martes, 11 de noviembre de 2014

“En 2025, la mitad de los niños serán autistas por el glifosato”

Cada año se producen más diagnosis de autismo. ¿A qué se debe? (Stock)

El de la doctora Stephanie Seneff es uno de los nombres más polémicos de la ciencia estadounidense, especialmente después que denunciase que los alimentos genéticamente modificados (OGM) han disparado el número de enfermedades crónicas, así como las alergias alimentarias y otras dolencias como la diabetes, el alzhéimer, el párkinson, la esclerosis múltiple o el síndrome de colon irritable, entre muchos otros. Los últimos trabajos de esta científica del MIT ponen su foco en el autismo, una enfermedad cada vez más frecuente y de la que, sin embargo, aún disponemos de poca información.

Según la presentación que realizó el pasado mes de junio, el glifosato, componente principal del herbicida Roundup, es el principal causante de que estas enfermedades se hayan disparado de forma tan rápida, así como la intolerancia al gluten. El problema es que dicho herbicida es producido por Monsanto, el mayor fabricante mundial de semillas transgénicas y una de las multinacionales más poderosas del mundo, que ha defendido la seguridad de su producto en su propia página web. Muchos no han tardado en desacreditar la teoría de Seneff, como ocurre con la veterana periodista de nutrición Tamar Haspel en las páginas de The Huffington Post. En dicho artículo, la autora recuerda que no se trata más que pura especulación, no refrendada por ningún dato y, además, desvela que Seneff está especializada en ciencia computacional e ingeniería eléctrica, y que su interés por la alimentación es reciente.

Sea como sea, lo que es innegable es que la prevalencia del autismo ha aumentado sensiblemente durante las últimas décadas, y aún no hemos sido capaces de llegar a un consenso sobre la misma. Actualmente, alrededor de uno de cada 175 niños de todo el mundo nace con este trastorno, aunque varía en cada país. En Estados Unidos, la prevalencia se encuentra actualmente en el 1,5%, mientras que en 1975, tan sólo uno de cada 5.000 niños tenía autismo, según los datos publicados por K. Wintraub en un artículo publicado en Nature. Seneff utiliza este cuadro para trazar su previsión y asegurar que, si el crecimiento sigue estable, para el año 2025 la mitad de los niños podría sufrir autismo. "Al ritmo actual, uno de cada dos niños será autista", anunció en la conferencia celebrada en Groton, Massachusetts.
Uno de los principales problemas con el autismo es que, en la mayor parte de casos, sus causas son desconocidas. Como explicaba dicho artículo de Wintraub, en un 46% es imposible explicar el origen del trastorno, aunque aduce otras razones por las que se haya disparado el número de diagnósticos. Es el caso de que algunos de los que simplemente habrían sido considerados como víctimas de retraso mental ahora se clasifican como autistas (25%) o aquellos que encajan en la descripción por un mayor conocimiento de la enfermedad (15%). No existe un consenso sobre los orígenes de la enfermedad, que se atribuyen tanto a causas genéticas (los hermanos mellizos suelen desarrollar de igual manera la enfermedad) o alteraciones neurológicas.

El estudio presenta una correlación casi perfecta entre el aumento de la utilización de glifosatos y la prevalencia del autismo aunque la correlación no tiene por qué significar causalidad

Más preocupante aún resulta que el autismo se deba a agentes ambientales, como la exposición a determinadas sustancias durante el embarazo, algo se encontrarían en sintonía con la tesis defendida por Seneff. Esta presenta una correlación casi perfecta entre el aumento de la utilización de glifosatos y la prevalencia del autismo aunque, como de costumbre, la correlación no tiene por qué significar causalidad. Según la teoría de la científica del MIT, el glifosato inhibe las encimas CYP (citopromo p450), activas en muchos procesos metabólicos, y daña la ruta del ácido skihímico, que sin embargo sólo es llevado a cabo por bacterias, plantas, algas y hongos, pero no por animales, algo que sus detractores o la propia Monsanto han planteado como una importante inconsistencia. Seneff aclara, a tal respecto, que la bacteria estomacal sí realiza dicho proceso, y que es necesaria para proveernos con aminoácidos esenciales.
Otra dificultad con la que se encuentran dichas investigaciones es que no han podido demostrar la correlación entre el compuesto y su supuesto efecto pernicioso entre hombres. Pero Seneff recuerda que este efecto es acumulativo, y que es imposible que se refleje en estudios a corto plazo, como los que se han realizado hasta el momento. Tan sólo una investigación a largo término podría demostrar dicha vinculación. El estudio publicado en la revista Entropy y realizado junto a Anthony Sampel fue calificado como “falaz” por un artículo en The Examiner, que recordaba que este no había aportado ninguna información, sino que se había limitado a revistar otros estudios previos, algunos de los cuales habían sido desacreditados, como aquel en el que Gilles-Eric Sérallini aseguraba que las comidas genéticamente modificadas provocaban la aparición de tumores en ratas.

La única solución, para Seneff, es esa: prohibir por completo la utilización del glifosato en agricultura

El glifosato, explican los investigadores, puede encontrarse en la orina y en la sangre de las embarazadas. En Estados Unidos, estos niveles son 10 veces superiores a los de Europa. Y algunos de los biomarcadores del autismo como el mal funcionamiento de la bacteria estomacal, la deficiencia en metionina, el desorden mitocondrial o el síndrome de deficiencia de la aromatasa pueden ser producto de una única causa, el tan peligroso glifosato. En una entrevista con Alternet, Seneff aclaraba que en Sri Lanka o El Salvador, muchos trabajadores del campo morían jóvenes de problemas renales causados por el glifosato, lo que ha provocado su prohibición en dichos países. La única solución, para Seneff, es esa: prohibir por completo la utilización del glifosato en agricultura.

Como cada vez que aparece una disputa semejante, es complicado saber quién tiene razón y quién no, y sobre todo, hasta qué punto. Ni siquiera un experto en química y nutrición podría asegurar la falsedad o verosimilitud de dichas investigaciones sin dedicarse, por su cuenta, a investigarlo, y ni aun así llegaría a una conclusión definitiva. Además, siempre quedará la sospecha de la influencia que grandes corporaciones ejercen no sólo sobre diversos científicos a nivel individual, sino también cómo esto condiciona a la comunidad científica en general. Mientras tanto, el número de autistas, probablemente, seguirá creciendo.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

¿Comer sano es de ricos?

Comer sano es buenísimo para la salud, pero hace daño al bolsillo. El pasado octubre, un estudio del Centro para la Investigación de la Dieta y la Actividad (CEDAR) de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) reveló que la diferencia de precio entre los alimentos considerados saludables y los que no lo son es cada vez mayor. Los responsables de este estudio tomaron como muestra 1.000 calorías procedentes de varios lotes de alimentos saludables (salmón, latas de atún, leche semidesnatada, tomates, yogures) y los compararon, calculadora en mano, con 1.000 calorías de comida poco saludable (pizza congelada, beicon, refrescos de cola, donuts, helados). El primer lote costaba de media 9,53 euros, mientras que el segundo se podía adquirir por solo 3,18. O lo que es lo mismo, una diferencia de 6,35 euros; diez años antes, esta era solo de 4,94 euros.

Ese creciente margen ha provocado que, en tiempos de crisis, aumente el consumo de alimentos económicos (que con frecuencia son los menos saludables). Esther Vivas, profesora del Máster de Agricultura Ecológica de la Universidad de Barcelona, coautora del informe Impacto de la crisis en el derecho a una alimentación sana,publicado por la revista científica de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS) Gaceta Sanitaria el pasado junio, y artífice del libro El negocio de la comida, que se publica este mes, confirma que esto es así y lo expresa de forma categórica: “Hay una cuestión de clase social que determina la alimentación. Hay comida para ricos y comida para pobres”.

En su informe para SESPAS, que Esther Vivas firma con el profesor de Sociología Josep María Antentas, confiesa que era una situación previsible. “Los estudios sobre la crisis económica asiática a finales de la década de 1990 muestran que las familias reducen primero el gasto en los alimentos más caros, como los de origen animal, la fruta y la verdura”, expone.

¿A qué es debida esta asincronía en los precios? Esther Vivas apunta a que las instituciones, a la hora de destinar sus ayudas, inclinan la balanza del lado de las grandes empresas que producen alimentos de forma industrial, propiciando que el precio de estos pueda mantenerse bajo. “Los vínculos entre la administración pública y las grandes empresas privadas son muy estrechos: lo estamos viendo con el sistema bancario o las constructoras. También en agricultura y alimentación”, asegura Vivas. “Las ayudas a la agricultura benefician a los grandes empresarios y no al pequeño campesino, y mucho menos a la agricultura ecológica”.

El estudio de la Universidad de Cambridge no entra en las posibles causas de esta tendencia en los precios, pero sí recuerda que la política agrícola del gobierno del Reino Unido ha venido subvencionando la producción de lácteos, granos, aceites y azúcar, lo que ha provocado una notable reducción en el consumo de otros productos sin subsidios, como frutas y verduras.

A finales de 2013, otro estudio similar realizado por investigadores de la Universidad de Harvard (Estados Unidos) señaló como posible causa la influencia de décadas de políticas agrícolas que han favorecido la producción y venta de productos alimenticios altamente procesados para obtener la máxima rentabilidad. Ese mismo informe sugería que subvencionar los alimentos sanos y gravar los poco saludables sería una buena forma de corregir el desequilibrio en los precios y empujar a la gente hacia una dieta más saludable.

Muchos de los alimentos más sanos proceden de la pequeña agricultura o ganadería, sujetas a unos costes elevados. “La producción de alimentos en el campo es menor, porque se tiende a no forzar la naturaleza. Cada tierra vale para una cosa. No se utilizan fertilizantes ni herbicidas”, explica Ana Isabel López, técnico agrario y socia de Ecogermen, una cooperativa creada por consumidores de Valladolid que se unieron para comprar comida de calidad directamente a los productores.

Una cuestión de educación

Los expertos detectan también un problema de educación: estamos “programados” para preferir la comida menos saludable. “No nos enseñan a comer bien”, sostiene Esther Vivas. “La sociedad promueve la comida barata y rápida y esto impacta en capas sociales con menos recursos e inquietudes. De hecho, las comunidades autónomas con mayores índices de paro concentran las cifras más altas de población con exceso de peso”.

"Creemos que decidimos lo que comemos, pero en realidad comemos lo que nos dicen. Entre un 25 % y un 55 % de lo que compramos en el supermercado tiene un carácter impulsivo, viene determinado por impactos y marcado por lo que hemos visto anunciado en la televisión”, dice Vivas.

Las administraciones públicas tienen capacidad para solucionarlo, pero según la especialista se quedan en la teoría. “Se elaboran programas basados en consejos y pautas pero fallan cuando se trata de poner los medios para que se lleven a la práctica”. Y pone como ejemplo los comedores escolares. “En vez de promover en ellos la alimentación saludable se conciertan acuerdos con empresas de catering que elaboran sus menús con alimentos que en muchos casos dejan bastante que desear, como por ejemplo, los congelados”.

Ana Isabel López, de Ecogermen, coindice: “Nos han enseñado que hay una sola forma de consumir. Y existen otras que a veces no son más caras, pero sí requieren un esfuerzo por nuestra parte”.

Su salud se lo agradecerá

Cuando comer sano implique rascarse la billetera, conviene pensar que estamos invirtiendo en salud, Una consecuencia evidente del hecho de que los alimentos más sanos sean inaccesibles para un amplio sector de la población es que genera desigualdad social en el ámbito de la nutrición, así como un aumento de enfermedades derivadas de la alimentación y, a su vez, del gasto público para curarlas. “Vivimos en un mundo de obesos y famélicos”, subraya Esther Vivas. “Hay tanta gente en el planeta con sobrepeso como con problemas de desnutrición”.

Conseguir alimentos saludables a un precio razonable es posible, aunque no tan fácil como hacerlo en el súper de la esquina: es a eso a lo que se refiere Ana Isabel López cuando dice que requiere “un pequeño esfuerzo”. Hay que investigar y, a veces, organizarse. Un modo de hacerlo es a través de una cooperativa de consumidores. Al ser comida adquirida directamente al productor, los costes se abaratan. Por ejemplo, en Ecogermen, un kilo de coliflor cuesta 1,70 euros, y de calabacines, 2,30.  Eso sí: hay que desplazarse hasta su tienda de Valladolid o a la ciudad donde la cooperativa tenga su sede. Si quiere primar el criterio de la cercanía, otra opción es la de los grupos de consumo, vecinos que se unen en la búsqueda de productos locales, ecológicos y de temporada. Algunos surgieron del impulso del movimiento 15-M. Descartan hacer la compra en supermercados y grandes superficies y contactan directamente con los productores. En ocasiones, adquieren un terreno y lo explotan ellos mismos. Solo en Madrid capital se han fundado cerca de cincuenta grupos de consumo; más de treinta, entre grupos y cooperativas, en Barcelona. Y siempre será de gran ayuda entender la etiqueta de todos los productos que adquiera. Porque comer saludable no es un capricho, sino un pilar imprescindible para el bienestar humano.

"La industria farmacéutica es muy rica y ha corrompido los sistemas de salud"

Peter C. Getzsche (Libros del Lince)
Miguel Ayuso 03/11/2014

Cuando un científico se atreve a criticar a la industria farmacéutica, enseguida se le critica porque no la conoce bien. Pero al médico danés Peter C. Gøtzsche es difícil pillarle por este flanco. Durante 30 años, Gøtzsche ha trabajado en ensayos clínicos y regulación de medicamentos para varias farmacéuticas y ha publicado más de setenta artículos científicos en las Big Five, las cinco principales revistas científicas. Y es por esto por lo que afirma con rotundidad que la industria farmacéutica está corrompida hasta la médula, extorsiona a médicos y políticos, y mantiene enormes beneficios a fuerza de medicar innecesariamente a la población.

Su nuevo libro, Medicamentos que matan y crimen organizado (Los libros del lince), ha causado una enorme polémica y ha desatado la ira de la industria, a la que Gøtzsche acusa de propagar mentiras sobre su investigación. El doctor ha atendido a El Confidencial en una extensa entrevista en la que no deja títere con cabeza.

PREGUNTA. Hace unas semanas entrevistamos al psiquiatra Allen Frances. Nos dijo, literalmente, que la industria farmacéutica está causando más muertes que loscárteles de la droga. Usted opina lo mismo. Cuando se publicó la entrevista muchos lectores se quejaron porque les parecía una aseveración exagerada. ¿Por qué cree que no lo es?

RESPUESTA. Decir la verdad no puede ser una exageración. En mi libro documento que el consumo de medicamentos con receta es la tercera causa de muerte tras las enfermedades cardiovasculares y el cáncer. En Estados Unidos, por ejemplo, la prescripción de medicamentos causa cerca de 200.000 defunciones todos los años. Así que está claro que la industria farmacéutica está causando bastante más muertes que los cárteles de la droga.

P.: Richard Smith, médico y exdirector del British Medical Journal, asegura en el prólogo de su libro que los médicos acabarán cayendo en desgracia ante la opinión pública, como ya ha ocurrido con periodistas, diputados y banqueros, por no haber sido capaces de ver hasta qué punto han aceptado la corrupción.

R.: La industria farmacéutica es inmensamente rica y poderosa, y ha corrompido los sistemas de salud de una forma extraordinaria. Es una corrupción de largo alcance. Todo el proceso por el que nuestros medicamentos son investigados, aprobados y recetados ha sido corrompido. Esto implica manipular los datos científicos, pero también comprar a casi cualquier persona que pueda tener influencia en el sistema, incluidos los ministros de salud. En mi país, por ejemplo, sólo hay en torno a 20.000 médicos, pero miles de ellos cobran nóminas de la industria por cumplir funciones discutibles como sentarse en consejos asesores o ser consultores, en muchos casos sin aportar ningún servicio tangible a cambio del dinero. Esta es una forma aceptada y generalizada de corrupción sutil pues, como sabe cualquier médico, el dinero dejaría de fluir si no actuaran en interés de sus benefactores.

P.: Para la mayoría de la población, es difícil creer que muchos de los fármacos que tomamos causan más problemas que beneficios. ¿Es algo que podemos afirmar de muchos medicamentos?

R.: Es verdad que muchos de los medicamentos que la gente toma causan más daños que beneficios. Sabemos muy poco sobre la utilidad real de los medicamentos, ya que la práctica totalidad de los ensayos controlados con placebo son desarrollados por la industria farmacéutica, que tiene un tremendo conflicto de intereses. La industria exagera los beneficios y oculta los daños de los medicamentos en la publicación de los ensayos clínicos. Muchos de los fármacos que tomamos ni siquiera tienen efectos; simplemente parece que han tenido un efecto en los ensayos avalados por la industria, pero esto sucede normalmente porque los ensayos no se han 'cegado' de forma efectiva, y en ese caso tanto los pacientes como los médicos tienden a exagerar los efectos subjetivos de los medicamentos de forma substancial.

No hay duda de que las personas con trastornos 
psiquiátricos están siendo sobremedicadas 
de forma masiva

P.: ¿Hay fármacos que se utilizan en la práctica médica que no cuentan con ninguna justificación científica válida?

R.: Creo que los fármacos anticolinérgicos para la incontinencia urinaria y los medicamentos antidemencia no tienen un efecto real, y lo que se midió en los ensayos clínicos está sesgado porque el cegamiento fue insuficiente. Un área particularmente problemática es la de las drogas psiquiátricas. La falta de un cegamiento efectivo en los ensayos conlleva, por ejemplo, que sea dudosa la efectividad real de los antidepresivos para tratar la depresión; probablemente ni siquiera funcionan para tratar la depresión clínica. En cualquier caso, no hay duda de que las personas con trastornos psiquiátricos están siendo sobremedicadas de forma masiva. Sabemos que los antipsicóticos causan daños cerebrales, pero probablemente también los antidepresivos y los medicamentos para tratar el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad.

P.: Lo que ha ocurrido en España con el Sofosbuvir, el medicamento de última generación que cura la mayoría de casos de hepatitis C es, según el farmacólogo Joan-Ramón Laporte (que prologa la edición española de su libro), un claro ejemplo del comportamiento en ocasiones indignante de la industria farmacéutica. El pasado 1 de octubre la ministra da Salud española anunció que el Gobierno había llegado a un acuerdo con la farmacéutica Gilead para incluir el fármaco en la financiación pública. Nadie sabe exactamente cuánto va a costar, pero quizás sean más de 125 millones de euros durante el primer año de comercialización. ¿Están las farmacéuticas chantajeando a los Gobiernos?

R.: El caso del Sofosbuvir es sólo uno de los más recientes ejemplos de la forma en que las compañías farmacéuticas extorsionan a la sociedad. Gran parte de la investigación que permite el desarrollo de nuevos fármacos ha sido financiada por el dinero de los ciudadanos, que pagan las nóminas de los investigadores públicos. Si un medicamento es considerado un gran avance, la norma es que la compañía farmacéutica que se hace cargo del desarrollo de ésta cobre un precio obsceno, abusando de ese modo el monopolio que la sociedad le ha otorgado. El precio de un nuevo fármaco no tiene nada que ver con sus costes de desarrollo, pero depende por completo de cuánto estemos dispuestos a pagar por él. Es un tipo de extorsión que no es muy distinta del tipo de chantaje que ejercen los piratas en Somalia cuando abordan barcos y toman rehenes. En ambos casos, puede ser una cuestión de vida o muerte, y es puede ser muy difícil para los políticos negarse a pagar los medicamentos cuando los periodistas ponen a pacientes a llorar en la televisión nacional.
Gregg H. Alton, vicepresidente ejecutivo de Gilead, ganó en 2010 un salario de 4 millones
de dólares. (Reuters)  
Los beneficios de las farmacéuticas se han 
disparado en la última década; y al mismo 
tiempo la innovación se ha estancado

P.: Uno de los argumentos más utilizados por la industria farmacéutica para defenderse de las críticas es que sin su inversión en investigación no tendríamos los medicamentos que tenemos. ¿Es cierto?

R.: En mi libro desacredito este argumento, que, lamentablemente, es ampliamente aceptado entre médicos y políticos. ¿Aquellos que se creen esto estarían dispuestos a pagar veinte veces más por su nuevo coche sólo porque el vendedor les dice que por hacerlo tendrán mejores coches en el futuro? La situación es del todo absurda. Normalmente, las empresas dicen: “Si no gastáramos nuestro dinero en investigación, moriríamos”. Pero las compañías farmacéuticas lo que dicen es: “Si no tenemos vuestro dinero para gastarlo en investigación, vosotros moriréis”. Sólo los líderes religiosos son más listos que ellos, pues prometen que seremos recompensados tras la muerte, lo que hace que sea completamente imposible quejarse. 

Empíricamente se ha demostrado que este argumento no se sostiene. Los beneficios de las farmacéuticas se han disparado en la última década, y al mismo tiempo la innovación se ha estancado. En definitiva, el capitalismo y el cuidado de la salud son malos compañeros de cama. Nuestras sociedades deben tomar el control sobre el desarrollo y la venta de medicamentos, lo que garantizaría que tuviéramos los medicamentos a precios que incluso los países en desarrollo podrían permitirse.

P.: Muchos médicos e investigadores conocen a la perfección lo que está haciendo la industria farmacéutica, pero se niegan a hablar porque, después de todo, su trabajo depende de ellas. ¿Hay miedo entre los profesionales a criticar a las farmacéuticas?

R.: La situación en la que estamos ahora es similar a la que vive un pueblo cuando ha permitido a la mafia ser tan poderosa que ha logrado comprar a todo el mundo, incluidos los políticos, el alcalde y la policía. En una situación así es increíblemente difícil dar marcha atrás. Esto es lo que está pasando ahora con la industria farmacéutica, que ha comprado a muchos doctores clave, que son líderes de opinión. Hay casos de médicos que han perdido su trabajo por criticar a la industria, porque la farmacéutica en cuestión había comprado ya a sus superiores. Esto es lo mismo que hace la mafia cuando se carga a un oficial de policía que hace demasiado bien su trabajo.

P.: La manipulación que ha realizado la industria farmacéutica de muchos estudios científicos ha hecho que mucha gente niegue la veracidad de los estudios científicos en general. Esto es muy peligroso. ¿Crees que podemos poner en duda la mayoría de la investigación en medicina?

R.: No creo que sea peligroso que la gente no se crea los estudios científicos sobre medicamentos. Es muy saludable que sean escépticos teniendo en cuenta que nuestros fármacos son la tercera causa de muerte. La gente debería tomar muchísimos menos medicamentos de los que toma. He estado trabajando en estos 30 años y he visto serias manipulaciones y trampas en todas las áreas de la medicina por razones comerciales. Esto es por lo que los científicos que colaboran con la industria en los ensayos clínicos casi nunca tienen acceso a todos los datos en bruto para que pueden analizaros por ellos mismos. Si esto fuera posible, tendríamos la oportunidad de revelar gran parte del fraude.

P.: Muy a menudo, las personas que critican a la industria farmacéutica mezclan sus argumentos con teorías pseudocientíficas. Es el caso, por ejemplo, de los movimientos antivacunación. ¿Tendemos a mezclar churras con merinas?

R.: Algunos practicantes de medicina alternativa o defensores de las campañas antivacunación asumen que soy uno de ellos porque critico a la industria farmacéutica. Desde luego no es el caso. La mayoría de nuestras vacunas salvan vidas y el principal efecto de la medicina alternativa es vaciar los bolsillos de la gente, muy pocas de ellas tienen siquiera algún efecto.

P.: Normalmente hablamos de la industria farmacéutica como un todo. ¿Hay alguna compañía que sea mejor que otra? ¿No hay un solo CEO de las farmacéuticas que tenga ética?

R.: Cuando el crimen renta se genera más crimen. Esto es exactamente lo que estamos viendo. Los crímenes de la industria farmacéutica, que están entre los peores de todas las industrias, se han incrementado en los últimos años. He sido incapaz de encontrar una sola compañía cuyo CEO tenga sentido de la moral. Lo único que importa es el dinero y los CEO saben perfectamente que su falta de ética conduce a muchas muertes innecesarias. El criminólogo John Braithwaite, que ha entrevistado a muchos CEO para elaborar su libro sobre el crimen organizado en la industria farmacéutica, los llama "bastardos despiadados".

Los pacientes deben darse cuenta de que prácticamente 
todo lo que un médico sabe sobre los 
medicamentos ha sido cuidadosamente preparado 
por la industria farmacéutica

P.: En los últimos años se han publicado varios libros en los que se critica ferozmente las prácticas de la industria farmacéutica (como Mala Farma de Ben Goldacre o ¿Somos todos enfermos mentales? de Allen Frances). ¿Algo está cambiando? ¿Vamos a ver un cambio en la regulación de la práctica de las farmacéuticas?

R.: Desafortunadamente, la industria farmacéutica es tan poderosa que es tarde para esperar ningún cambio importante en los reguladores y en la forma en que nuestros políticos entienden su funcionamiento. Hay esperanza, sin embargo, porque nuestros ciudadanos no son tan tontos, ingenios y oportunistas como nuestros políticos. He escrito este libro porque estoy enfadado y quiero que se enfade más gente para decir que ya hemos tenido bastante, así que a lo mejor podemos introducir cambios radicales en la forma en que desarrollamos, investigamos, comercializamos y tomamos medicamentos.

P.: ¿Qué pueden hacer los ciudadanos para ayudar a revertir esta situación?

R.: Lo primero, y más importante, es que los pacientes tomen el mando de sus propias vidas, por ejemplo, descargando en internet el prospecto cuando un médico le ha recetado un medicamento. Si lo leen atentamente, probablemente sabrán mucho más sobre el fármaco que su propio médico. Entonces, quizás, todos los peligros, precauciones y advertencias harán que se planteen que quizás es mejor no tomar ese fármaco en particular. Los pacientes deben darse cuenta de que prácticamente todo lo que un médico sabe sobre los medicamentos ha sido cuidadosamente preparado por la industria farmacéutica. Y es más, el médico quizás tiene un interés lucrativo personal en recetarte un fármaco que es mucho más caro que otro que es igual de bueno, porque el soborno a los médicos es común.

Las organizaciones de pacientes y las de médicos no deberían aceptar dinero de la industria farmacéutica. Deberían preguntarse si les parece éticamente aceptable recibir dinero que ha sido ganado en parte por crímenes que han dañado e incluso matado a muchos pacientes. Y los médicos tienen que negarse a recibir visitantes médicos, porque esto conduce al a prescripción irracional y un gran daño, incluyendo muertes innecesarias.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Cómo cambiar el sistema nacional de salud

  • La crisis del ébola ha mostrado una sanidad vulnerable que exige intercomunicación

El envejecimiento de la población en España es firme y rápido. Vivimos más pero con más enfermedades crónicas. Dentro de 15 años habrá un millón de españoles con demencia senil y alzheimer. Esta cifra únicamente describe un grupo de enfermedades crónicas. Hay muchas más.

En consecuencia, se estima que la demanda asistencial sobre la sanidad crecerá entre el 10% y el 15% en los próximos 15 años.

Por otro lado, a menudo en la sanidad se repetirá un stress test como el del ébola por algún virus o bacteria emergente y mutada. En los últimos años hemos tenido entre otros el SARS, la gripe aviar, el H1N1 y ahora el ébola. Esas únicamente describen algunas de la enfermedades emergentes. Hay muchas más.

En ese contexto seguir infrafinanciando la sanidad en España como ocurre hoy la hará más y más vulnerable. No pasará los stress tests cuando lleguen.

Con el ébola nos hemos salvado gracias a los profesionales de la salud. Gracias al sector público.

El reto del ébola ha hecho visible las vulnerabilidades.

Es necesario añadir más recursos a la sanidad, pero eso no será suficiente. Para enfrentarnos a los enormes retos descritos será necesario además transformar el modelo asistencial para ser más eficientes.

Añadir recursos y a la vez transformar el modelo asistencial nos llevará a una situación nueva, que nos permitiría seguir construyendo un sector público de calidad. En la España de hoy no hay ni más recursos ni transformación. Aun peor, se están restando recursos al sistema de salud y no se está apoyando su transformación para ser más eficiente.

Recientemente la principal respuesta es aplicar copagos y recortes. El razonamiento básico de las políticas actuales es que los recortes y copagos alejen del sector público a los pacientes. ¡Gastan demasiados recursos! ¡Mejor poner barreras y rechazarlos! En resumen, los pacientes son un problema, los pacientes estorban. ¡Obviamente con ello no se pretende ofrecer más calidad, ni más eficiencia sino simplemente se pretende “ahorrar” pasando parte del gasto a la población!

Esa no es la respuesta a los retos del presente y futuro que se han descrito anteriormente.

Para enfrentarnos a los enormes 
retos descritos será necesario 
transformar el modelo asistencial

¿No sería mejor hacer exactamente lo contrario: acercar y estar conectados con los pacientes en lugar de alejarlos?, ¿no controlaríamos mejor los cuidados y el gasto que produce ese millón de demencias seniles y de todos los enfermos crónicos estando conectados con ellos y organizándonos de otra forma? ¿No controlaríamos mejor las epidemias estando todos conectados?

Denunciar la política existente y solo pedir más recursos sin aportar soluciones alternativas no es constructivo. Por tanto, ¿cuál sería la solución para conseguir un sistema sostenible y de calidad?

Se trata de hacer cambios organizativos, de gestión y tecnológicos de forma sucesiva.

A grandes líneas es necesario, en primer lugar, conectar con los pacientes. Urge convertir el Sistema Nacional de Salud (SNS) en un modelo “conectado” con los pacientes.

Hoy los enfermos no están en el radar del sistema de salud. La sanidad no está conectada con los enfermos de forma continua para prevenir su empeoramiento. Esto es posible hacerlo hoy con tecnologías cuyos avances nos permiten transformar radicalmente la asistencia, monitorizando a los pacientes cuando no están físicamente en contacto con los servicios sanitarios, ayudándoles a autogestionar mejor sus enfermedades y en general dándoles más voz en un sistema que hoy los tiene silenciados.

Los estudios indican que proporcionar a los pacientes acceso a su historia clínica personal on line disminuye la presión de trabajo de los médicos de atención primaria en un 11% y educar a los pacientes con sistemas de autogestión supone un ahorro de entre el 8% y el 21 %. Los pacientes autogestionados acuden menos al sistema e incorporan mejor a sus rutinas la medicación y los comportamientos saludables.

Pero hace falta también conectar con los clínicos. Hoy los clínicos no reciben la información clínica que necesitan. Es bien conocido que hoy atendemos la misma enfermedad de forma diferente según quién y dónde lo atienden a uno. La variabilidad clínica es enorme e inaceptable. Para mejorar este tema los médicos y enfermeros necesitan sistemas de apoyo técnico que les aporten información inmediata allí donde estén. Estos sistemas de apoyo a la decisión clínica mejoran sustancialmente la calidad y la seguridad clínica con el consiguiente ahorro.

Conectar los hospitales y la atención primaria es un tercer reto. En la actualidad las estructuras y procesos que componen el SNS no funcionan de forma óptima. La consecuencia es que muchos pacientes no están siendo atendidos en la parte del sistema de salud que corresponde a sus problemas. Las estructuras asistenciales están desconectadas entre sí y eso lleva a una atención fragmentada y cara.

Crear sistemas locales integrados en los que los diferentes prestadores de servicios clínicos colaboren y se coordinen es posible. En varias comunidades autónomas ya se ha empezado a exigir esa mejor coordinación entre distintos niveles asistenciales.

Conectar el sistema de salud con los servicios sociales es otro de los desafíos. Cuando ambos sectores trabajan juntos el servicio es mejor y más eficiente para todos. ¿Por qué no iniciar ya la integración de ambos sectores tanto desde el punto de vista de la financiación como de la prestación?

El Gobierno debe entender 
que no solo hay que pasar los 
test de la banca

También es imprescindible conectar con los ciudadanos y la comunidad. En los últimos años han aumentado los mecanismos para dar más voz a las comunidades y nuevas formas de participación que dan más control a los ciudadanos y que no solo buscan legitimar decisiones que ya se han tomado anteriormente por los “expertos”. Esto no implica que todo deba decidirse de abajo arriba, pero sí que se busque a partir de ahora mejores formas de participación de la comunidad. Para eso será necesario conectar genuinamente con la comunidad. Es evidente, por ejemplo, que una mejor participación y conexión con la comunidad nos hubiera permitido trasladar mejor el riesgo real del ébola y se hubiera evitado una propagación exagerada del miedo.

Este modelo conectado y reorganizado consigue aflorar eficiencias que resultan de pasar de un modelo fragmentado con multitud de ineficiencias hacia un modelo integrado y más eficiente.

Esto no es un cambio tecnológico. No se trata solo de digitalizar el sector. Esa es solo parte de la respuesta y no la más importante. Por otro lado, las tecnologías de la información y la comunicación no se incrustarán en las organizaciones asistenciales si no se acompañan de cambios organizativos que integren mejor los elementos del sistema y no se cuenta con los profesionales de la sanidad y servicios sociales en todos estos cambios.

La suma de esos cambios organizativos y tecnológicos nos permitirá estar en contacto continuo con los pacientes para que así se pueda intervenir antes de que se descompensen, aparezcan en urgencias y a menudo ocupen una cama hospitalaria. Será un sistema capaz de hacer un seguimiento efectivo después del alta en coordinación con los servicios sociales, y será un sistema que nos permita estar en contacto dinámico con la población cuando ocurran retos como el del ébola.

Sabemos cómo avanzar hacia ese modelo más participativo, más conectado, más eficiente y más sostenible.

Es importante que el Gobierno entienda que no hay que pasar únicamente los stress test de la banca.

Ha llegado la hora de cuidar a la sanidad pública y a los servicios sociales para que puedan enfrentarse con garantías a los retos del presente y el futuro. El siguiente stress test no será tan fácil y en ese caso será muy fácil relacionar la vulnerabilidad de la sanidad con la falta de apoyo del Gobierno.

Rafael Bengoa, del Deusto Business School, fue director de Sistemas de Salud de la OMS.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Reaparece un viejo enemigo mortal: la contaminación que no vemos

  • La exposición al DDT y otros herbicidas, así como la quema de residuos o las emisiones de refinerías, pueden provocar desde alteraciones en la conducta hasta cáncer
  • Termómetro económico y social deAmérica
MARY STOKES Buenos Aires 31 OCT 2014
Un trabajador fumiga un viñedo / STOYKOSABOTANOV  
Piense en la palabra contaminación. Seguro que le evoca emisiones de los coches, grandes sábanas de humo de las fábricas, basura tirada en las calles o ríos de su ciudad, y muchos otros actos deliberados que afectan nuestro medio ambiente.

Pero hay una contaminación que es aún más nociva, y casi invisible: se trata de la acción de los llamados Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP), que afectan de manera sostenida y subrepticia al medio ambiente y la salud humana.

A los más peligrosos se les cataloga como la “docena sucia”, entre ellos el insecticida DDT y otros herbicidas utilizados para controlar a portadores de enfermedades, como los mosquitos. Clasificados así en 2004, estos 12 químicos fueron los primeros compuestos tóxicos persistentes en ser controlados por el Convenio de Estocolmo. Desde entonces, otras 11 sustancias han sido añadidas a la lista con lo que el total suma 23. Aunque por falta de monitoreo es difícil precisar el volumen de estos contaminantes en el medio ambiente, ciertos datos comprobados dan una idea del fenómeno. De acuerdo a la UNEP, más de 90% de las muestras de agua y peces tomadas de entornos acuáticos, están contaminadas por pesticidas. Mientras tanto, en el campo, un 3% de los trabajadores agrícolas del mundo sufren cada año algún episodio de envenenamiento agudo a causa de herbicidas.

En América Latina estas sustancias tóxicas son bien conocidas. Toda la región, menos Granada, ya ha firmado el Convenio, pero incluso hasta la década de los 90, se seguía usando DDT para combatir plagas en Centroamérica y México.

Hoy en día, la emisión de tales químicos es más casualidad que a propósito: mayormente se liberan emisiones por quemar los desechos, los residuos agrícolas o a través de las centrales eléctricas o refinerías de petróleo, afectando a millones de personas.

Entrevistamos al experto Ibrahima Sow, del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF por sus siglas eninglés), sobre estos contaminantes y qué falta hacer para que desaparezca su uso.

Pregunta: ¿De qué productos químicos se trata?

Respuesta: Los COP son sustancias químicas bioacumulativas y persistentes que pueden desplazarse a grandes distancias de sus fuentes de origen. El Convenio de Estocolmo, en principio, identificó 12 químicos, que fueron llamados la docena sucia. Estos son: aldrina, clordano, dicloro difenil tricloroetano (DDT), dieldrina, endrina, heptacloro, hexaclorobenceno, mirex, toxafeno, bifenilos policlorados, dioxinas policloradas y furanos policlorados. Desde entonces, otros 11 COP han sido agregados a la lista. Se trata de tres categorías: Pesticidas, compuestos y químicos industriales y subproductos resultantes de procesos de combustión.

P: ¿Cuáles son los efectos de largo plazo en la salud?

R: Los COP se disuelven fácilmente en las grasas, pero no en el agua. Por lo tanto, una vez que son ingeridos, son difíciles de excretar. También, los COP no son biodegradables, lo cual significa que se acumulan biológicamente en un organismo, especialmente en sus tejidos grasos, y se incrementan a medida que avanzan en la cadena alimentaria. Los seres humanos, por ende, pueden acumular una alta carga de COP en sus cuerpos al comer pescado, carne y productos lácteos contaminados.

Las dioxinas y los furanos se encuentran entre las sustancias más tóxicas conocidas por la ciencia y han sido clasificadas como cancerígenas para las personas por el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer de la Organización Mundial de la Salud. La exposición a estos productos químicos se asocia al déficit en la capacidad intelectual, el aumento de la prevalencia de la depresión y la introversión, los efectos adversos en la habilidad de los niños de prestar atención y el incremento en la hiperactividad.

Cuando los COP son usados como pesticidas, los residuos contaminan los cultivos y a quienes los comen. La exposición crónica a los pesticidas que son COP puede tener consecuencias de largo plazo en la salud, tales como diferentes tipos de cáncer, alteraciones en el sistema endocrino y hormonal, trastornos reproductivos, trastornos neurológicos y en el comportamiento, la enfermedad de Parkinson, defectos de nacimiento, enfermedades respiratorias y funcionamiento anormal del sistema inmunológico.

P: ¿En qué industrias y usos son más frecuentes estos contaminantes?

R: Los COP constituyen una pequeña parte del total de los pesticidas, sin embargo aún están siendo usados en muchos países para controlar a portadores de enfermedades, como los mosquitos o las termitas. El DDT, por ejemplo, ha sido empleado ampliamente como un insecticida y en algunos países se puede usar legalmente solo para el control de los portadores de enfermedades, pero quizás también en algunos casos podría estar siendo ilícitamente empleado en la agricultura.

Las dioxinas y los furanos no son producidos de manera intencional sino que son subproductos de procesos de combustión y reacciones químicas cuando hay presencia simultánea de materia orgánica y cloro.

Los bifenilos policlorados (PCB) son aceites y sustancias sólidas que no tienen sabor ni olor, y fueron desarrollados en 1929 para ser usados en los refrigerantes, aceites aislantes y lubricantes, entre otros. Los PCB también pueden ser producidos de manera no intencional durante la incineración de desechos peligrosos municipales y de hospitales, entre otras reacciones químicas.

P: ¿Cuáles son los principales desafíos para reducir su uso?

R: A pesar de los esfuerzos realizados todavía hay mucho por hacer. Una importante cantidad de químicos —PCB, DDT y pesticidas obsoletos incluidos en la lista original de 12 COP— está almacenada a la espera de ser eliminada en los países que reúnen los debidos requisitos.

Para lograr la limpieza y la reducción a una escala que permita proteger tanto la salud humana como el medio ambiente, se deben movilizar recursos presupuestarios de los gobiernos, así como incentivar al sector privado de modo que aumente su aporte a la eliminación y disminución de los productos químicos y residuos nocivos.

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