 por su descubrimiento del compuesto organoclorado DDT (difenil tricloroetano), tuvo peor suerte. Murió en 1965, tres años después de que el libro La primavera silenciosa, de la bióloga marina Rachel Carson, pusiera de manifiesto que su popular insecticida, tan eficaz en la lucha contra la malaria y la fiebre amarilla, había contaminado hasta al último habitante y rincón del planeta, además de extinguir a especies de fauna y flora. Pese a que fue prohibido en los años setenta, la humanidad y los animales al completo seguimos todavía portando cantidades residuales de ese compuesto. El DDT está hoy presente en las placentas, los cordones umbilicales y la leche con que las madres actuales amamantan a los bebés. Además de DDT, nuestros niños presentan muchas otras sustancias de síntesis en orina y sangre. 

Una acería. KACPER KOWALSKI  
“¿Es posible hacer un uso sostenible de los productos químicos que mejoran nuestra calidad de vida y, al mismo tiempo, disfrutar de un planeta no contaminado? ¿Podemos seguir vertiendo al medio ambiente todo aquello que nos sobra como si el planeta fuera un sumidero sin fin?”, se pregunta Félix Hernández, catedrático de Química Analítica de la Universidad Jaume I de Castellón. Son interrogantes que llevan tiempo revoloteando sobre la comunidad científica, pero es ahora cuando adquieren un tono de alarma. Las nuevas técnicas de análisis, capaces de detectar concentraciones de sustancias químicas que antes pasaban inadvertidas, han puesto al descubierto un universo contaminante nuevo, inherente a nuestro estilo de vida, que surge del uso intensivo de fármacos y drogas, de detergentes, productos de limpieza, higiene y cosmética, así como de aditivos de gasolina, del consumo de alimentos enlatados y envasados y de los innumerables compuestos plásticos sintetizados por la industria química. Es una toxicidad, por lo general, de poca intensidad, pero silenciosa, múltiple, permanente y global, que se propaga por el aire, los alimentos, la ropa o el agua.

El planeta viene a ser un circuito cerrado de tráfico acumulativo de sustancias sintéticas no biodegradables que transitan por las cadenas alimentarias. A falta de un consenso científico sobre las dosis de concentración peligrosas para la salud humana y el medio ambiente, estos contaminantes, denominados emergentes, continúan contando con el visto bueno administrativo, aunque cada vez están más sujetos a investigación. Los científicos punteros en el fenómeno advierten que nuestra exposición creciente y masiva a estos compuestos está contribuyendo de manera significativa al aumento de los cánceres, la caída de la fertilidad y el incremento de la diabetes, además de a la aparición de superbacterias resistentes a los antibióticos.
PESE A SU PROHIBICIÓN EN LOS AÑOS SETENTA, EL DDT SIGUE PRESENTE HOY EN LAS PLACENTAS, LOS CORDONES UMBILICALES Y LA LECHE MATERNA

“La situación es muy seria. Estamos expuestos a sustancias capaces de alterar nuestro sistema hormonal y causarnos problemas de salud de efectos irreversibles. Las investigaciones están haciendo temblar las bases de la toxicología reguladora, y aunque los lobbies industriales se están movilizando con el mensaje de que no pasa nada, hay una brecha entre la ciencia clínica y las reglamentaciones”, afirma Nicolás Olea, reputado especialista en los contaminantes emergentes que actúan como “disruptores endocrinos”, compuestos químicos que interfieren en el sistema hormonal humano y animal y alteran nuestro crecimiento y reproducción. Miembro de los comités de expertos de Dinamarca y Francia, es el científico más veces citado por sus pares en esta materia (12.800). Y la Unión Europea acaba de encargarle un proyecto presupuestado en 75 millones de euros para que investigue la exposición comunitaria a estos contaminantes.

Los experimentos realizados con peces, moluscos y gasterópodos permiten a los investigadores atribuir a los disruptores endocrinos fenómenos de feminización, hermafroditismo y masculinización, malformaciones en recién nacidos, el desarrollo de cánceres de dependencia hormonal —mama, próstata, ovarios—, el aumento de la infertilidad y el crecimiento de tejido endometrial fuera del útero (endometriosis). Otro ejemplo: la pérdida de cantidad y calidad del semen es un hecho. Se sabe que el conteo espermático cayó casi al 50% durante el periodo 1940-1990.

“La salud de nuestro planeta y la nuestra propia están amenazadas”, advierte Miren López de Alda, especialista del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) en diagnóstico ambiental y estudios del agua. “Durante décadas, hemos vertido al medio ambiente toneladas de sustancias biológicamente activas, sintetizadas para su uso en la agricultura, la industria, la medicina, etcétera. Como consecuencia de su uso intensivo, sobre todo, en granjas y piscifactorías, algunos antibióticos se han hecho ineficaces”.
Un agricultor esparciendo fertilizante en el campo. KACPER KOWALSKI  
Muchos fármacos y pesticidas —ambos se utilizan en cantidades similares— persisten durante décadas en el medio ambiente acuático, a veces modificados y sujetos a transformaciones químicas incontroladas. “Antiguamente se creía que todo dependía de la dosis”, explica Miquel Porta, catedrático de Salud Pública en la Universidad Autónoma de Barcelona e investigador del IMIM (Instituto Hospital del Mar de Investigaciones Médicas). “El veneno es la dosis’, dejó escrito el alquimista y médico Paracelso hace 500 años. Pero hoy sabemos que los contaminantes pueden ser también dañinos a concentraciones bajas”.

“Una parte preocupante de los trastornos y enfermedades crónicas o degenerativas, como las cardiovasculares, ciertos cánceres, la infertilidad, la diabetes, el párkinson o alzhéimer, se debe a las mezclas de contaminantes químicos artificiales”, asegura Porta. “Los llevamos en nuestro cuerpo porque estamos expuestos a ellos de forma continuada y muchos se nos acumulan. La principal vía de penetración en el cuerpo son los alimentos y sus envases, el aire y el agua, la ropa que contiene sustancias plastificadas, los productos de limpieza de la casa y de higiene personal, cosméticos, juguetes… Estos contaminantes perturban nuestra fisiología, incrementan las alteraciones genéticas y epigenéticas: lesionan nuestro ADN y dañan nuestro sistema nervioso”.
DE LOS 140.000 PRODUCTOS QUE SINTETIZA LA INDUSTRIA QUÍMICA, SOLO SE HAN ANALIZADO 1.600 PARA VER SI SON TÓXICOS O CANCERÍGENOS

En apoyo de esta tesis, el investigador barcelonés aduce un largo listado de estudios que demuestran la presencia de contaminantes en la sangre de las embarazadas, adolescentes y niños de distintas ciudades españolas. “Hace 25 años pensaba que las conclusiones de Nicolás Olea eran algo alarmistas, pero ahora creo que se quedaba corto”, prosigue Porta. “La situación es mucho peor de lo que parecía. A los viejos contaminantes persistentes que entraron en la cadena alimentaria humana y animal décadas atrás, antes de ser prohibidos, se están uniendo los 140.000 productos sintetizados por la industria química. Solo unos 1.600, el 1,1%, han sido analizados para determinar si son cancerígenos, tóxicos para la reproducción o disruptores endocrinos, así que nos quedan por analizar los 138.400 restantes”. Todos los años salen al mercado entre 500 y 1.000 nuevos productos. Solo el comercio mundial de automóviles supera al de las sustancias químicas.

“No tenemos una imagen completa de todos los componentes industriales sintetizados en el mercado de la UE”, admite Hanna-Kaisa Torkkeli, portavoz de la Agencia Europea de Productos Químicos (ECHA), con sede en Helsinki. “Nuestro reglamento comunitario REACH es pionero en exigir a las industrias que aporten datos que cumplan con los requisitos legales, pero la calidad de la información que nos suministran dificulta a menudo que podamos hacernos un juicio global sobre la peligrosidad del producto en cuestión. Las autoridades regulatorias analizan cientos de sustancias, al tiempo que insistimos a las empresas para que nos ofrezcan datos más fiables”. De los 553 compuestos evaluados como potenciales disruptores endocrinos, 194 han sido incluidos en la categoría “clara evidencia de perturbación endocrina” y 125 en la de “posibilidad de perturbación endocrina”.

La ECHA tiene abierto un plazo que finaliza el 31 de mayo de 2018 para que las industrias registren las sustancias químicas que fabrican o importan en cantidad superior a una tonelada. “Más de 11.000 empresas lo han hecho hasta ahora”, afirma Hanna-Kaisa Torkkeli. “Nuestra base de datos reúne información de más de 120.000 productos químicos. De las 173 sustancias consideradas de gran peligrosidad potencial, 31 han sido incluidas en el listado de las que únicamente pueden ser comercializadas con una autorización específica. El control efectivo es mucho mayor que hace 10 años”.
Vista desde el aire del techo de un depósito de combustible. KACPER KOWALSKI
“Nosotros aplicamos el reglamento REACH y somos un sector superregulado”, manifiesta María Eugenia Anta, directora de Tutela de Producto de la patronal química Feique. “Aunque no podemos evitar que la gente se tire a un río contaminado. Este es un tema complejo. Hay miles de sustancias, incluidos el café y la soja, que pueden interactuar en el terreno endocrino. Nosotros hacemos nuestros propios estudios y réplicas de las investigaciones y creemos que un producto puede tener efectos sobre los animales, pero no sobre las personas”.

La industria química española viene de experimentar una década prodigiosa con un aumento espectacular de las exportaciones y unos ingresos superiores a los 60.000 millones de euros anuales. Da empleo a 191.000 personas y supone el 12,4% del PIB. “Innovando para un futuro sostenible. La química como solución inteligente para el futuro de las personas”, es el lema que preside la asociación patronal.

“El poder de producción e innovación de la industria química farmacéutica y alimentaria es muy superior a la capacidad de control de las Administraciones”, declara Jesús Ibarluzea, biólogo de la sanidad vasca. “Ahora sabemos que no todo lo que viene con el marchamo de progreso es para bien. Antes, considerábamos que el tejido adiposo era neutro, pero ahora vemos que muchas sustancias se acumulan en él, son obesogénicas. También comprobamos que los niños más expuestos a los compuestos organoclorados (plaguicidas y PCB) tienen menor desarrollo físico y neurológico; que hay compuestos organobromados en plásticos y espumas; que los bisfenoles están presentes en la capa interior blanca de las latas de conservas y en diversas resinas; y que el teflón, el compuesto perfluorado que forma la capa antiadherente de las sartenes, termina en nuestro estómago. A este largo listado hay que añadir otro montón de sustancias que se encuentran en los productos de limpieza, cosmética o protección solar, algunos con propiedades de disruptores endocrinos, pero, en general, poco conocidos en sus efectos sobre la salud”.
LOS NIÑOS DE VALENCIA TIENEN MÁS MERCURIO PORQUE CONSUMEN MÁS PESCADO. CADA REGIÓN, CADA PAÍS, TIENE SU HUELLA TÓXICA

“Sabemos que los microplásticos utilizados en la fabricación de bolsas, contenedores de bebida y comida, envoltorios y juguetes pueden durar hasta 100 años en el mar, ser ingeridos por peces mesopelágicos (que navegan entre la superficie y los 200 metros de profundidad) y pasar a formar parte de nuestra cadena alimentaria. Es lo que yo llamo la “contaminación interior”, abunda Miquel Porta. Al igual que la OMS (Organización Mundial de la Salud), las agencias europeas reconocen que, efectivamente, algunas de las sustancias sintetizadas pueden causar infertilidad, diabetes y cáncer. Admiten igualmente que el cuerpo humano no es capaz de metabolizar compuestos plásticos y otras sustancias utilizadas por la industria.

José Luis Rodríguez Gil, investigador especializado en ciencias ambientales y miembro de la Sociedad de Toxicología y Química Ambiental (SETAC), relativiza el peligro de los componentes sintéticos y pone en valor los beneficios en la pelea contra el cáncer que proporciona haber reducido el uso de estufas y chimeneas. Juzga irrelevante que las sustancias contaminantes sean sintéticas o de origen natural y defiende que el cuerpo humano puede metabolizar o almacenar ambas igual e indistintamente. “La función principal del hígado es deshacerse de esos compuestos”, apunta. A la espera de nuevas pruebas, se inclina por atribuir a los cambios en el estilo de vida las tasas de incidencia de enfermedades que detectan los estudios epidemiológicos. Admite, eso sí, como “áreas de incertidumbre” y fuentes de “alarma”, la exposición a los antibióticos, a los disruptores endocrinos y a las mezclas de sustancias, pero indica: “Hasta hoy no tenemos la certeza al 100% de que exista un problema generalizado y, de haberlo, cuáles serían los compuestos responsables”.

La suya es una posición discutida. “El hombre ha estado siempre expuesto a mezclas complejas de compuestos químicos, pero el número y variedad de ellos, en su mayoría sintéticos, han aumentado de forma exponencial en las últimas décadas y en un periodo de tiempo corto que hace difícil que la naturaleza pueda adaptarse”, subraya Miren López de Alda. “No es cierto que los actuales niveles sanguíneos de tóxicos hayan existido siempre”, asevera Miquel Porta. “Comparar la toxicidad actual con la que generaban el carbón de cocina, etcétera, es un despropósito semejante al de equiparar la contaminación de nuestros días con la producida por las erupciones volcánicas y los grandes incendios de la antigüedad. Lo que tenemos ahora en el cuerpo es miles de veces superior”.

Un obstáculo mayor a la hora de asentar la certidumbre científica en los foros de la industria, las Administraciones y la política es la dificultad de establecer con exactitud qué cantidades de las sustancias disruptivas representan un peligro objetivo para el ser humano. Se sabe que en los momentos críticos de la gestación y la primera infancia una pequeña dosis puede ser muy dañina. “El bebé que mama leche contaminada no va a caer fulminado en el acto, desde luego, pero puede tener un problema de fertilidad décadas más tarde”, apunta Nicolás Olea. Si asociar causa (contaminación) y efecto (enfermedad) en el plano individual resulta difícil, lo es mucho más evaluar con precisión las consecuencias de la exposición múltiple ambiental, el denominado “efecto cóctel”. “Somos más complejos que los peces y a nosotros enfermar nos lleva su tiempo, pero la exposición continuada a bajas dosis y sus efectos están ahí”, subraya Olea.
 Zona de almacén de materiales y carga en el puerto de Gdynia (Polonia). KACPER KOWALSKI  
Además de DDT, el científico de Granada ha encontrado otro disruptor endocrino, el tetrabromo bisfenol A (un eficaz retardador de la llama utilizado en el textil que evita que los objetos ardan), en la totalidad de las placentas y la sangre de bebé analizadas. “El cáncer de mama en Granada aumenta anualmente el 2,8% y ese incremento no es solo atribuible al hecho de que las mujeres tienen ahora hijos más tarde —dar de mamar previene contra ese cáncer—, sino también a la contaminación ambiental”, asegura. “Es esa contaminación, que en algunas personas supera el centenar de compuestos químicos en sangre, la que explica que los niños españoles meen plásticos, cosméticos, metales pesados… Los de Valencia tienen más mercurio de la cuenta, y es porque consumen más pescado. Cada región, cada país, tiene su propia huella tóxica, pero el fenómeno es general. Cabe muy poco consuelo cuando te dicen que los niños alemanes tienen incluso valores superiores a los nuestros”.

La constatación de que las madres transfieren parte de su contaminación a los bebés que amamantan ha llevado incluso a cuestionar la conveniencia de la lactancia, aunque los especialistas se pronuncian a favor de mantenerla por los grandes beneficios de la leche materna. “Todos los esfuerzos de la industria y de las Administraciones van encaminados al diagnóstico y al tratamiento individualizado, cuando lo que tenemos es un problema ambiental que deberíamos encauzar por la vía de la prevención”, asevera Olea. “Es absurdo combatir la infertilidad derivada de la técnica con más técnica y multiplicando las clínicas de fertilización privadas. Alguien debería ver esto con perspectiva”.
LOS EXPERTOS PIDEN QUE SE INSTALEN FILTROS EN LAS DEPURADORAS PARA IMPEDIR QUE LOS NUEVOS TÓXICOS SINTÉTICOS PASEN AL CICLO DEL AGUA

¿Qué hacer? Dar marcha atrás en los hábitos de consumo parece una quimera. ¿Acaso podemos prescindir de los plastificantes y del resto de policarbonatos que se nos han hecho indispensables y sustentan parte de la economía? ¿Habría que prohibir la píldora anticonceptiva y el tratamiento contra la menopausia, dos de los estrógenos sintéticos que más disforia de género producen? La retirada del mercado del Vioxx, el antiinflamatorio cardiotóxico, solo se produjo en septiembre de 2004 después de largos meses de debate y cuando el número de sus víctimas se contaban por miles. Hubo que esperar a junio de 2011 para que la UE prohibiera los biberones de plasma de policarbonato de toda la vida. A propósito de las actuaciones de la multinacional Monsanto, acusada de amañar mediante sobornos informes falsamente científicos favorables a sus intereses, la Corte Penal Internacional ha propuesto incorporar el delito de ecocidio para quienes “causen daños sustanciales y duraderos a la diversidad biológica y a los ecosistemas y afecten a la vida y salud de las poblaciones humanas”.

Parece obligado que determinados fármacos —el amidotrizoato y el iopamidol (utilizados como medio de contraste en rayos X), la carbamazepina (de uso en el tratamiento de la epilepsia), el diclofenaco (analgésico) y el clotrimazol (antimicótico)— pasen a ser considerados sustancias prioritarias peligrosas por su ecotoxicidad en el medio ambiente. Pero, más allá de las prohibiciones puntuales, lo que se propone son medidas preventivas. La más reclamada por los especialistas medioambientales, aunque costosa, es la instalación de filtros de tratamiento modernos en las estaciones depuradoras de aguas residuales para impedir que los nuevos tóxicos sintéticos pasen al ciclo del agua.

“No es cierto que no pueda hacerse nada”, opina Miquel Porta. “Se puede mejorar la eficacia de las agencias de salud públicas; apoyar a los agricultores, ganaderos y empresarios para que hagan mejor su trabajo; se puede mentalizar a la población para que no caliente en el microondas alimentos dentro de tuppers o envases de plástico y para que recicle mejor y no vierta fármacos ni productos tóxicos por los desagües”. Si, como sostienen los científicos, los detergentes, fármacos y cosméticos participan activamente en la contaminación general, haríamos bien en autolimitarnos en su uso. Hoy por hoy, vivimos instalados en la paradoja de que cuanto más cuidados e higiene personal nos aplicamos y más y más limpiamos nuestros hogares, más contribuimos a propagar las sustancias tóxicas.

Como con el cambio climático, encarrilar el problema requerirá consenso político, grandes acuerdos y una nueva conciencia ciudadana. Nicolás Olea no oculta su impaciencia: “A menudo me pregunto si quienes nos patrocinan y subvencionan, incluso generosamente, se leen las conclusiones de nuestros trabajos. Me gustaría que los escépticos se imaginaran por un momento que tenemos razón y que todo esto que decimos se manifiesta claramente dentro de 40 años, cuando haya que entonar a coro: ¡La hemos hecho buena, la hemos fastidiado bien!”.

martes, 18 de abril de 2017

La agricultura ecológica de las grandes distribuidoras crece gracias a la explotación laboral.


La agricultura ecológica en la trampa de la gran distribución

por Sophie Chapelle 10 de diciembre de 2012

Los productos ecológicos han aparecido en los estantes de los supermercados. Pero detrás de la etiqueta de “ecológico” también hay enormes explotaciones que contratan trabajadores muy mal pagados y sin derechos, y que se exportan a todo el mundo. Dentro de la etiqueta “ecológico” también se encuentran productos químicos y otras muchas cosas. El periodista Philippe Baqué, en su libro Lo ecológico, entre la visión de empresa y un proyecto de sociedad, ha denunciado las derivas de la Industria de lo ecológico.

Basta!: Hay cada vez más productos ecológicos en los supermercados. Pero la superficie agrícola que se destina al cultivo ecológicos sigue estancada en los mismos niveles de hace unos años, en Francia (3%). ¿Cómo explicar este contrasentido?

Philippe Baqué [1]: Se asiste desde hace 15 años a un desarrollo fulgurante de la agricultura ecológica. Habría unos 40 millones de hectáreas de cultivo ecológico en todo el mundo, según la Agencia de Cultivo Ecológico (o su equivalente en Alemania y Suiza). Los dos tercios de esta superficie son praderas que pertenecen a grandes explotaciones, donde se alimentan rebaños, la mayoría de los cuales no se venden como ecológicos. Es el caso de Argentina, donde el 90% de los 4,4 millones de hectáreas etiquetadas como ecológicas son tierras destinadas a la cría de ovejas que pertenecen a inmensas explotaciones.

Aparte de estas áreas de cultivo, la mayoría de las superficies de cultivo ecológico certificado pertenecen a grandes explotaciones, especializadas en monocultivos de exportación: soja, aceite de palma, maíz o quinoa. Esta agricultura ecológica certificada está creciendo sobre todo en América Latina (el 26% entre 2007 y 2008), en Asia (10%), África (6%), allí donde la gente consume muy poco de lo que produce. Estos países exportan a Europa. Japón y América del Norte. Este modelo de Agricultura Ecológica reproduce el modelo Agrícola Industrial, con los agricultores del Sur al servicio de los consumidores del Norte, haciéndoles más dependientes.

¿Cuál es la estrategia de negocio de las empresas Bio?

Es una verdadera OPA de los supermercados, que han visto en lo ecológico un mercado emergente que hay que explotar a cualquier precio. Hoy en día, en Francia, el 50% de los productos ecológicos se venden en los supermercados. ¡Es una cantidad enorme! Los supermercados basan su estrategia en la “democratización” de los productos ecológicos. Desarrollan importantes campañas publicitarias, como los supermercados Auchan, que ofrecen 50 productos por menos de 1 euro. Esto lleva hacia la Agricultura Industrial Intensiva, con la importación de grandes cantidades de estos productos a precio reducido. Francia se ha convertido en el principal importados de productos ecológicos, después de haber sido un país exportador.

En el terreno de las frutas y las verduras ecológicas, los grandes distribuidores reproducen en lo ecológico lo mismo que hacen en el sector convencional. Hay zonas que se especializan en una determinada producción: la provincia de Almería se ha especializado en el tomate, el pimiento, el calabacín y la berenjena; en la provincia de Huelva, las fresas. Pero encontramos los mismos productos en la llanura de Agadir en Marruecos, o en el sur de Italia. Los productores de cultivos ecológicos están en plena competencia en toda la cuenca mediterránea. Si el coste del tomate es muy alto en Almería, lo buscan en Marruecos. El único coste que se puede ajustar es el de la mano de obra agrícola, a la que se explota, en su mayoría inmigrantes y con pocos derechos.

¿Esta estrategia de marketing no está en conflicto con la legislación europea? ¿La legislación laboral no se aplica en la agricultura ecológica?

El nuevo reglamento de la UE sobre la agricultura ecológica, que entró en vigor el 1 de enero de 2009, ha sido adaptado para apoyar el desarrollo de esta Agricultura Industrial Intensiva, y la competencia con otras áreas de producción. Se reduce a principios agronómicos, a técnicas y no establece criterios sociales. No se tienen en cuenta las condiciones de trabajo, ni el tamaño de las explotaciones.

El problema del transporte no se tiene en cuenta. El hecho de que los tomates o las zanahorias procedan de Andalucía o Israel, y se distribuyan mediante camiones por toda Europa no entra en contradicción con la normativa europea. Citemos por ejemplo el caso de la soja ecológica importada desde Brasil, que proviene de enormes explotaciones de 5.000 a 10.000 hectáreas sustraídas de los bosques primarios en el estado de Mato Grosso. El reglamento europeo no prohíbe que los productos ecológicos se cultiven en tierras deforestadas. Lo mismo ocurre con el aceite de palma que importa en grandes cantidades desde Colombia, donde los campesinos fueron desalojados de sus tierras a fin de poner en marchas este tipo de cultivos.

¿No hay riesgo para los consumidores, engañados por estos “productos ecológicos?

Si se sigue en esta línea, la gente no sabrá cuál es una cosa y cuál otra. Se está muy lejos del espíritu de la Carta de 1972 de la Organización Internacional de Agricultura Ecológica (IFOAM), que contenía fuertes principios agronómicos, ambientales, sociales y políticos. Era una cuestión de transparencia, de justicia en el precio, de solidaridad, de no explotación de otros países, de cooperación con el Sur, de diversidad y proximidad en el consumo. Hoy en día, las especificaciones de lo ecológico han escapado totalmente de la mano de los campesinos, aunque los colegios profesionales estén invitados en las discusiones. Al final, son los técnicos de Bruselas, sometidos a presión por los lobbies, los que definen las reglas. Prohíbe a los Estados adoptar reglas más estrictas. Existe el peligro real de que lo ecológico pierda totalmente su sentido.

Afortunadamente algunas marcas tienen unas especificaciones más estrictas que las normas europeas. Tal como ocurre con Naturaleza y Progreso, Demeter, BioBreizh o Bio Cohérence, que apuestan claramente por la Industria ecológica. Algunos productores no quieren la certificación europea y han desarrollado sistemas alternativos de garantía: una revisión basada en la confianza, en presencia del consumidor y el productor. Si detectan que algo funciona mal, ayudan al agricultor a mejorar sus prácticas. Es una lógica de intercambio y solidaridad.

Explica usted que no quiere diabolizar esos agricultores. Los que estan en este sistema de la agricultura ecológica industrial pueden cambiar y salir de este sistema?

Los agricultores se convierten en subcontratistas. Están obligados con las todopoderosas cooperativas agrícolas. La cría intensiva de pollos ecológicos está dominada por cooperativas como Terre du Sud, MaïsAdour o Terrena, ilustrando esta tendencia. En Lot-et-Garonne, por ejemplo, Terre de Sud ha contratado recientemente a los productores, a menudo endeudados, para la cría del pollo ecológico. Se les garantiza un contrato con los grandes distribuidores y los servicios de restauración. La cooperativa les busca financiación, instalaciones, equipos, asesoramiento técnico. Por su parte, el productor firma un contrato por el que se compromete a comprar los pollos para su cría, la alimentación que van a recibir, los productos químicos y otros tratamientos sanitarios [2]. Debe vender toda su producción a la cooperativa, que es la que determina los precios.

Un ejemplo: un productor que firma para la cría de 40.000 pollos. Debe invertir 250.000 euros. La Cooperativa le puede subvencionar con 50.000 euros, el resto lo obtiene mediante un préstamo de un banco. Endeudado desde el principio, el granjero está sometido completamente a la voluntad de las cooperativas, pudiendo decidir que debe producir otra cosa si considera que el pollo ecológico no es lo bastante rentable.

¿En cada uno de estos sectores industriales, pollo, soja, café, aceite de palma, frutas y verduras, existen alternativas ecológicas locales?

Sea cual sea al país que vayamos, nos damos cuenta de que la agricultura no tiene otra salida con el actual sistema agroindustrial, ya sea ecológica o no. He tenido relación con un productor de Almería, lugar donde se concentran la mayor cantidad de invernaderos de todo el mundo. Sus padres se vieron atrapados en este ciclo de producción de frutas fuera de temporada para la exportación. Durante varios años se ha negado a ampliar el negocio. Ha viajado mucho para conocer a otros agricultores ecológicos. Hoy en día, en medio de este mar de plástico, con dos hectáreas de invernaderos y dos hectáreas a campo abierto, sólo obtiene productos ecológicos, emplea variedades locales de semilla y sólo vende a los consumidores de Andalucía. Las formas de resistencia son abundantes: cooperativas agrícolas familiares, comunidades o grupos, cultivos asociados, sistemas agroforestales, permacultura, etc.

¿Un cambio en las prácticas no supone también una reflexión sobre la distribución?

El sistema AMAP (Asociación para el Mantenimiento de la Agricultura Local) alentó las prácticas de miles de agricultores franceses. También se desarrollaron de forma espectacular los grupos de consumo. En Lot, por ejemplo, los beneficiarios de la RSA decidieron unirse para consumir productos ecológicos locales. Con una crítica bastante radical de la distribución a gran escala, tienen una relación directa con los productores. En el Aveyron, un grupo ayudó a uno de sus miembros a establecerse como productor local. Planteamientos más amplios sobre los alimentos están comenzando a establecerse.

¿La cuestión del precio es algo esencial?

Con unos precios más asequibles se asegura una competencia contra los grandes distribuidores. Pero nunca hablamos del precio real de los productos convencionales. De un tomate convencional producido industrialmente en España, nunca hablamos de los costes del transporte, el coste medioambiental, las subvenciones que recibe y que pagamos todos. Y aún menos se habla de los problemas de salud ocasionados por los plaguicidas. Teniendo en cuenta todo esto, con los márgenes de los intermediarios y de los supermercados, el precio del tomate ecológico se acerca al precio del tomate convencional. No es normal que quienes paguen la certificación sean los productos ecológicos. El que contamina es el que debe pagar. Y los horticultores que trabajan 14 horas al día, seis o siete días a la semana, es esencial que reciban un precio justo por su trabajo.

¿La agricultura ecológica debe conllevar un proyecto social?

La agricultura ecológica no es un fin es sí mismo. Es parte de un movimiento más general basado en el respeto al hombre y la naturaleza. Hay discusiones entre los expertos de si la agricultura ecológica pude alimentar al mundo en el año 2050 o no. La agricultura ecológica no puede alimentar al mundo si no cambiamos el sistema político; si no detenemos las emigraciones masivas a los barrios pobres de las grandes ciudades; si no dejamos de emplear la tierra para los monocultivos industriales para alimentar a los países ricos y a los vehículos; si no acabamos con el capitalismo financiero, el más salvaje que jamás haya existido.

Lo ecológico nos debiera llevar a considerar una sociedad más justa que en la que vivimos. En la actualidad existe un amplio movimiento social, aunque no muy organizado, pero que es portador de una nueva visión de la sociedad, muy extendidas por todo el territorio de nuestro país. La agricultura ecológica no puede existir sin los campesinos. Si no se acaba con la Agricultura Industrial, sólo estaremos acelerando la desaparición del mundo campesino.

viernes, 24 de julio de 2015

Destapado el entramado de intereses entre la administración pública y la industria alimentaria

Se presenta el primer informe que pone al descubierto quién es quién en la industria alimentaria y cómo se mueven los hilos para conseguir el aval de instituciones públicas y privadas. La presentación ha tenido lugar delante del Ministerio de Sanidad con el objetivo de poner en evidencia su escandalosa relación con el lobby alimentario. La mala alimentación y las enfermedades asociadas representan, hoy en día, el primer problema de salud del Estado español
Presentación del informe frente al Ministerio de Sanidad (VSF)  
VSF Justicia Alimentaria Global ha propuesto un cambio de imagen al Ministerio de Sanidad. Frente a la puerta principal, un cartel del Ministerio simulando el logotipo de una conocida marca de refrescos denunciaba la continua y escandalosa colaboración de los organismos públicos con la industria alimentaria. La denuncia a pie de calle ha ido acompañada de la presentación del informe elaborado por VSF “Confiad en mí. Puertas giratorias, conflictos de intereses y amistades peligrosas entre la industria alimentaria y los organismos de salud” con el objetivo de exponer el sofisticado entramado del lobby alimentario creado a lo largo de los últimos veinte años.

La mala alimentación y las enfermedades asociadas representan, hoy en día, el primer problema de salud del Estado español. Ante un problema de tal magnitud, las administraciones públicas deberían contar un plan que identificara las causas, atajara el problema y pusiera en marcha soluciones efectivas. Sin embargo, el estudio no solo demuestra la inactividad por parte de la administración para solucionar este problema, sino cómo el Estado se ha convertido en un aliado natural de la industria para el diseño y ejecución de políticas públicas totalmente contrarias al interés de los ciudadanos.

Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad

Tal y como revela el informe, la industria ha creado una narrativa que, gracias a buenas campañas de marketing y a la ayuda de distintas fundaciones y organizaciones públicas y privadas, se ha ido repitiendo hasta que la sociedad la ha interiorizado. Los mensajes más utilizados han ido orientados a culpabilizar al individuo por tratarse de un problema de malos hábitos, de dieta desequilibrada y de falta de ejercicio. Otro de los mensajes ha sido que “no hay alimentos buenos ni malos, todo depende del conjunto de la dieta”, y si esto no lo afirma Nutrexpa o Bimbo, sino una universidad de prestigio, tiene mucha más fuerza. De manera alineada, estas empresas logran lo que con seguridad no podrían alcanzar por separado. De hecho, la mayoría de las grandes empresas alimentarias que contribuyen con sus productos a la mala alimentación han conseguido ligar su imagen a la salud. Para ello, la colaboración de la administración pública y las organizaciones médicas ha sido clave. Las empresas agroalimentarias saben que, en la batalla de la opinión pública, es esencial que sus argumentos estén respaldados por organismos, entidades o personas que suenen a científicos.

El quién es quién y sus herramientas

El informe expone quiénes son los actores de la agroindustria y las principales herramientas que utilizan para lograr sus objetivos. Entre ellos destacan los patrocinios de cátedras universitarias, la creación de centros de estudio vinculados a la administración, el pago de investigaciones científicas; la colocación de gente afín en puestos clave (con sus nombres y apellidos), las visitas a profesionales de la salud, los convenios de colaboración con medios de comunicación y la creación de campañas conjuntas con las administraciones.

El sobrepeso y la obesidad, dos problemas en aumento

Una de cada tres personas en el mundo padece obesidad, un 23 % más que en 1980. Por primera vez en la historia, a nivel mundial existen más personas afectadas de mala alimentación que de hambre y subnutrición. Actualmente, 1.400 millones de personas en el mundo padecen obesidad o sobrepeso y este trastorno alimenticio se cobra 3,4 millones de vidas al año. En Europa, la cifra se eleva al 58 %, es decir, una de cada dos. Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en España el sobrepeso afecta al 55 % de la población y la obesidad, al 17 %. Lo más alarmante es que las estimaciones de sobrepeso en diferentes países indican que la pandemia sigue creciendo.
Existen más personas afectadas de mala alimentación que de hambre y subnutrición
La estrategia recomendada por la OMS, y aplicada por otros países de Europa, consiste en la implantación de distintas medidas, como el control de la publicidad de alimentos insanos dirigidos al público infantil, un etiquetado nutricional claro y la aplicación de políticas fiscales que sean coherentes con las políticas sanitarias, con el fin de favorecer los alimentos que deben formar parte de una dieta sana y equilibrada y penalizar los alimentos insanos.

Podéis leer o descargar el informe completo aquí:




Fuente: http://www.elsalmoncontracorriente.es/?Destapado-el-entramado-de