lunes, 11 de mayo de 2020

El peligroso cóctel de contaminación y coronavirus

ROSA M. TRISTÁN

Desde que más de un tercio de la Humanidad anda confinada, varias son las investigaciones que, a tenor de los datos, han revelado cómo los índices de contaminación ambiental han caído en picado. Cielos más limpios, más pájaros que cantan en nuestras ventanas, mariposas que revolotean por las azoteas... Ahora, un nuevo artículo científico nos dice que en los lugares donde las personas estamos más expuesta a más partículas PM2,5, es decir, las partículas en suspensión de menos de 2,5 micras que provienen, mayoritariamente del transporte, tenemos más riesgo de fallecer a causa del COVID-19. Una prueba más de que la contaminación mata, aunque haya responsables políticos que no se lo crean.

Esta investigación, publicada el martes, ha sido realizada por un grupo de la Escuela de Salud Pública Harvard T.H. Chan, cuando ya se han superado los 76.000 muertos y hay 1.360.000 infectados en el mundo, la inmensa mayoría en países desarrollados o grandes ciudades, como Wuhan (11,8 millones de habitantes). Evidentemente, los científicos, dirigidos por Francesca Dominicil, tuvieron en cuenta la existencia de enfermedades o problemas de salud previos que aumentan el riesgo de morir o factores como la edad, pero se fijaron en otra variable: ¿Dónde vivían los fallecidos? ¿Podía tener que ver la limpieza del aire que respiraban en el elevado índice de mortalidad, como ha ocurrido en otras infecciones?

Para encontrar la respuesta recopilaron los datos de unos 3.000 condados de su país, lo que supone el 98% de la población, hasta el pasado sábado 4 de abril de 2020. Para que no hubiera distorsiones graves, ajustaron sus modelos en función de 16 variables: tamaño de las poblaciones, las camas de hospital, el número de individuos examinados, origen étnico, clima y variables socioeconómicas y de comportamiento que incluyen, entre otras, obesidad y tabaquismo, etcétera. Además, para que el brote en Nueva York, el más elevado del país, no distorsionara el resultado, dejaron fuera a esta ciudad y también excluyeron los condados con menos de 10 casos de coronavirus confirmados.

El resultado fue que con el aumento de sólo 1 μg / m3 de PM2.5, es decir de una micra de partículas contaminantes, la tasa de mortalidad causadas por el COVID-19 aumenta un 15%, cuando esa contaminación asociada a otras causas supone el 0.73%. Es decir, una magnitud 20 veces mayor. Sólo en Manhattan, con una micra por metro cúbico menos de estas partículas contaminantes, hasta el pasado día 4 se hubieran salvado 248 personas de las 1.905 fallecidas.

"Son resultados estadísticamente significativos y sólidos", aseguran en un comunicado de la Universidad de Harvard, donde subrayan la importancia de seguir haciendo cumplir las regulaciones sobre contaminación del aire si el objetivo principal es el de proteger la salud humana ahora y después de la pandemia. "Las PM2.5 contienen sólidos microscópicos o gotas de líquido que son tan pequeños que pueden inhalarse y causar graves problemas de salud", aseguran en un trabajo que da continuidad a uno anterior, en el que detectaron también la correlación entre polución y altas tasas de muertes por SARS.

La investigación se inició apenas unos días después de que el presidente Donald Trump aprovechara la crisis sanitaria global para suspender las leyes ambientales aprobadas por su antecesor, Barack Obama. Entre otras limitaciones, revocó las medidas que obligaban a los fabricantes de automóviles, desde 2012, a hacer vehículos. menos contaminantes. Incluso llegó a decir que con coches más baratos se comprarían más nuevos y habría menos accidentes.

Los científicos de Harvard no han tardado en responder y para ello han utilizado las bases de datos que tenían homologadas de estudios anteriores, en total sobre unos 60 millones de ciudadanos afiliados a la sanidad pública. Los datos de fallecidos los sacaron del recuento exhaustivo que realiza la Universidad Johns Hopkins y explican que introdujeron hasta 16 variables según los condados para que el resultado fuera lo más fiable posible.

Este estudio, que nos vuelve a recordar lo importante que es respirar aire limpio, contrasta con la consecuencia que tendrá la relajación en Estados Unidos de la normativa ambiental. Como publicaba The New York Times, se emitirán unos 1.000 millones de toneladas más de dióxido de carbono a raíz de la decisión de Trump.

Ahora que las grandes ciudades amanecen con el aire más transparente, no es mal momento para reflexionar sobre ese "después del confinamiento" del que tanto hablamos. Hoy nos mantiene en riesgo el COVID-19, como antes fue el SARS, y nadie puede saber cuál microorganismo se rebelará en el futuro, pero está claro que decisiones que buscan el beneficio cortoplacista a costa de la salud humana global, al final son un 'boomerang' que golpea de vuelta mucho más fuerte.

Implantación del 5G y coronavirus

¿Cómo es posible que precisamente en este período de grave crisis sanitaria se acelere la implantación de una tecnología tan cuestionada y sin garantía sanitaria?

La pasada semana una curiosa noticia nos llamaba la atención: unos extraños haces luminosos en el espacio fueron avistados por decenas de personas en la Comarca de Pamplona- Iruñerria. La explicación, sin embargo, resultaba muy razonable: Las luminarias correspondían al tren de satélites privados Starlink, lanzados por la compañía aeroespacial Space X; ya han lanzado 360 satélites y para el año próximo llegarán a ser 12.000.

No hace falta una investigación muy exhaustiva para comprobar que esto es parte del despliegue de la infraestructura de la tecnología 5G y el “Internet de las Cosas”, tecnología que el propio Defensor del Pueblo ha señalado como carente de las necesarias garantías ambientales y sanitarias. La comunidad científica, en base al conocimiento ya existente sobre los efectos biológicos de la contaminación electromagnética, ha alertado sobre las graves consecuencias sanitarias y medioambientales que el despliegue de la infraestructura 5G provocará. Incluso Bruselas, Suiza, Eslovenia y un importante número de municipios de EEUU, Gran Bretaña e Italia han planteado una moratoria al 5G hasta que no se demuestre su inocuidad; en otro lado de la cuerda se ubican ciudades punteras en el despliegue del 5G como Wuhan en China.

¿Cómo es posible que precisamente en este período de grave crisis sanitaria se acelere la implantación de una tecnología tan cuestionada y sin garantía sanitaria?

En efecto, hoy por hoy la única defensa contra el coronavirus es nuestro sistema inmunitario, que puede verse debilitado por efecto de la exposición a la contaminación electromagnética producida por las radiofrecuencias. Precisamente las radiofrecuencias son el medio de funcionamiento para la comunicación y transmisión de datos de la tecnología inalámbrica (móviles, wifi, inalámbricos…), y la tecnología 5G incrementará exponencialmente esta exposición además de extenderla a toda la superficie del globo terráqueo a través de miles de satélites-antena, algunos lanzados la pasada semana y otros previstos para los próximos meses.

Las radiofrecuencias podrían favorecer la propagación de los virus. Una reciente investigación china publicada en la revista «Virology» sobre otro tipo de coronavirus, explica que la infección aumenta las concentraciones de calcio en las células y eso acelera la replicación de los virus y por tanto la letalidad de la infección vírica. El bloqueo de los canales de calcio inhibe la infección; el Dr. Martin Pall he demostrado que las radiofrecuencias abren los canales de calcio y aumentan las concentraciones de calcio en las células, exactamente lo que necesitan los virus para replicarse.

¿Cómo es posible que mientras se pide (o impone) un sacrificio a la población con el confinamiento como respuesta a un virus, los gobiernos e industria de las telecomunicaciones aceleran la implantación del 5G, tecnología que agrava las infecciones víricas?

Hay miles de hogares con niños y niñas que no han salido a la calle en semanas, bajo la continua exposición a radiofrecuencias provenientes de sistemas wifi, móviles y otros aparatos electrónicos domésticos; hoy más que nunca es evidente la falta de aplicación de las recomendaciones de protección de la población, especialmente la población infantil, frente a las radiofrecuencias que establecía la Resolución 1815 de la Comisión Europea en 2011. Las instituciones difunden el “Quédate en casa”, aunque parece que pocos estamentos oficiales se ha preocupado sobre los factores ambientales de nuestra estancia en el hogar pese su influencia en el sistema inmunológico y la capacidad de respuesta a procesos víricos. Sumando el previsto despliegue del 5G, los efectos en la salud futura de las exposiciones actuales a radiofrecuencias podrían ser importantes.

Y de la mano de la microbiología, los efectos medioambientales del 5G debido a la alteración ubicua del entorno electromagnético terrestre se prevén como incluso más críticos que los sanitarios; afección a microbiología, insectos, aves, plantas y bosques e incluso a mamíferos. Una mayor ruptura del equilibrio de los ecosistemas puede poner en jaque a los servicios ecosistémicos que son la base de la vida.

Ya es sabido que la infraestructura 5G no sólo consistirá en satélites, sino en millones de antenas urbanas y de dispositivos emisores camuflados en todos los electrodomésticos y objetos imaginables, pasando por la sustitución de los teléfonos móviles actuales. Para ello se deberán emplear (se están empleando) unos recursos energéticos, materiales y financieros muy necesarios en otros ámbitos, generando un importante volumen de gases de efecto invernadero y, por lo tanto, acelerando el cambio climático.

Aspiramos a la paralización de la tecnología 5G porque además de sus perniciosos efectos sanitarios, medioambientales y sociales, no es necesaria. No queremos conducción autónoma ni cirugía a distancia, ya que las personas, profesionales, nos generan mucha más confianza que las máquinas y lo que necesita el sistema sanitario público es revertir los recortes y recuperar su fortaleza y calidad, y no dilapidar su presupuesto en el 5G. Tampoco nos interesa pagar tan elevado precio por mejorar nuestra conexión; la fibra óptica, incluso en el medio rural, ya ofrece unas altas velocidades por cable y es apta para el teletrabajo o el acceso a la cultura y al ocio. Obviamente, no deseamos en absoluto que la “nube” virtual se apropie de nuestros datos y se entrometa en nuestra privacidad haciéndonos más vulnerables a la manipulación, al ciberdelito, a la vigilancia permanente y, por lo tanto, a la limitación de nuestra libertad y derechos.

Finalmente, deseamos recordar a las instituciones navarras y españolas que el “progreso” que deseamos no es precisamente en favor de tecnologías sin garantía sanitaria como el 5G y el capital relacionado con ello, y por ello solicitamos:

La aplicación urgente del “Quédate en casa” también a la industria de las telecomunicaciones durante este confinamiento.La paralización del despliegue 5G mientras que la ciencia no determine su inocuidad y las aseguradoras no cubran las responsabilidades por afección a la salud.Y la derivación de esos recursos energéticos, financieros, legales o humanos previstos para el 5G a sanidad, medio ambiente, salud ambiental y aplicación de la Resolución 1815.

De esta forma, el progreso, el desarrollo y la tecnología podrán estar enfocados al medio ambiente, las personas y su salud.

Firmamos el artículo los siguientes grupos:

Plataforma Stop 5G Navarra – Nafarroako Stop 5G Plataforma

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miércoles, 29 de abril de 2020

Confinados para siempre: el caso de las personas con sensibilidad química múltiple

Llevan siempre mascarilla, desde mucho antes de que comenzara la crisis del coronavirus, y ahora se encuentran que no hay o que han subido mucho de precio

Laia Maestro Sopeña / Xavier Fornós Ciurana - 04/27/2020


Geraldine Ferrer Martí ya debía ponerse mascarilla mucho antes de que comenzara la crisis sanitaria por el coronavirus. Hace más de 8 años que se debe proteger cuando sale de casa porque tiene sensibilidad química múltiple.

Esto significa que su cuerpo reacciona ante muchos productos químicos:
"Me provocan reacción los perfumes, los desodorantes, los detergentes, los suavizantes de la ropa, las pinturas, la contaminación de los coches ... mil cosas. Puedo salir a comprar, pero una vez llego a casa, si he estado en contacto con productos que me crean mucho malestar en el organismo, puedo llegar a estar 24 horas en la cama antes de recuperarme".
Estos días, debido a las fuertes limpiezas y desinfecciones que se hacen en las calles y supermercados, necesita especialmente llevar mascarilla.

Pero en las farmacias defecto o han subido mucho de precio. Sobre todo las de alta protección, que son las que necesitan los que tienen sensibilidad química múltiple, como explica Santi Cutura, presidente de APQUIRA, la Asociación de afectados por Productos Químicos y Radiaciones Ambientales:
"Se ha multiplicado a veces por 10. Mascarillas que valían 30 o 40 euros, hasta 200 y 250 euros. Una exageración. Sabemos que es un tema puntual, que ahora es un oportunismo, pero claro, estamos hablando de cosas de necesidad . Nosotros estas mascarillas las necesitamos pero es que no hay mascarillas para nadie".
Se estima que este síndrome afecta a un 3% de la población, más de 200.000 personas en Cataluña. Y ellas, más allá de la recomendación sanitaria actual, necesitan mascarillas para su día a día. En algunos casos, incluso para estar dentro de casa.

Este es el caso de la Fátima García Martínez, que tiene un grado de afectación alto:
"Yo llevo tres años sin poder salir de casa. Nunca he podido ir a un supermercado desde la enfermedad. Si salgo es por algo muy puntual, como ir a una cita médica. No salgo para decir me voy a hacer un paseo o he quedado con unos amigos. De todo ello, nada. No se sale. Y ya son tres años".
Limpieza con jabón y bicarbonato todo lo que le llevan del supermercado. Y ahora mismo no puede ni plantearse entrar en un hospital. Necesita un ambiente sin productos químicos "y en hospital é imposible que no hayan desinfectado".  

Para la gran mayoría de la población, el confinamiento tendrá un final más tarde o más temprano. Para ellas, en cambio, las perspectivas de futuro son pocas, como explica Fátima: "Las perspectivas son sobrevivir el día a día. Es estar así siempre".

viernes, 20 de marzo de 2020

Nadie se acuerda de que los afectados por el síndrome de sensibilización central viven confinados permanentemente

Fina Carpena - MIÉRCOLES, 18/03/2020
Dos mujeres con mascarillas, este lunes, en Madrid. / DAVID CASTRO
En esta crisis por el coronavirus se le pide a la población que se quede en casa como una responsabilidad civil, que desarrolle paciencia y resistencia psicológica ante el confinamiento obligatorio, a la vez que se promueve el teletrabajo y la continuación de la vida social a través de las tecnologías de la comunicación. Esta coyuntura es una oportunidad para sensibilizarnos hacia y visibilizar a un sector de la población que desde hace años vive en confinamiento permanente, alejado de ciudades y pueblos, apartado de la vida social, sin accesibilidad a los espacios y servicios públicos, a veces incluso alejados de sus familias.

Son los afectados por enfermedades ambientales, también diagnosticados como Síndromes de Sensibilización Central, que no pueden tolerar por su constitución genética los niveles a los que hemos llegado de tóxicos ambientales tanto químicos como electromagnéticos que otras personas toleran. Estas personas no tienen garantizado su derecho a la accesibilidad a servicios y espacios públicos, ni tan siquiera a viviendas adaptadas donde no estén expuestos constantemente a incitantes ambientales químicos y electromagnéticos que empeoran su patología y les provocan grandes sufrimientos.

Según datos del Instituto de la Seguridad Social, en España 1.500.000 personas padecen sensibilización central. A pesar de que el número de afectados que viven en confinamiento permanente como refugiados ambientales va en aumento, su existencia no ha provocado alarma ni solidaridad social. Ahora que la población general vive en carne propia lo que es el confinamiento forzoso por una crisis sanitaria, ¿seremos capaces de desarrollar empatía y solidaridad con las personas para las que el confinamiento en casa se ha convertido en una condición permanente de vida, y de comprometernos con el derecho a la accesibilidad universal?

viernes, 28 de febrero de 2020

No hace falta mucha más investigación sobre los tóxicos, solo faltan decisiones políticas porque las medidas son lentas

Nicolás Olea, médico e investigador  
Por Saúl García Publicado el Feb 28, 2020

El doctor Olea acaba de publicar el libro ‘Libérate de tóxicos’. Estuvo en Lanzarote para participar en una charla organizada por la Reserva de la Biosfera: ‘Pesticidas, plásticos, cosméticos, textiles y otras hormonas’. Es una de las mayores autoridades mundiales en medio ambiente y salud, con especial atención a la relación entre disruptores endocrinos y cáncer.

-¿Cómo llegan estos elementos tóxicos a nosotros y quiénes son los responsables?

-Nosotros estudiamos una parte reducida de todos los compuestos y empezamos hace años a estudiar compuestos químicos que imitan a las hormonas, que confunden el mensaje hormonal o hackean el mensaje de las hormonas. Esas sustancias químicas son de origen industrial y están en procesos tan variados como pesticidas, envases alimentarios, cosméticos… y, ahora, la novedad es que son parte de los textiles. No son muchos pero están en muchos sitios porque tienen cualidades distintas, maravillosas, que hacen que una botella de PET se pueda convertir en un jersey. Casi todas o todas son de síntesis del petróleo. Aparecen en los años 50 o 60 y revolucionan nuestro mundo en cosméticos, fertilizantes, pesticidas, envases alimentarios y la ropa.

-¿Todos estos elementos se han lanzado al mercado sin haberse testado las consecuencias?

-Probablemente sí, porque las reglas del juego eran reducidas y los compuestos eran carcinogénicos, mutagénicos o tóxicos para la reproducción pero no se había pensado en los de efecto más sutil, que modifican las hormonas. Una vez lanzados y que ha ocurrido la exposición humana empezamos a ver que hay un efecto indeseable: aumento de cánceres, problemas en las funciones de las hormonas, la calidad del semen que ha caído un cincuenta por ciento en 40 años…

-Pero, ¿se sabe que es por esta razón o se intuye?

-Se dice que son enfermedades del mundo moderno, de nuestros hábitos de vida, y se queda ahí la cosa como si fuera algo impreciso. La hipótesis más potente es la disrupción endocrina. Es complicado: resulta que tu mal contaje espermático cuando tienes 32 años está relacionado con la exposición a sustancias hormonales cuando eras un embrión en el vientre de tu madre.

-Entonces llegamos tarde.

-Con dificultades de demostración muy difíciles. Esa dificultad en la demostración de causalidad hace que no se tomen medidas. No tenemos pruebas, tenemos buenas intuiciones y buenas asociaciones.

-¿En qué etapa está la investigación?

-Quizá no vamos a tener más evidencias de las que ya tenemos. Con lo que hay ya es suficiente para tomar decisiones.

-Pero la industria o los gobiernos son reticentes a tomar decisiones…

-Las reglas han cambiado. Desde 2007 ya se aplica el principio de precaución, donde el proponente de cualquier acción debe demostrar la inocuidad, no el consumidor el daño. La industria tiene que demostrar que eso no va a ocurrir. Dicen que pierden en competitividad, pero nosotros ganaremos en salud. Por ejemplo, el DDT que se puso en el mercado con las fumigaciones en Canarias en los años cincuenta, no hay que demostrar que la epidemia de cáncer de mama está asociada a él. Eso no puede ocurrir porque hay mucho dolor y mucho sufrimiento.

-Se ha demostrado que, a pesar de que se prohibió hace muchos años, aún se detectan restos de DDT.

-Busca los anuncios de aquellos años: “La solución para las plagas en el campo. Un producto que lo aplicas ahora y dura para siempre”. Lo que nosotros ahora llamamos persistencia antes se llamaba efecto duradero. Eso es un arma de doble filo. Son productos de muy difícil degradación. Es tan difícil quitarlos que el organismo los deposita en el tejido adiposo y todos nuestros tejidos están contaminados de DDT porque se va acumulando sin saber cómo eliminarlo. Ahora se está encontrando pegado a los plásticos que flotan en el mar, porque no es soluble e iba a la tripa de los grandes peces. Así que se encuentran todos esos contaminantes pegados al plástico marino, porque ven a alguien que tampoco es soluble. Así que los plásticos también se contaminan.

“Si admitimos que todo esto causa el tres por ciento de la diabetes, el cinco de la obesidad, el siete de la esterilidad… pues son 6.000 millones de dólares al año y las aseguradoras dicen: no podemos pagar esa factura”
-¿Y qué estamos haciendo frente a esto o qué están haciendo las autoridades?

-Nosotros llevamos toda la vida con financiación pública y no nos ha faltado. Ha habido una financiación muy potente y ahora estamos en un proyecto europeo de 75 millones de euros para que 27 países investiguen los niveles de exposición de toda la población europea. Se está gastando un dineral en investigación, solo faltan decisiones políticas, actuar. Ya no hace falta mucha más investigación y las medidas son muy lentas. En 2019 se prohibió uno de los pesticidas más tóxicos, el clorpirifós. Su evidencia de contaminación es tan grande que se ha suprimido. Ocurre pero es muy lento.

-¿Se puede hacer algo de forma individual?

-Se puede hacer algo en hábitos de consumo, como protegerte a ti y a tu familia, incorporar nuevos hábitos de consumo respecto a los plásticos. Cuando se den cuenta de qué es lo que quiere el consumidor dejarán de poner el plástico. Cuanto más les digamos que no queremos seis tomates de Canarias en una barqueta de poliuretano con un film de polietileno en una bolsa de polipropileno en un carrito de policarbonato… Porque todo esto se lo ha inventado alguien para vender petróleo. Se pueden quemar barriles de brent a 72 dólares el barril o hacer gafitas de plástico para ricos a 500 euros. Si yo tuviera un pozo de petróleo sufriría por cada coche en la carretera.

-Porque es más rentable el plástico…

-El consumo de petróleo es el 45 por ciento para automoción, 40 por ciento calefacción y casi el 15 por ciento química fina derivada del petróleo. El uno por ciento es plástico pero, si le pones el valor añadido, este uno por ciento se come el pastel entero, que es el que está dando beneficio.

-Si eliminamos el plástico de la ecuación, ¿todo es sustituible con los hábitos de consumo actuales?

-Probablemente no, y sobre todo porque tiene dos primos hermanos, que son los mismos compuestos, los cosméticos y textiles. El poliéster es PET reciclado, botellas de plástico para que los pobres podamos ir vestidos con un traje de 149,99 y creamos que vamos vestidos de oveja merina cuando, en realidad, vamos vestidos de petróleo.

-¿Entonces, podemos liberarnos de estos tóxicos?

-Sí se puede. Si empezamos desde el principio, por una mujer embarazada que espera un bebé… Se puede empezar por la alimentación: vamos a comer libre de pesticidas, con una alternativa de producción ecológica. Aunque el suelo esté algo contaminado no es lo mismo que un tomate industrial que puede tener hasta siete tratamientos. Lo segundo, el agua que sea de máxima calidad. 

En Lanzarote, mil litros de agua del Consorcio valen tres euros y una botella de tres litros puede valer tres euros, así que alguien se está haciendo de oro. Aunque haga falta una inversión enorme, aunque el Consorcio doble el precio, sigues pagando 500 veces menos que en el supermercado. Tenemos el derecho de que el agua que salga del grifo sea el mejor producto posible.
“Se puede hacer algo en hábitos de consumo, como protegerte a ti, a tu familia, incorporar nuevos comportamientos respecto a los plásticos… Cuando se den cuenta de qué es lo que quiere el consumidor dejarán de poner el plástico”
-Pero nos han convencido de que es mejor el agua embotellada.

-Y que huyamos de este agua cuando el plástico tiene un impacto ambiental tremendo, porque al final te vuelve. Lo segundo: líneas de cosméticos más sostenibles, que los hay, y lo tercero, el consumo textil, que no sé cómo se puede abordar. Ellos mismos dicen que son los inventores de la obsolescencia programada y que la llaman moda. La moda dura seis semanas, tiene ocho temporadas al año. Eso es un consumo enorme de material y hay que buscar una alternativa a ese consumo.

-Si los contaminantes nos afectan, nos transforman, pero la esperanza de vida cada vez es mayor, ¿la industria no argumenta que el ser humano se adaptará a estos tóxicos?

-Hay un psiquiatra de Harvard, el doctor Trasande, que trabaja en Nueva York, que ve lo que pasa en los niños y dice: esto no puede seguir así. Escribe un libro que se ha hecho muy famoso que se llama Más enfermos, más obesos, más pobres, y como nadie le hace caso publica un experimento en el que calcula: si admitimos que todo esto causa el tres por ciento de la diabetes, el cinco de la obesidad, el siete de la esterilidad… pues son 6.000 millones de dólares al año y las aseguradoras dicen: ‘No podemos pagar esa factura’. Al final es el daño económico que producen estas enfermedades lo que va a condicionar los cambios. Alguien se está haciendo rico pero las aseguradoras no pueden seguir pagando ese incremento de la enfermedad. Esto es imposible en Europa, donde todo viene de papá Estado.

-Al menos ahora los medios de comunicación hablamos de esto.

-Eso es un mensaje positivo. Desde hace cuatro años se habla todos los días del plástico. Ahora se habla de esto mucho más claro. La gran pregunta es cómo damos un paso para atrás, pero si echas números cualquier paso hacia atrás supone un abaratamiento. Ya no se habla de reciclar, sino de reducir y reutilizar. Hay situaciones terribles como la del tetrabrik, que la única fábrica que reciclaba en España cerró. Se está almacenando todo en Zaragoza. Una montaña de tetrabrik. Se le quita la corteza exterior de cartón, pero no hay tecnología rentable para separar el aluminio del cartón. Eso lo hacía una factoría y ya no lo hace.

Foto: Adriel Perdomo