martes, 7 de marzo de 2017

Nuevos datos sobre cómo la industria farmacéutica paga a las asociaciones de pacientes

Por Miguel Jara 7 de marzo de 2017

Las industrias sanitarias intentan controlar toda la cadena comercial de sus productos. Eso incluye a las asociaciones de enfermos (o de pacientes) de las patologías clave en su estrategia comercial. Ahora conocemos más datos de un fenómeno que pasa algo desapercibido al haberse puesto más el foco en los sobornos a los médicos y doctoras.

El pasado mes de febrero se cumplieron diez años desde que publiqué mi primer libro, Traficantes de salud: Cómo nos venden medicamentos peligrosos y juegan con la enfermedad (Icaria, 2007). En él, parto del problema de los daños provocados por medicamentos y hago una radiografía completa de lo que rodea a la industria farmacéutica y la corrupción sanitaria.

Uno de los problemas que hay citaba entonces y que amplié dos años más tarde en otro libro, La salud que viene, es el de la cooptación de las asociaciones de enfermos (pacientes les llaman, aunque cuando uno está enfermo suele estar impaciente por curarse) por las industrias sanitarias.

Hoy leo que un estudio refleja que el 83% de las asociaciones de pacientes de alguna enfermedad en Estados Unidos (EE.UU.) reciben contribuciones económicas de las compañías farmacéuticas.

El artículo se ha publicado en el New England Journal of Medicine y se han analizado 104 de las mayores asociaciones de enfermos del país. Sólo una de esas organizaciones que en teoría no tienen ánimo de lucro (lo que no quiere decir que no puedan obtener fondos para hacer cosas, claro) declaró explícitamente que no aceptaba dinero de la industria.

Los investigadores resaltan que en un tercio de las juntas de las asociaciones encontraron ejecutivos o ex de farmacéuticas.

Todo esto es un claro conflicto de interés pues enfermos e industrias tienen intereses antagónicos que en la práctica se disuelven por efecto del dinero. Los laboratorios quieren dar a conocer sus medicamentos y qué mejor que una asociación de enfermos de una patología a la que va destinada tu fármaco para promoverlo.

Esas asociaciones “de la industria” son útiles para hacer presión a los políticos y que den vía libre con rapidez a un nuevo tratamiento en investigación. También para intentar que las administraciones paguen lo que piden los laboratorios por un fármaco de reciente introducción en el mercado.

¿Por qué creéis que Gilead subvenciona a numerosas asociaciones de enfermos de hepatitis, tal vez para vender bien caro su medicamento Sovaldi (entre otros)?

Pagar asociaciones y a auténticas federaciones de ellas es útil para que se comprometan a difundir una “nueva” enfermedad clave para la estrategia comercial del laboratorio o farmacéuticas de un ramo.

En el ámbito sanitario no sólo prescriben los médicos, también lo hacen con sus buenas intenciones y recomendaciones las asociaciones de pacientes.

Mirad quiénes financian la Federación Española de Asociaciones de Ayuda al Déficit de Atención e Hiperactividad (FEAADAH). Como podéis ver en la barra lateral de la página, un poco más abajo:
El portal de Feaadah es posible gracias a la colaboración de las siguientes entidades: Lilly, Janssen, Rubió”.

Esos laboratorios son fabricantes de algunos fármaco citados. Shire, además de patrocinar a la FEAADAH ofrece “servicios para personal sanitario” en la web del programa Pandah.

También están en el comité asesor y en el científico de ese proyecto destinado a hacer lobby. Si queréis saber quién está detrás del proyecto corporativo leed Pandah y el nuevo medicamento para la “infancia TDAH.

Las organizaciones de enfermos pues son otro brazo del marketing de las farmacéuticas, como contaba en Traficantes de salud, el principal junto con los médicos, que no son los únicos en cobrar por hacer marketing de tratamientos.

Lo de los médicos que deciden cobrar de las industrias (que no son todos, claro, sólo faltaría) ya lo conocéis, está muy extendido. En los últimos tiempos se han convertido en tendencia las fuertes sanciones a grandes laboratorios farmacéuticos por sobornar a los profesionales sanitarios. Pfizer despidió a 30 altos cargos en España por “prácticas poco éticas”. También se confirmó otra multa millonaria a la farmacéutica Novartis en Estados Unidos (EE.UU.), por el pago de sobornos.

De hecho, el principal lobby de los laboratorios farmacéuticos en España, Farmaindustria, ha obligado a las compañías a publicar lo que pagan a cada galeno. Así de escandalosa es la situación.

Con los enfermos pues igual, todo lo que pueda dar dinero recibe dinero, son inversiones vaya. Una encuesta publicada en enero en la revista médica JAMA descubrió que el 67 por ciento de las asociaciones de pacientes admitió donaciones de la industria.

Respecto a las cifras, lo que publica Redacción médica es que el último estudio va todavía más allá al centrarse en las asociaciones más importantes, y señala que recibieron, al menos, más de siete millones de euros al año, una financiación considerable. Aproximadamente una quinta parte de los grupos de defensa de los pacientes estudiados aceptaron al menos un millón de dólares de los laboratorios.

Juan, padre, con su hijo Juan Francisco.  
Así se entiende que laboratorios como AstraZeneca promueva, ¡junto a Sanidad! escuelas de pacientes para “empoderarlos”.

Me da la risa porque sé cómo trata esa empresa a la familia de Juan Santos Sierra, enfermo de lupus que murió en un ensayo clínico de un medicamento del citado laboratorio. Las asociaciones de pacientes de lupus no han apoyado mucho que se diga a esta familia, por algo será…

Y es que suele ocurrir que los pacientes a la industria le interesan calladitos y centraditos en su enfermedad.

De hecho, ningún laboratorio financia a las asociaciones de dañados por tratamientos, que se lo pregunten a los afectados por la talidomida, por el medicamento Agreal, por el método anticonceptivo Essure, por la vacuna del papiloma y a un largo etcétera.

lunes, 6 de marzo de 2017

10 motivos de salud, dinero y medio ambiente para decir No a la ropa low cost

La ropa low cost o 'fast fashion' tiene múltiples implicaciones negativas tanto para la salud como para la economía y el medio ambiente.

Foto: Elvert Barnes  
La ropa ‘fast fashion’ domina el modo en que se visten muchas personas desde hace casi dos décadas. Se trata de prendas de tiendas como Zara, H&M, Primark, Mango o Forever 21 y otros tantos conglomerados que se han adueñado completamente del sector textil. Su aparente gancho es el de ofrecer ropa bonita a precios de ganga, de modo que nos permite combinar infinidad de modelos distintos a lo largo de la semana, aparentando así ser más creativos con nuestra imagen y estar más al día.

Sin embargo, la realidad que esconden estas prendas es bien distinta, no solo porque su calidad deja mucho que desear, sino también por sus implicaciones ambientales, ya que se la considera la segunda industria más contaminante del planeta, solo por detrás del petróleo. También es fundamental destacar que el modelo neoliberal en el que se basa, en el que solo cuenta el beneficio, perpetúa modos de explotación humana que rozan las prácticas esclavistas.

Pero fundamentalmente, la ropa low cost puede ser mala para nuestra salud, tal como aseguran numerosas investigaciones. A continuación te damos diez razones para decir no a la ropa barata.

1. La calidad

Todo el mundo sabe que la calidad de la ropa low cost no es la mejor del mundo, pero pocos sospechan que la mala calidad y la baja durabilidad son un fin en sí mismas. En su libro ‘Overdressed: the shockingly high cost of cheap fashion’ (Penguin, 2012), la escritora, periodista y cineasta Elizabeth Cline analiza las estrategias de las corporaciones textiles de ‘fast fashion’ para lograr vender cuanto más mejor. La mala calidad de los materiales está entre ellas.

La razón es que usando tejidos con algodón de la peor calidad, mezclados con una creciente proporción de fibras sintéticas derivadas del petróleo, así como tintes baratos y mal fijados y acabados pobres, se aseguran que la prenda durará poco y tendrá que ser repuesta en un corto periodo de tiempo. En la industria de la ‘fast fashion’ cada prenda da muy poco margen de beneficio, por lo que se deben lograr unas ventas globales altas para hacer rentable la inversión.

Adicionalmente Cline explica cómo las empresas lanzan colecciones de destajo que no duran en la tienda muchas veces ni una semana antes de pasar a otra ciudad, otro país o a los ‘outlets’. El objetivo es causar una sensación de ansiedad subconsciente en los consumidores que les impulse a no demorar la compra, ya que saben que el modelo que les gusta pronto no estará a su alcance. En 2014 el ratio de recambio de Zara era de dos por semana y el de H&M llegaba a ser diario, según Cline.


2. Parece barata pero no lo es tanto

Respecto al coste de confección, la periodista inglesa Luci Siegle explica en su libro ‘To die for: is fashion wearing out the world?’ (Fourth State, 2011), que muchos procesos de la misma, como el cosido, no se hacen generalmente en factorías sino en cooperativas de remotas aldeas donde las mujeres son presionadas continuamente para aumentar el volumen de producción sin importar que los acabados sean malos.

De este modo se logra rentabilizar la mano de obra hasta que una sola pieza tiene el coste de unos pocos céntimos de euro. Estas ropas, tal como se relata en el reportaje ‘The tue cost’, en el que Siegle participa, tienen muchas veces diseños tan extremados que duran menos de una temporada, ya las empresas cambian cada pocos meses radicalmente las tendencias estéticas con el fin de aumentar su obsolescencia. De este modo acabamos acumulando en el armario un montón de ropa barata, que nos parece obsoleta y que nos ha costado en conjunto más que una prenda de calidad.

3. La presencia de metales pesados en la ropa y los complementos

Según un reportaje de The New York Times publicado en 2013, y titulado ‘Fashion at a very high price’, un estudio de la organización ecologista Center for Environmental Heath revelaba que mientras los límites legales para la presencia de plomo en prendas y complementos de moda se situaban en torno a las 300 partes por millón (ppm), numerosos objetos comercializados por las marcas de ‘fast fashion’ mostraban niveles superiores a las 10.000 ppm.

Según el color en que estuviera teñida la prenda o complemento, y por tanto según el requerimiento de plomo del tinte, los límites eran más o menos altos. Un par de sandalias naranja, por ejemplo, alcanzaban las 25.000 ppm de plomo en su superficie, un plomo que se mezclaba con el sudor de los pies. Unas zapatillas rojas alcanzaron las 30.000 ppm y los cinturones amarillos escalaban hasta las 50.000 ppm.

El plomo de estos objetos puede pasar a nuestras manos cuando tocamos la ropa o los complementos en un probador, ya que los tintes son de muy mala calidad, y de ahí a nuestra boca y al interior del cuerpo. Además del plomo otros metales presentes en los tintes son el mercurio y el arsénico, todos ellos tóxicos.


4. La existencia de restos de sustancias que reaccionan con el sudor

El algodón suele lavarse en algunos procesos textiles, como la fijación de tintes, con soluciones alcalinas, muy cáusticas. En el caso de la ropa low cost estos lavados se hacen deprisa y mal con frecuencia y como resultado, restos alcalinos pueden quedar en la ropa y reactivarse con el sudor, creando heridas. También los metales pesados pueden crear en la piel reacciones alérgicas similares a las de los tatuajes.

5. El peligro de portar disruptores endocrinos

GreenPeace también alertaba en un estudio de 2013 de la presencia en los tintes de la ropa ‘fast fashion’ de noni l fenoles, unos peligrosos compuestos orgánicos que pueden alterar la producción de hormonas corporales, disminuyéndola o bloqueándola y en algunos casos acelerándola. Este hecho puede provocar problemas tanto en los ríos donde se vierten los tintes como en las personas que lleven las ropas, que entren en contacto con ellas o trabajen en tiendas donde se almacene ropa ‘fast fashion’.

La exposición a nonifenoles es especialmente nociva en el caso de mujeres embarazadas y en la Unión Europea están prohibidos en el proceso de producción de la ropa, aunque no en Estados Unidos. Ahora bien, no hay ningún control sobre la ropa que se compra vía internet en plataformas de China como AliExpress.

6. La agresividad del monocultivo de algodón con el medio ambiente

El algodón es polémico por la gran necesidad de agua de su cultivo, que ha secado numerosos acuíferos. Así ocurrió con el mar de Aral en Uzbekistan, cuyas aguas fueron usadas para la producción masiva de algodón textil durante la era soviética. Hoy este mar interior ha desaparecido casi por completo y las aguas que quedan están tan contaminadas que se consideran residuales.

El problema no es solo el consumo de agua de la planta de algodón, sino también la contaminación que su cultivo deja en el medio en forma de herbicidas, pesticidas, sales y otros componentes orgánicos tóxicos. Si bien sólo en el 2,4 % de las tierras cultivables del mundo se planta con algodón, este consume el 10 % de todos los productos químicos agrícolas y el 25 % de los insecticidas.


7. La presencia de variedades genéticamente modificadas de consecuencias no determinadas

A pesar de que también tiene sus ventajas en algunos aspectos, el algodón transgénico ocupa casi el 70% de la superficie algodonera mundial. Este hecho magnifica algunos de sus efectos negativos, como por ejemplo la auto producción de toxinas herbicidas e insecticidas que si bien ahorran el uso de pesticidas, al final terminan contaminando los campos, disminuyendo la producción e impidiendo la biodiversidad.

8. La acumulación de residuos no biodegradables

El creciente uso de fibras sintéticas derivadas del petróleo en sustitución del algodón, para abaratar costes y también conferir propiedades elásticas a la ropa, provoca que cuando esta se deja de utilizar se acumule en vertederos donde no se degrada. Según el documental ‘The true cost’, cada americano tira a la basura una media de 37 kilos de ropa al año, una buena parte de ella, ropa low cost.

9. El desastre ecológico que causan los tintes utilizados

A la mala calidad de los tintes usados, con toda su carga tóxica ya explicada, se une su pésima gestión, ya que el teñido se hace en industrias subcontratadas del Tercer Mundo que acaban lanzando los vertidos sobrantes de la tinción, muy elevados, a los ríos sin tratamiento alguno, de modo que los contaminan mortalmente. Tal es caso de numerosos afluentes del Ganges en India.


10. La explotación laboral imprescindible para su éxito

El modelo neoliberal en el que se basa el negocio de la ropa low cost necesita que se vendan grandes volúmenes de ropa, ya que el margen es muy pequeño. Solo con una gran rotación en el consumo se consigue obtener el enorme beneficio que ostentan las grandes marcas de la ropa barata. Esto implica el uso de mano de obra casi en régimen de esclavitud, que trabaja hasta 16 horas por menos de dos dólares al día y en pésimas condiciones en el Tercer Mundo. Tal como reflejó el colapso del edificio Raza Plaza de Dacca, Bangladesh en 2013.

Este modelo de explotación comenzó en Galicia en los años 80 de la mano de empresas como Zara, pero también de otros productores y diseñadores gallegos, que fueron acotando los márgenes a base de presionar a las cooperativas de cosedoras, tal como refleja el documental ‘Fíos fora’.

viernes, 3 de marzo de 2017

Beatriz Nadal denuncia ante la Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo los programas de modificación del clima mediante las campañas anti-granizo

TEXTO L.C.I. JUEVES 02-03-2017

La concejala y miembro de Compromís en Cox, Beatriz Nadal, ha denunciado ante la Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo, el desarrollo de numerosos programas de modificación del tiempo atmosférico en el estado, con el objetivo de controlar las campañas anti-granizo. Esta denuncia ofrece un recorrido crítico con la intención de aclarar la confusión que impera en España, respecto a las posibilidades reales de modificación atmosférica en si, su impacto sobre el medio ambiente y la salud pública, y el marco normativo al que se encuentra sujeta la problemática.

Nadal, entre la numerosa documentación adjuntada, ha aportado informes de la organización meteorológica mundial, del ejército, ministerio de agricultura, etcétera, remontándose hasta 1949, primer año del que se tienen datos, de estas prácticas para deshacer las granizadas.

La abogada ambientalista ha declarado; “Queremos que la Comisión Europea investigue la vulneración de al menos cuatro directivas comunitarias y del principio de precaución del Consejo Europeo de Niza (año 2000), puesto que la modificación del ciclo atmosférico es un hecho irrefutable, por lo tanto, nos gustaría que se tratara la atmósfera como un bien público con un marco jurídico que la regule con claridad”.

“Teniendo en cuenta que España es el país que más incumple las leyes sobre medio ambiente dictadas por la Unión Europea, según los datos reflejados por la Comisión Europea, pues desde el año 2003 se han abierto 531 expedientes de infracción ambiental, España requeriría de un nuevo marco jurídico que tendría que incluir todos los argumentos esgrimidos en la petición presentada, y que prohibiera la modificación de la fase atmosférica a baja cota”, ha remarcado la concejala de Compromís.

Para finalitzar, Nadal ha querido agradecer el trabajo de diferentes asociaciones, como la Plataforma Stop Fumigaciones, que ha recogido innumerables firmes y testimonios que también se han adjuntado a la petición.


Asegúrese de que su voz sea escuchada.

La contaminación invisible

POR ARANTXA ROCHET

Vivimos rodeados de elementos que no vemos. Pero cada vez se investiga más la influencia sobre la salud que tienen campos electromagnéticos, gases, sustancias químicas y radiaciones de baja o alta frecuencia provocados por la naturaleza o por el hombre. “Se da por supuesto que todos vivimos y trabajamos en lugares sanos. Y la realidad es que no”, explica José Miguel Rodríguez, director de la Fundación para la Salud Geoambiental, una entidad que estudia la llamada “contaminación electromagnética”.

Desde el boom de los teléfonos móviles, han sido miles los estudios que se han llevado a cabo para determinar si la exposición a los campos electromagnéticos de este tipo, conocidos como radiaciones “no ionizantes” (también presentes en líneas de alta tensión, los microondas, etc.), provocan un perjuicio real a los humanos. Pero no hay una respuesta clara. Mientras el ICNIPR (Comisión Internacional de Protección contra la Radiación No Ionizante), órgano asesor de la Organización Mundial de la Salud (OMS), no encuentra evidencias científicas al respecto, la IARC (Agencia Internacional de Investigación contra el Cáncer) sí calificaba en 2011 esas radiaciones como potencialmente cancerígenas.

A pesar de la legislación sobre los límites de emisiones, organizaciones como la Plataforma Estatal Contra la Radiación Electromagnética en España (PECCEM) insisten en que el problema va más allá de los máximos establecidos y que hay muchas personas afectadas por emisiones más bajas con dolencias que se han agrupado bajo la enfermedad, aún no reconocida por la OMS, de “electrosensibilidad múltiple” (EHS).

Algunos estudios indican que existe un alto componente “psicosomático” en las personas que aseguran sufrir esta dolencia, pero varias sentencias en los últimos años dan la razón, al menos en parte, a los que alzan la voz para conseguir que en España se tenga en cuenta como causa de incapacidad laboral, igual que en otros países de Europa como Suecia. Una del Tribunal Superior de Justicia de Madrid de julio de 2016 reconoció por primera que un ingeniero de telecomunicaciones no podía trabajar por padecer EHS, porque le impedía desarrollar su actividad profesional en entornos con campos electromagnéticos.

La Sociedad Española de Síndrome de Sensibilidad Central (SESSEC) relata sus síntomas: “cefalea, fatiga, estrés, trastornos del sueño, síntomas cutáneos como picazón, ardor y erupciones, dolor muscular y otros tipos de problemas de salud como trastornos gastrointestinales, intolerancia a determinados alimentos e hipersensibilidad a un número importante de productos químicos”, que “representan un problema de incapacidad para las personas afectadas”.

La incidencia en la ciudadanía

Aún sin registros oficiales, la SESSEC estima que la hipersensibilidad electromagnética afecta al 5% de la población (más de 2,3 millones de personas) española, igual que la Sensibilidad Química Múltiple (SQM), otra patología que sí está reconocida oficialmente en España desde 2014. Es factible que “al menos un 15% (más de 6,6 millones personas) de la población presente algún síntoma relacionado con la EHS por exposición a los campos electromagnéticos”, explica Julio Carmona, coordinador de la PECCEM.

La Unión Europea emitió en 2011 una resolución que instaba a los países a aplicar el principio ALARA (as low as reasonably achievable), es decir, el nivel más bajo razonablemente posible, tanto a los efectos térmicos como a los atérmicos o biológicos de las emisiones o radiaciones electromagnéticas. Esta normativa fue, sin embargo, calificada por el Comité Científico Asesor en Radiofrecuencia y Salud de España, de “iniciativa política que no introduce elementos nuevos racionales que permita una gestión más eficiente de este problema”, y cuyas recomendaciones “es muy probable que distorsionen la percepción del riesgo en algunos sectores de la población muy sensibles a estos temas, y que aumente la inquietud y la alarma de una forma injustificada”.

La pregunta es: ¿cómo podríamos librarnos de toda esta “contaminación” en un mundo cada vez más tecnológico? Tampoco hay una sola respuesta. Isabel Sanz se cambió de casa después de someter su hogar a un estudio sobre radiaciones motivado por problemas como insomnio, inquietud y dolores de origen desconocido. Desde entonces, muchos de los problemas que sufrían ella y su marido han cesado. “Que [la hipersensibilidad] ahora no tenga la calificación de científica no significa que no tenga un componente real”, asegura esta psicóloga. De la misma opinión es José Miguel Rodríguez: “Es un tema muy lento porque es desconocido. No hay conciencia. Es como en la época del tabaco cuando le decías a un fumador que dejara de fumar. Decía: ‘bah, si de algo hay que morirse’. Es un poco eso”.

Rosa Nieto, afectada por el EHS, se ha mudado con su familia a un pueblo de Cantabria casi sin cobertura. Sin embargo, sus dos hijos, también aquejados por este síndrome, no se han librado de los campos electromagnéticos: el colegio al que van alberga una antena de wifi que surte al propio centro, al ayuntamiento y a otros edificios públicos. “No se han tomado muy bien nuestras quejas. Dicen que es una obsesión y que a los niños no les pasa nada, que no tienen ni idea de lo que es la radiación y los efectos que produce en la salud”.

La Fundación para la Salud Geoambiental indica que basta con cambiar la cama de posición o remodelar la instalación eléctrica de la casa para evitar las posibles consecuencias de las radiaciones electromagnéticas. Otros métodos son evitar el uso del móvil de forma irracional, separarlo de la cabeza al hablar o apagar los aparatos en vez de ponerlos en stand by, etc.

Los gases que nadie percibe

La peligrosidad de otros contaminantes sí está reconocida oficialmente aunque son, muy desconocidos aún por la población. Es el caso del radón, un gas radiactivo de origen natural que tiende a concentrarse en viviendas, escuelas y lugares de trabajo y que, según la OMS, “es la segunda causa más importante de cáncer de pulmón después del tabaco”. Provoca entre el 3% y el 15% del total. Y se produce a partir de la desintegración radiactiva del uranio, presente de forma natural en suelos y rocas. De ahí pasa al aire, donde se desintegra y emite partículas radiactivas que al ser respiradas se depositan en las células de las vías respiratorias. Al aire libre, el radón se diluye rápidamente, tiene concentraciones muy bajas y no suelen representar ningún problema. No así en espacios cerrados.

La Unión Europea emitió en 2013 una directiva para que sus miembros tuvieran en cuenta este problema y pusieran en marcha, antes de febrero de 2018, medidas para alertar a la población e informar sobre la manera de reducir la exposición al radón en los hogares. “En España hay zonas de alto riesgo que se conocen desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, la Sierra de Guadarrama en Madrid, la Sierra de Gredos en Ávila, Galicia o parte de Extremadura y Asturias. En Reino Unido, Irlanda Francia o Bélgica tienen desarrolladas ya normativas desde 2003 o 2004 y hay muchísima información para el ciudadano. Pero en España no”, explica Rodríguez. En 2013, el Consejo de Seguridad Nuclear elaboró un mapa predictivo sobre el radón con el objetivo de identificar las zonas con mayores tasas de concentración de este gas. Sin embargo, desde entonces son pocas las medidas que se han llevado a cabo.

Otros “contaminantes invisibles” son las sustancias químicas, entre las cuales se encuentra el formaldehído, reconocida como cancerígena por la OMS en 2004 y que puede provocar, además, irritación ocular, de las vías respiratorias o de la piel, cefaleas o problemas respiratorios similares al asma. Pero de momento la exposición a esta sustancia solo está regulada a nivel laboral. Este químico se utiliza en la producción de resinas y adhesivos para madera (barnices, pinturas, etc.), en papel, lana de vidrio o roca, la producción de revestimientos plásticos en acabados textiles como los vaqueros, y como aditivo en cremas, champús, lociones, jabones, pomadas, laca de uñas o dentífricos. “Hemos tenido a personas que han estado viviendo en casas con niveles de formaldehído muy bajos y que tenían una serie de síntomas como fatiga, dolores de cabeza, problemas de insomnio… Cuando se ha eliminado ese factor, que lo causaba el barniz del parqué del suelo, esa persona ha mejorado y en cambio el médico no había dado con la causa”, cuenta José Miguel Rodríguez.

Es por eso que desde su fundación piden la retirada del mercado de este tipo de productos de uso común. “Hemos visto ampliamente superados en algunos hogares los límites establecidos en España para exposiciones laborales debido a la utilización, en el parqué, de barnices de urea formol”.

Los compuestos químicos que están en casi todas partes y pueden interferir con nuestras hormonas

Redacción BBC Mundo
Se llaman "disruptores endocrinos", interfieren en nuestro sistema hormonal y es virtualmente imposible escapar de ellos.

Pueden estar escondidos en el plástico, en los perfumes, en el maquillaje y en las latas de comida.

Hay cerca de 800 compuestos químicos conocidos que son sospechosos de ser capaces de interferir con nuestras hormonas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Aunque la gran mayoría no han sido analizados, el año pasado la Comisión Europea identificó 66 compuestos químicos que mostraban "una clara evidencia de actividad endocrina perturbadora", como parte de una propuesta para la regulación de su uso.
Mira aquí la lista de compuestos

Y concluyó que "los humanos tienen probabilidad de estar expuestos a 60" de ellos, entre ellos bisfenol A (BPA), dioxin, atrazine y varios ftalatos.

Cada vez más estudios vinculan contaminantes como estos a daños para nuestra salud que van desde la infertilidad a un mayor riesgo de cáncer, según evidencias probadas científicamente en estudios con animales.

Pero a falta de pruebas en humanos, la gran mayoría de esos compuestos sigue presente en cientos de productos que usamos a diario.

En juguetes para niños, en la comida y en la pintura de uñas
Campbell comenzó a buscar alternativas para reemplazar el binofenol A en 201. 
THINKSTOCK 
El grupo de los ftalatos se usa por ejemplo en productos tan variopintos como juguetes para niños, suelos de vinilo, detergentes y productos de limpieza, envoltorios y envases de comida, juguetes sexuales, productos de belleza e higiene como pintura de uñas, lacas para el pelo, lociones para el afeitado, jabones, champús, perfumes y otros productos con fragancia.

Entre las 66 sustancias identificadas como de riesgo por la Comisión Europea están varios ftalatos (BBP, DEHP, DOP y DBP).

Uno de ellos, el DBP, es el que "históricamente se ha usado más en productos cosméticos", según la Food and Drug Administration de Estados Unidos (FDA por sus siglas en inglés). La industria lo usaba como un plastificador en productos como la pintura de uñas para hacerlos menos quebradizos.

Según la FDA este tipo de ftalato ahora se usa menos, pero hay otros, como el DEP que sigue siendo de uso común.

Otro de los grandes sospechosos es el bisfenol A (BPA), presente en envases de alimentos como botellas de plástico o latas, y en cosméticos, juguetes, CDs y hasta hace poco biberones.
Qué es el bisfenol A, el químico vínculado al cáncer que Campbell´s dejará de usar en sus sopas enlatadas

El hecho de que algunos contaminantes hormonales ya no se usen tanto o estén prohibidos no garantiza que no estemos potencialmente expuestos a su efecto nocivo porque según la Organización mundial de la Salud algunos producen consecuencias que pueden afectar a la descendencia de varias generaciones.

¿Cuál es el riesgo para nuestra salud?

Tanto animales como humanos tienen una mayor vulnerabilidad a estos productos químicos durante períodos críticos de desarrollo, como dentro del útero de la madre o durante la pubertad.

Según la OMS, los efectos de una exposición temprana se pueden manifestar en cualquier momento de la vida, en enfermedades como el cáncer de mama y de próstata, infertilidad, pubertad precoz, obesidad, trastornos metabólicos y diabetes de tipo 2.

Las advertencias sobre el daño potencial de estos compuestos químicos se basan en el hecho de que los sistemas endocrinos son muy parecidos en todas las especies vertebradas.

Según un informe de la OMS de 2012, "los efectos vistos en la vida salvaje o en experimentos con animales pueden también ocurrir en humanos si están expuestos a disruptores endocrinos en un momento vulnerable y en una concentración que pueda alterar la regulación endocrina".
Mira aquí el informe de la OMS

¿Cómo podemos minimizar la exposición?
Los juguetes con ftalatos están prohibidos en muchos países. GETTY IMAGES. 
Por un lado es muy difícil saber cual es la composición exacta de los productos que consumimos. En 2015 la Agencia Química Sueca analizó 112 juguetes en el país y halló que el 15% contenían sustancias químicas prohibidas.

En el caso de los productos cosméticos y de higiene, los fabricantes no tienen por qué incluir entre los ingredientes la lista completa de compuestos y con frecuencia los ftalatos están "escondidos" detrás de la palabra fragancia.
  • Escoger cremas, detergentes y productos que son libres de fragancia puede ayudar a reducir la exposición a los ftalatos.
  • También priorizar materiales alternativos al plástico, como la madera, al escoger juguetes para los niños.
  • En el caso de los envases de comida priorizar el cristal sobre las latas, que suelen estar forradas con BPA, y los plásticos.
Pero según expertos hay poco que podamos hacer a título individual. Los mayores cambios deben darse a nivel de regulación en la industria, para desplazar progresivamente el uso de los compuestos químicos nocivos y buscar alternativas.